UNA FOTO EN MONTEVIDEO

Deville y la muerte de Baltasar Brum

Patrick Deville encontró la famosa foto que le tomó Caruso, y con ella hizo literatura

Baltasar Brum
Baltasar Brum. Foto: Juan Caruso

El domingo de Pascua de 1998, dos años más tarde, yo estaba llegando de Nicaragua y caminaba de nuevo en la calle Tristán Narvaja de Montevideo —mucho tiempo después de que la Gran Infanta de Castilla me hubiese abandonado de todas maneras, quizá porque nunca la había llamado aquel verano.

Pocas ciudades en el mundo logran rezumar tanta nostalgia como Montevideo. Estaba esperando la apertura del café Sorocabana, haciendo tiempo en las tiendas del entresuelo del mercado de pulgas, como si fuese a descubrir ahí una vieja razón para vivir, con descuento, pero en un estado aceptable, y me topé, como en el fondo de un pozo, con la fotografía de 1933 cuya existencia había olvidado desde hacía dos años.

Y al parecer, aquella existencia había sido olvidada por todos, ya que la fotografía estaba colgada desde hacía dos años, por lo menos, en su marco dorado de madera, arriba de los muebles polvorientos, y no se había vendido todavía.

Yo reencontraba la dulzura de la mirada de Baltasar Brum como se reencuentra a un amigo tras dos años de separación, intentando descubrir en su rostro el paso del tiempo. Pero la mirada expresaba la misma lasitud y la misma serenidad ante la muerte inminente. Los brazos colgaban a los costados del cuerpo. Y en las manos, los mismos revólveres de acero Smith & Wesson del mismo calibre, un juego para el duelo, probablemente salidos de un estuche tapizado de fieltro rojo, parecían casi blancos.

Este hombre estaba la noche anterior en el Teatro Solís.

A media representación ha vuelto a toda prisa a su domicilio en el centro, por Río Branco y Colonia. Acaba de enterarse del golpe de estado de Gabriel Terra.

Baltasar Brum no ha dormido en toda la noche y lleva todavía su smoking negro, su pantalón a rayas y sus zapatos de charol. Sólo la camisa y la corbata —¿o pajarita?— han desaparecido, quizás al aventarlas por encima de su escritorio, hacia la caja de cartón de las municiones. Al alba, se puso su saco directamente sobre el torso desnudo y lo abotonó antes de salir hasta el rellano de la puerta, empuñando los revólveres. En torno a la fotografía, el tiempo parecía haberse detenido, el curso de la historia se había congelado en las sales de plata del baño fijador y, sin embargo, en dos años, me parecía que una aureola de humedad había alcanzado el borde inferior derecho, cerca de la firma del fotógrafo, Caruso, y del letrerito mediante el cual el anticuario pedía la considerable suma de quinientos pesos.

Había salido de Montevideo la mañana siguiente hacia La Paloma, donde Juan Carlos Legido me prestaba su pequeña casa de escritor justo al borde del Atlántico. Tenía planeado clasificar ahí, con tranquilidad, mis apuntes centroamericanos, y retomar la escritura de mi William Walker, en proceso. Del cielo gris se desplomaban cortinas de lluvia y la noche caía a las cinco de la tarde. Había invitado a unos amigos a quienes ese clima ponía neurasténicos y habíamos comenzado a beber whiskies en un bar de la estación balnearia desierta, que recordaba a L’Océan en el mes de noviembre. Luego habíamos corrido bajo las trombas de agua hasta el restaurante de La Balconada donde el dueño, amigo de Legido, se había jactado, un poco rápido, de haber preparado en la semana cuarenta botellas de “butiá”. (...).

(Tomado de La tentación de las armas de fuego, de Patrick Deville. Editorial Vanilla-UNAM, México, 2016. Trad. Claudia Itzkowich. Se agradece al editor Rodrigo Fernández de Gortari).

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