Desiertos y dinosaurios

Gabriel Sosa

EN LAS PRIMERAS décadas del siglo XX, el fervor exploratorio del siglo pasado se había trasladado al campo de las ciencias. Ya no se trataba de anexar nuevos territorios, sino de expandir las fronteras del conocimiento. Y si en el XIX los grandes exploradores habían sido ingleses (Burton, Speake, Livingston), ahora se producían variantes: Amundsen (noruego), Scott (inglés), Byrd, Amelia Earhart, Lindbergh y otros se convirtieron en auténticos héroes populares y en figuras de renombre. Esa pasión por ir a lugares remotos y vírgenes y por conquistar nuevos ámbitos se trasladó en la segunda mitad del siglo a la carrera espacial, para luego dispersarse en la nada.

Entre los grandes exploradores estadounidenses, uno de los más ambiciosos y de los más olvidados es Roy Chapman Andrews, quien condujo una serie de mastodónticas expediciones al desierto de Gobi, uno de los últimos lugares inexplorados del planeta. Las aventuras de Andrews en Asia Central dirigiendo las expediciones científicas más grandes de la historia es el colofón de siglos de viajes de exploración, y de amor por el conocimiento.

FORMACION DE UN EXPLORADOR. Andrews nació en Beloit, Wisconsin, el 26 de enero de 1884. Era hijo de un farmacéutico, y tuvo una confortable y acomodada infancia de clase media. Pasó sus años escolares desarrollando un interés precoz por la vida al aire libre, la naturaleza y la caza. Sus lecturas favoritas desde niño fueron libros de viaje y el Robinson Crusoe de Defoe y, si hay que creer en su autobiografía, "nací para ser explorador. Jamás hubo nada que decidir, no habría sido feliz dedicándome a otra cosa".

Su época universitaria transcurrió entre hazañas deportivas, expediciones de caza, estudios autodidactas de taxidermia y dificultades con materias como física y matemáticas. La verdadera pasión de Andrews era el excursionismo y el aire libre, y desde niño acostumbraba hacer largos viajes de cacería. Su primera presa fueron tres patos de madera que otro cazador usaba como señuelo. Con el tiempo, mejoraría su estilo.

En aquellos días y en su país, la institución más prestigiosa en lo que a historia natural se refiere era el Museo Norteamericano de Historia Natural, en Nueva York. Desde mucho antes de entrar a la Universidad, Andrews estaba convencido de que era el lugar donde quería trabajar, y hacia allí se dirigió gracias a un billete de tren que le dio su padre como regalo de graduación, y a treinta dólares que había ganado disecando trofeos de caza.

El Museo Norteamericano de Historia Natural había sido fundado en 1869, y era uno de los orgullos de la ciencia estadounidense. Gracias al ascenso del capitalismo y al incipiente florecimiento de la industria norteamericana, el Museo al que llegó Andrews era un templo magno destinado por sus fundadores a la clasificación e indexación de todos y cada uno de los elementos componentes del planeta. Además, el Museo estaba ayudado en su ambiciosa tarea por la cercanía de Wall Street y por el prestigio social que implicaba el mecenazgo. En la lista de colaboradores habituales a los fondos del Museo sobresalían apellidos como Morgan, Vanderbilt, Rockefeller, Dodge y similares. En su tarea, el Museo tenía como respaldo todo el poderío capitalista del promisorio imperio norteamericano.

Cuando Andrews llegó a tan intimidante institución, fue a hablar con el director del museo, Hermon Bumpus, a quien rogó un trabajo. Bumpus quedó impresionado por la vehemencia del joven aspirante, pero le dijo que no había ningún puesto vacante. Andrews aseguró que no quería un puesto científico, lo único que quería era trabajar de cualquier manera en el Museo, incluso barriendo el piso. Bumpus le tomó la palabra y lo contrató en el departamento de taxidermia, donde sería ayudante del embalsamador principal pero tendría que fregar y barrer los pisos de la sección. Andrews, feliz de la vida, comenzó su carrera barriendo prolijamente metros y metros de laboratorio.

Bumpus supervisaba regularmente sus labores sanitarias, y quedó muy impresionado por su diligencia. De a poco lo ascendió en sus tareas, a colaborador en el armado de las distintas exhibiciones temporales. El gran cambio se dio cuando lo envió junto a su jefe, James Clark, a comprar el esqueleto de una ballena franca. Cuando los enviados llegaron al pueblo ballenero, se encontraron con un viento helado de mar, temperaturas de -20 grados centígrados y lluvia, todo lo cual había enterrado el esqueleto en la arena. Andrews y Clark no consiguieron ayuda de los pescadores, y debieron pasar 72 horas dando paladas bajo la lluvia para recuperar apenas el cráneo. Al final los pescadores se apiadaron de los dos obsesivos, y entre todos desenterraron el esqueleto y lo enviaron al museo.

Andrews, que era un lector compulsivo, se volvió experto en cetáceos, y convenció a Bumpus que lo enviara en su primera expedición científica: un viaje a los pueblos balleneros para recopilar datos anatómicos y comprar esqueletos de ballenas, con los que aumentar la colección del museo. Bumpus accedió, y durante los siguientes años Andrews se convirtió en la máxima autoridad mundial en ballenas. Como premio por su diligencia, el museo lo envió a un viaje de investigación a las Indias Occidentales. En 1909 Andrews desembarca en Japón, tiene su primer contacto con Oriente y se enamora de inmediato. A partir de ese momento, todos sus esfuerzos estarán destinados a pasar en la región todo el tiempo posible.

EL LEJANO ORIENTE. El joven aventurero desembarcó en Yokohama, y en su segunda noche en la ciudad recorre la célebre Yoshiwara, la calle del Placer. Allí se hace cliente de Número Nueve, el burdel más célebre y refinado de Asia, dirigido por la enigmática Madre Jesús. Esta era un personaje digno de cualquier historia de aventuras, que además de dirigir el mejor local de la ciudad era confidente y consejera de espías, mercenarios, diplomáticos, militares y contrabandistas. Andrews se hizo amigo íntimo de Madre Jesús, y años después lamentó amargamente su muerte, ocurrida en un terremoto.

Luego de Yokohama, Andrews continuó viaje en barco por Shanghai, Hong Kong y Filipinas. En este archipiélago Andrews fue desembarcado en una isla deshabitada con dos ayudantes locales, para recoger muestras durante cinco días. El barco no pudo volver a recogerlos sino hasta pasados veinte días, y aunque la tripulación temía encontrar tres cadáveres, encontró a Andrews y sus ayudantes instalados cómodamente en una cabaña de paja, alimentándose de estofado de paloma silvestre. Andrews, feliz, había cumplido su sueño de ser un Robinson Crusoe, sólo que, como dijo luego, con dos Viernes. Para evitar tener que volver a Estados Unidos, Andrews convenció al Museo de que le financiaran un viaje al norte de Japón, para visitar las estaciones balleneras japonesas y conseguir ejemplares de esqueletos y tejidos. En agosto, sin más pretextos para quedarse, Andrews volvió a casa.

De nuevo en el museo, traba amistad con Henry Fairfield Osborn, director del Museo tras la renuncia de Bumpus en 1910. Osborn era un antropólogo célebre, padre de la paleontología estadounidense y un hombre temible e intimidante. Tenía una personalidad patriarcal, y su obra cumbre en su campo, Proboscidea: A Monograph on the Discovery, Evolution, Migration, an Extintion of the Mastodonts and Elephants of the World, parece hablar por sí misma sobre la personalidad de su autor, más si se sabe que su redacción definitiva demandó cincuenta y tres años, que la edición póstuma pesó dieciocho kilos y que su costo desmesurado de doscientos ochenta mil dólares debió ser financiado por J.P. Morgan padre.

Andrews se convirtió en protegido de Osborn, quien apadrinó sus expediciones a Japón primero y a Corea después. En estos viajes Andrews obtuvo resultados científicos espectaculares, como la resurrección de la supuestamente extinta ballena gris, que se creía había sido exterminada por la caza indiscriminada en las costas de California. Andrews descubrió que las ballenas habían abandonado una ruta migratoria y seguían existiendo y pasando frente a las costas de Corea, donde por supuesto eran cazadas indiscriminadamente. Luego de este y otros éxitos, Andrews se embarcó en una expedición al "valle perdido" de Paik-Tu-San, un terreno virgen y casi inaccesible atisbado por el explorador inglés Francis Younghusband en 1879, en los límites entre Corea y China. Con unos porteadores coreanos Andrews atravesó terrenos salvajes y casi inexplorados, hasta llegar a su destino, en un viaje lleno de motines de porteadores y amenazas de ataques de bandoleros. El viaje de cinco meses produjo pocos resultados científicos (en el valle casi no había ninguna especie animal distinta a las que habitaban el resto de la zona), pero el aura romántica de la expedición, fomentado por el hecho de que la prensa lo había dado por muerto, comenzaron a cimentar la fama de Andrews como aventurero.

Luego de una temporada en Pekín (por la que modificó su plan de regresar a casa en el Titanic) Andrews atravesó Asia por el norte, pasó una temporada en Moscú y regresó a Nueva York, con la idea de proyectos más ambiciosos.

LAS EXPEDICIONES CENTROASIATICAS. En 1914 Andrews anunció su casamiento, y dieciocho meses después se embarca en una ambiciosa expedición científica, en el corazón de una de las regiones más convulsionadas del planeta en esa época: el sudoeste de China.

Para justificar la larga serie de exploraciones venideras, Andrews se aferraba a la teoría favorita de Osborn, la que supone que Asia Central había sido el sitio donde se originaron todas las especies de mamíferos, y desde donde se habían esparcido por el mundo. También, decía Osborn, la misma zona era el origen de los primates. Por lo tanto, las excavaciones en la meseta centroasiática estaban destinadas a revelar los restos de los primeros eslabones en la cadena evolutiva de los mamíferos, y particularmente del hombre. Andrews convenció a Osborn de la necesidad de explorar la zona y descubrir sus secretos. El director accedió a aportar la mitad del costo del proyecto, y Andrews se embarcó en una gran campaña de recolección de fondos entre los magnates industriales, actividad en la que luego adquiriría una maestría absoluta. Conseguido el dinero, Andrews y su esposa, junto con algunos especialistas, partieron en un largo recorrido por territorio chino, donde estaba en pleno auge la confusa, interminable y sangrienta guerra entre los Señores de la Guerra, por el control del tambaleante poder imperial.

Entre aventuras varias, la expedición recogió una cantidad impresionante de muestras zoológicas (2100 mamíferos, 800 aves, 200 reptiles), y gran cantidad de fotografías y filmaciones de tribus y grupos étnicos casi desconocidos en Occidente. La expedición fue un éxito tanto científico como mediático, y a su regreso Andrews e Yvette se vieron convertidos en celebridades. Sin dudar un minuto, Andrews aprovechó la fama para planear expediciones mayores, y de paso juró lealtad en el servicio de inteligencia militar, para trabajar como asesor y eventual espía. En 1918 partió de nuevo hacia Pekín, donde instaló una base de operaciones desde la cual se organizarían todas sus futuras expediciones.

La meta de Andrews era el desierto de Gobi, una amplia meseta desértica entre China y Mongolia, casi deshabitada y estéril, poseedora de uno de los climas más extremos del planeta y por aquel entonces una gran mancha blanca en los mapas. Los vientos son demoledores en invierno, y en verano la diferencia de temperatura entre el día y la noche puede superar los 40 grados. Pero también era esta zona el lugar donde, según la teoría de Osborn, se habían formado los mamíferos. El concepto de Andrews para explorar este páramo gigante fue revolucionario, con una caravana de automóviles para recorrer amplias zonas de terreno, que siguiera una ruta sinuosa, mientras una lenta caravana de camellos seguía un camino más recto, y ambos se encontraban en puntos determinados para reabastecerse. De esa manera, se podían recorrer distancias mucho mayores que con cualquier otro medio de locomoción, en un tiempo mucho menor. Fue este concepto lo que permitió a Andrews conquistar el salvaje Gobi.

En total, entre 1922 y 1930 dirigió cinco Expediciones Centroasiáticas, que exploraron un amplio territorio desconocido de miles de kilómetros cuadrados. El personal científico de la expedición fue variando, siempre compuesto por especialistas de primer nivel. En la última expedición, la de 1930, el geólogo fue el padre jesuita Teilhard de Chardin, célebre por su participación en el descubrimiento del Hombre de Pekín, y por su poco clara participación en el fraude del Hombre de Piltdown. Si bien las teorías de Osborn se demostraron erróneas, el mayor logro de la expedición, a desmedro del afán cazador de Andrews y su pasión por conseguir nuevos ejemplares zoológicos, fue el descubrimiento de los yacimientos de fósiles de dinosaurios más extensos y ricos del mundo. Las Expediciones sacaron a la luz una cantidad asombrosa de especies desconocidas (entre ellas el Velociraptor, hecho famoso en la serie de películas Jurassic Park, y que al parecer, a diferencia de lo que se ve en el film, estaba cubierto de plumas), familias enteras de reptiles prehistóricos previamente ignorados, y miles de otros fósiles. Uno de los más espectaculares descubrimientos fue el de varios nidos con huevos de dinosaurio en perfecto estado de conservación, algunos conteniendo los esqueletos de los embriones. Este descubrimiento desató en Estados Unidos la primera gran "Fiebre de Dinosaurios", los huevos se pusieron de moda y varias personalidades, incluyendo el actor Douglas Fairbanks, ofrecieron sin éxito cuantiosas sumas para adquirir uno de los ejemplares.

Para conseguir estos espectaculares logros científicos, en cada nueva expedición Andrews debió enfrentar una serie interminable de problemas, que comenzaban con la recaudación de fondos (en determinado momento incluso subastó uno de los preciados huevos), seguían con los inmensos problemas logísticos, organizativos, y un sinfín de contratiempos y escollos planteados por la turbulenta situación de la zona (guerras civiles interminables y confusas en China, ocupación soviética en Mongolia) y por la bizantina corrupción con que funcionaba todo el sistema político chino. En medio de esos problemas, Andrews tenía una vida social intensa en la comunidad extranjera de Pekín (era miembro del equipo de polo campeón del sudeste asiático, aunque a veces tuvieron problemas con el campo de entrenamiento, que era utilizado para decapitaciones masivas por el ejercito chino) y mas aun en Nueva York, donde vivía poniéndose su smoking blanco cada noche, en una continua gira de cenas y fiestas de recaudación de fondos.

No hay manera de resumir las idas y venidas, las aventuras, los riesgos y los descubrimientos que Andrews y su equipo vivieron en esos años. Desde tiroteos con bandidos, robos, descubrimientos casuales, expulsiones políticas y travesías por zonas de guerra hasta enfermedades, accidentes y rigores climáticos (una de las expediciones estuvo a punto de fracasar porque la gran variación de temperatura del Gobi hacía que los bidones de nafta explotaran cuando se helaban de noche, luego de haberse recalentado durante el día). Si bien el logro científico de las expediciones debe muy poco a la mano directa de Andrews, más interesado en el viaje en sí que en la investigación, la existencia de las Expediciones es mérito suyo; poseía una personalidad única, tenaz, y una capacidad organizativa increíble.

Luego de la última Expedición, cuando la situación política hizo imposibles nuevos esfuerzos, la vida de Andrews, que era un auténtico héroe en su país, perdió gran parte de su brillo. A pesar de que llegó a ser director de su amado Museo nunca se encontró cómodo en la vida urbana y las actividades burocráticas, y hasta su muerte en 1960 lamentó no haber podido continuar con su carrera de explorador. Andrews fue, sin lugar a dudas y por más que gran parte de su leyenda haya sido creada y exagerada por él mismo en varios libros autobiográficos, más que un científico un autentico aventurero, romántico, audaz y visionario.

TEORIAS RACISTAS. Pero algo estaba mal en las Expediciones Centroasiáticas. Detrás de ese brillo aventurero y ansias de descubrimiento que les dieron su aire de saga romántica, hay varios puntos oscuros en la historia, incluso desde sus orígenes. Andrews carecía de rigor científico; incluso se le acusó de haber dañado varios fósiles valiosos, por perder la paciencia ante el trabajo minucioso de los paleontólogos y sacarlos él mismo a golpe de pico. Abrazó sin dudar la teoría de Osborn, que en el fondo era un intento racista de rebatir las primeras señales de que la humanidad se había desarrollado en Africa. Para la mentalidad de la época era impensable que los primeros humanos pudieran haber sido negros, por lo que la teoría de Osborn, sin sustento alguno, era una necesidad ideológica más que una deducción científica. De hecho en los años 30 Osborn recibió una medalla al mérito científico en la Alemania nazi, por su colaboración al "demostrar" que la humanidad tenía un origen si no europeo, al menos asiático, y de piel clara. En esas bases se asentaron las Expediciones, aunque esta teoría apócrifa no estorbó a la hora de recoger y analizar los miles de fósiles hallados.

También hay otras cuestiones. Se puede dejar de lado el hecho de que las Expediciones fueron un descomunal traslado de fósiles y especímenes científicos de su país de origen a otro, realizado con típica arrogancia imperialista. Se puede argumentar que en la época ni China ni mucho menos Mongolia contaban con los medios técnicos y científicos para realizar la tarea, y que sin las Expediciones estos fósiles hubieran quedado donde estaban, expuestos al desgaste de a los elementos. También puede darse el beneficio de la duda a las reales actividades de Andrews como espía de la inteligencia militar. Y lo mismo puede darse ante las reiteradas acusaciones de que Andrews facilitaba en secreto informes geológicos a empresas petroleras y mineras, a cambio de financiación. Son muchos detalles acumulados, que más que hablar de un trasfondo oscuro y siniestro que tal vez ni siquiera exista, relatan los recovecos y componendas que pautaron la organización de las Expediciones. El brillante aventurero debió embarrarse mucho para cumplir su visión, pactar con los capitales más grandes del mundo, los gobiernos más corruptos y expansionistas, y con los científicos más egocéntricos. Y si de todo eso su figura sale enaltecida, o al menos favorecida, es porque en todo momento estuvo dispuesto, sin medir consecuencias, a pagar el precio por cumplir su ideal, y a sacrificar todo (incluso su familia) por la aventura. La suerte le fue favorable, y Andrews vivió la experiencia de ser un héroe de su tiempo, una leyenda viva hasta el fin de sus días. Viendo la magnitud de la empresa en que se embarcó, y la manera en que triunfó, realmente se lo merecía.

El cazador del desierto, de Charles Gallenkamp. Mondadori, Barcelona, 2002. 426 págs.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar