por Eduardo Milán
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A principios de los ochenta apareció un mediador entre el fin exhausto —hay otras formas de tocar el fin— del socialismo realmente existente y un nihilismo que asoma cuando se lo deja. El nihilismo acompaña a la modernidad como un subterráneo a la calle. Va por abajo pero cuando hay duda en la esquina entre torcer a la derecha o a la izquierda el nihilismo resurge como resorte. El mediador no es el nihilismo: es el mito. No los mitos de tal o cual período, de tal cual origen, de tal o cual cultura. El mito como discurso. El discurso mítico tiene la particularidad de no ser ni verdadero ni falso. Basta con ser expresión de nuestra “parte maldita” diría Bataille: la imposibilidad. Un mito es lo imposible encarnado, si se puede decir precisamente eso. Y es en eso en que dialoga y se parece con la poesía. Siempre fueron interlocutores mito y poesía. Incluso se considera por algunos mitólogos al mito como la base del discurso poético. Los románticos cultivaron el mito no como un culto a la irracionalidad —que nunca fue un problema romántico: fue un problema de la razón— sino como una riqueza, un excedente de la necesidad lingüística, un lujo de la imaginación en acto. Pero en los ochenta quedó flotando. Veníamos con la “culpa histórica” por la debacle soviética. Y no hay mejor manera de lavar la culpa que transformarla en mercancía. No intercambiar “mi reino por un caballo”, no —aunque Shakespeare sabía lo que decía. Simplemente cambiar el valor por una más o menos buena colección de “necesidades artificiales”. El mito hubiera permitido su uso en lo simbólico como sostén de una sociedad sin rumbo. Re-crear un creer. No rehacer la cruz ni la hoz y el martillo. Creer de nuevo en la potencia de la imaginación que no necesita correlato objetivo literal —una cosa contante y sonante— sino un tejido de mundos alternativos que no desemboquen en un centro comercial. La contigüidad de los centros comerciales es una trampa maravillosa: una tienda es una tienda es una tienda es una tienda. O sea la rosa para Gertrude Stein. Como si el deseo se repartiera en instantes simultáneos. Creo que para entonces estas sociedades de capitalismo de tercera en que desembocó la “sociedad latinoamericana” vista así, in totu, sin clases, sin diferencias, sin indigencia y sin miseria, ya estaba desahuciada. Con tiendas alineadas en una metonimia enloquecida que te promete un aquello digno de una canción de Jaime Roos y en cambio te entrega el consuelo aproximado de lo que no sueñas.
(foto Leonardo Mainé/Archivo El País)
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