Crónica de Ciudad Juárez

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ALFREDO FRESSIA

ES UN AEROPUERTO pequeño, o, si todos los aeropuertos son realmente iguales, éste es de provincia. Se nota en el silencio de los corredores, resistente a pesar de la cantidad de viajeros que bajamos del vuelo "proveniente de la ciudad de México". Así lo anuncia el altoparlante en un volumen que aumenta la sensación de silencio. Un termómetro gigante anuncia: "42 grados".

En la calma chicha no había lugar para el policía que examina a los viajeros y ahora me llama a mí. Pero ahí está, mira mi pasaporte uruguayo, ya debidamente sellado en la capital, y pregunta, seco:

-¿Qué lo trae por acá?

Lo observo mientras pienso: esto nunca me lo habían preguntado antes, en los Estados Unidos sí, es cierto ("Why you came in America?"), pero no en México. Trato de imaginar por qué me lo pregunta. Mientras tanto, explico que vengo a un Encuentro de Escritores, "Literatura en el Bravo" se llama, y después voy a la Feria del Libro de Chihuahua, de setiembre de 2007 -pero ya mis explicaciones son inútiles, el policía me identificó y soy un personaje confiable: "Adelante, bienvenido a Ciudad Juárez", y agrega: "Señor".

No me gusta ese "Señor" ni me gusta ser confiable. El policía tampoco debería confiar en escritores. Definitivamente llegué a Juárez con muchas prevenciones. "No leas a Bolaño, mejor lee nuestra poesía y ven tranquilo", me habían escrito dos poetas juarenses que conocí hace unos años en Michoacán. De hecho, los leí a ambos con atención, y reencontrarlos será uno de los placeres que tendré en Juárez.

El joven que me esperó en el aeropuerto con mi nombre escrito en un cartelito es quien me trasladará durante una semana dentro de la ciudad. No es funcionario del Instituto Chihuahuense de Cultura, ni de Conaculta, ni de cualquier otro organismo oficial. Lo contrataron sólo para este evento. El resto del tiempo trabaja en una casa nocturna, prepara cócteles, es una changa, allí en el sector donde están los bares de moda. Y además su nombre de pila es Jesús.

Juárez recuerda Brasilia. Hay "sectores" para todo: sector de esos bares de moda, es decir, lejos del centro decadente, el de la avenida Juárez que acaba en el puente internacional, sector de los hoteles, donde Jesús me lleva y me ayuda a instalar, y por supuesto que están los sectores de los pobres y el sector de los ricos, los sectores administrativos y todo está unido por grandes corredores urbanos. ¿No hay calles con acera y con boliches de esquina? Sí, pero sólo en el centro, y están demoliendo manzanas enteras. El art-déco sustituido por la modernidad. Renovar es vivir.

Los juarenses tienen la sonrisa fácil y son amigos de largas explicaciones. "Todos los norteños somos simpáticos y hospitalarios", dicen, y es verdad. "Con excepción de los de Chihuahua", agregan. Los juarenses y los de Chihuahua, la capital del estado homónimo, rivalizan en todo, por eso no se dan bien. Pero los juarenses tienen la frontera.

PASO DEL NORTE. Antes de que hubiera frontera, Juárez y la actual El Paso, Texas, eran una sola ciudad. Se llamaba Paso del Norte. Ya era un "Paso", es decir, no tenía vocación de centro urbano, tradicional al menos. Era el Paso hacia Santa Fe, hacia lo que hoy es Nuevo México, pero que era México hasta los acuerdos de Guadalupe-Hidalgo, en 1848, los que definieron las fronteras luego de la invasión estadounidense de 1846-48. Por ese tratado México quedó despojado de dos millones de quilómetros cuadrados.

Por eso Ciudad Juárez no tiene los palacios coloniales que sí se encuentran en Chihuahua, como en todas las nobles ciudades de provincia mexicanas. En Juárez se está siempre de paso. Se puede pasar la vida entera, de paso en paso. El número de habitantes, leo, asciende a 1:313.338. Junto a El Paso, conforman la mayor mancha urbana fronteriza del mundo, con 2:187.662 habitantes en total. Y ahora Juárez está dividida en sectores, así es fácil destruir manzanas enteras para revitalizar la región central. La frontera es un accidente grave, pero uno se acostumbra a él. Y no impide que muchos juarenses vivan del lado mexicano y trabajen en El Paso. Uno de mis poetas, Edgar Rincón Luna, es diagramador de El Diario del Paso, un periódico publicado en español y gemelo de El Diario de Juárez. Casi todos los juarenses hacen sus compras en El Paso, sobre todo cuando consumen productos electrónicos, muy baratos. Para atravesar los tres puentes (cuatro, si se considera uno un poco alejado del centro) la aduana estadounidense pide una visa. Hay una, especial, que da derecho a entrar treinta quilómetros en territorio yanqui. Esa visa (la llaman "visa láser") es expedida a quienes demuestran que no tienen la intención de quedarse en territorio estadounidense, y es muy perseguida por los ladrones de Juárez.

Desde el hotel miro el downtown de El Paso. Los edificios tienen la misma falta de interés de todos los downtowns. Es la misma ciudad que Juárez, en el mismo desierto, con las mismas temperaturas extremas (pasan buena parte del invierno bajo cero), todo tiene la misma irrealidad de los alucinógenos del desierto, y sin embargo uno imagina césped entre los buildings, y por qué no, ardillas saltarinas. Imagina mal, claro, incluso porque la población de El Paso es en setenta por ciento de origen latino, lo que no la vuelve el modelo de ciudad estadounidense. Una noche el poeta Rodolfo Hasler y yo entramos en el puente, el más central, el que constituye la continuación de la avenida Juárez. Llegamos a los mojones embanderados que indican la Frontera de la República de México y la Boundary of United States of America. Seguimos ya en la parte gringa, antes de la primera garita. Miramos el panorama bajo el puente: el paso de un tren, infinito, viene de Juárez, va a Santa Fe, Nuevo México. En el medio de la nada, el canal del río Bravo que quedó del lado mexicano, no tiene agua. Son unas dos cuadras de paso, pero desertadas. Quien puede atraviesa por el puente. Quien no, puede morir. Vemos las patrullas tras los alambrados. Todos lo comentan: hace dos semanas un soldado de esas patrullas mató a tiros a un joven que quería saltar las vallas. El soldado era hijo de mexicanos.

La frontera es al mismo tiempo una ilusión y un golpe de realidad, no existe y muchas veces cuesta la vida. Porque sabidamente México es mayor que su frontera Norte y continúa por los Estados Unidos adentro. Por eso suena tan falsa la idea de línea divisoria, de borde, de borderline. Y al mismo tiempo la frontera con los Estados Unidos es la única frontera que definitivamente se pueda conocer. Le cuento a Rodolfo mis viajes a Praga en los años ´80, cuando la "cortina de hierro" parecía inamovible. Parecía frontera. Ahora los estadounidenses proyectan un muro, un trecho de ese muro saldrá desde El Paso. Y será un mero acto de arrogancia. Porque el muro ya existe. Y ya muchos lo atraviesan, empujados por la miseria. ¿Qué me trae por acá? Soy un poeta uruguayo y vine a la frontera a dar lo único que tengo, que es poesía, y a aprender humildad.

Anoto frases escritas con tinta negra sobre los lados del canal: "Abajo el imperio", "Weapons Mass Destructor". También hay una frase inconclusa: "La guerra de Bush no es sólo contra Iraq. Es contra el(…)", y hay dibujos. Recuerdo dos puños, casi idénticos, como hechos sobre un modelo de papel, y otro, tosco, de la estatua de la Libertad. Rodolfo y yo nos callamos. Tenemos frente a nosotros algunos ideogramas, banales o banalizados, de esos que nos acompañan desde el siglo XX. Lo extraño reside sólo en el local donde los reencontramos, en un puente entre dos mundos, donde cualquier alegoría puede perder su sentido, o cobrar significados nuevos, inesperados. Nos callamos.

Volvemos a Juárez, a la avenida con su bar Kentucky, donde se inventó el cóctel Margarita, un bar con interiores de caoba que estuvo instalado en Nueva Orleans y que fue transportado a Juárez, pieza a pieza, y allí reabierto durante los años de la Ley Seca. En la primera esquina de avenida Juárez, a la izquierda, está el cartel de los Transportes Chihuahuenses: "Damos descuento del 50% a los deportados, pero sólo a los deportados. Presentar el documento de deportación. No insista. Viajes hasta el DF". Las enes son disléxicas, pero yo siento que el mundo al revés quedó del otro lado, con césped y ardillas. Lo que me trajo por acá fue el Encuentro de Escritores, pero hubiera venido de todas maneras porque soy un hombre de fronteras. Las atravesé toda mi vida. Algunas dan miedo.

EL PARQUE OLVIDADO. La prostitución se ve a cada lado de la avenida Juárez. A mí me impresionan los travestis, sé que merecen un poema. Habrá que ser muy hombre para ser travesti en Juárez, donde las pasiones suelen acabar en tiroteo, y muy prudente, ser verdaderas Ulisas, Odiseas atentas a los mínimos movimientos en el rostro de los hombres. Ulisas nuestras, tan marcadas por los achicados machos latinoamericanos, aquí las travestis no hablan, no llaman a los clientes, sólo ponen boquita de corazón. Saben que las verdades acaban en las orillas de las sábanas o en las manchas de amor, y son peligrosas. Y por eso se ponen blanquísimas y rubias lavadísimas, o ardidas, para ser gringas durante una noche, ser el otro, la Otra, la "del otro lado", como llaman los juarenses a la frontera, las Ulisas atadas al mástil para no entrar en palabras, esa sirena de las verdades fatales, mortales muchas veces.

Hacia el sur de la Catedral, la prostitución es masculina. Hay muchos bares gay en la "plaza Cervantina", con hoteles en el "callejón de la Mancha", pero no tienen nada de diferente a los bares gay de cualquier otro lugar. Los gays siempre al margen del margen del margen. Sí, tal vez un detalle: imágenes de María Félix -no podía faltar la Doña en bares gay mexicanos. El show de travestis cómicas del Palacio de las Estrellas se ha vuelto una pequeña tradición de la frontera. Hay que saber reírse de sí mismo.

Desde el día en que llegué estoy preocupado con el río que, imaginaba yo, era la frontera natural entre los dos países. El río Bravo, que los estadounidenses prefieren llamar Grande, es manso y pequeño, y además en Juárez, no separa nada. No muy lejos del centro, por las vallas hacia el este, está el parque llamado El Chamizal, orgullo de los juarenses. Fue al menos el primer lugar adonde me llevó Jesús. "Tienes que conocer El Chamizal, ese parque es el único territorio que los gringos devolvieron en toda su historia". El parque ostenta 177 hectáreas, está atravesado por los infaltables corredores urbanos, contiene al Museo de Antropología local, pero lo que importa es que fue devuelto por el invasor. Los Estados Unidos demoraron un siglo para admitir que "por un error", provocado por una inundación en 1864, se habían quedado indebidamente con ese trozo del territorio mexicano. Lo devolvieron en 1967, después de una primera "entrega", sólo simbólica, del presidente Lyndon Johnson a Adolfo López Mateo el 25 de febrero de 1964. Lo que los juarenses no cuentan es que los estadounidenses se quedaron con el río Bravo, que después de Juárez es, de hecho, la frontera natural entre los dos países, pero dentro de la zona metropolitana Juárez-El Paso, la frontera quedó dibujada por un canal, generalmente seco, y no por el río que permaneció totalmente del lado gringo. Y que llega anémico a El Paso. Dicen que el abuso que los estadounidenses hacen del río lo seca algunas veces durante el año. Y, me cuentan, cuando no lo secan lo contaminan. Me dice el poeta juarense César Silva que hasta los años ´30 se vendían muy barato los terrenos que daban sobre el río, y que en las escrituras constaba la aclaración de que, por obra de alguna eventual inundación, el nuevo propietario podía despertarse un día del lado mexicano. Cuentan que eran tiempos en que algunos restaurantes gringos se permitían prohibir la entrada "de perros y de mexicanos" ("No dogs and Mexicans allowed").

Juárez es un importante centro industrial. Impresiona la cantidad de fábricas de sub-tratamiento de los productos industriales, es decir, la tal "maquila" que se ha hecho famosa a causa de las "muertas de Juárez", esos crímenes de mujeres, generalmente empleadas de las maquiladoras, que se vienen acumulando en las páginas policiales desde 1993, sin que nadie descubra a los asesinos. Por el momento pasa de cuatrocientos el número de cadáveres encontrados. Pero se debe recordar que muchos cuerpos nunca fueron hallados, y nadie parece saber a cuánto asciende el número de las "desaparecidas". La desinformación es el arma primera de quien no quiere elucidar los crímenes. Las "desaparecidas" pueden ser quinientas o dos mil.

Todos concuerdan en que no hay una única causa para estos crímenes. Pueden ser debidos a los snuff movies, esas películas en que se violenta y se mata a la mujer frente a las cámaras para diversión de un público dispuesto a pagar precios altos por cada filmación. También hay indicios de que podría tratarse de magia negra, es decir, rituales con víctimas humanas. Los miembros del cártel de drogas de Juárez exhiben hasta en los tatuajes la protección de la Virgen de Guadalupe y de la Santa Muerte. Esta última es un culto popular mexicano que no pide sacrificios humanos. Pero otros rituales de protección sí los piden. El nivel de violencia que la frontera con Estados Unidos puede establecer es socialmente inconmensurable. La prostitución es el mercado más visible (pero no el más grande), codiciado por los estadounidenses quienes atraviesan los puentes sobre todo los fines de semana para alcoholizarse, drogarse y divertirse en la vida nocturna de Juárez. En una charla, el escritor veracruzano Luis Arturo Ramos, radicado en El Paso, compara el Halloween de los estadounidenses con el día de Difuntos en México. En el segundo, dice, se dialoga con la muerte y la imagen de ésta es el aceptado esqueleto que todos llevamos dentro. Ya el Halloween dramatiza el horror por lo que viene del más allá, lo que trae el peligro consigo, es el espectro, el monstruo, el ilegal. Los gringos, pienso yo, vienen a Juárez a conocer el lado menos limpio de ellos mismos, y vuelven a atravesar el puente tarde en la noche, para retomar sus vidas de ciudadanos honestos y ordenados, de apariencia limpia. Clean, dicen.

LA VIDA NARCO. Los cárteles de la droga han creado toda una estética del exceso, del dinero fácil, una "narcoestética" que naturalmente dialoga con el machismo de la región. Por lo pronto, en lo musical, existen los "narcocorridos". Fui a un Sanborn, esos grandes magazines, a comprar uno de estos CDs. Le pedí sin ambages al vendedor: "¿Qué discos de narcocorridos tiene?" La respuesta volvió directa: tenía de "Los tucanes de Tijuana" y de los de "Los tigres del Norte". Los corridos son un tipo de música norteña, cuyas letras narran una historia, a veces épica, eventualmente histórica (por ejemplo, Pancho Villa y sus "adelitas", o su caballo). Los narcocorridos son un inesperado aggiornamento de ese género: cuentan aventuras de jóvenes que adhirieron al narcotráfico, a veces sólo de emigrantes "ilegales". La narcoestética incluye también esos hombres con sombrero, cinto y botas de cuero, por ejemplo de cocodrilo, y a veces de color rosado. Verlos caminar por la avenida Juárez impresiona. A Rodolfo Hasler ese personaje (o narcopersonaje) le inspiró un poema antológico llamado justamente "Ciudad Juárez". Son el new-macho de la frontera.

El atentado del 11 de setiembre de 2001 resultó calamitoso también para Ciudad Juárez. Los controles aduaneros se agudizaron y el narcotráfico, imposibilitado de transportar la droga al territorio estadounidense, su destino habitual, tuvo que bajar los precios y difundirla en territorio mexicano. Fue un desastre para los jóvenes de la frontera, que se vieron seducidos por la droga y por el narcotráfico. En la narcoestética pueden entrar los códigos implícitos en los tatuajes. Cuentan los juarenses que el número de lágrimas tatuadas a la derecha del cuerpo corresponde al de personas que el tatuado ya mató, y las lágrimas tatuadas a la izquierda del propio cuerpo son cuentas aun no cobradas. Jesús me habla del asesinato de un primo suyo: "El sector de esos bares elegantes es más peligroso que el Centro. De vez en cuando hay balaceras entre los narcos. No existe ninguna familia en Juárez que no haya sufrido algún tipo de violencia debida al tráfico". Juárez y Río de Janeiro. Pienso en ambas ciudades con una mezcla de amor y amargura.

¿Qué me trajo a Ciudad Juárez? En principio, fue el Encuentro de Escritores, el homenaje que le hicimos al gran poeta mexicano José Emilio Pacheco. Como uruguayo, me cupo recordar la anécdota de cuando José Emilio estuvo en Montevideo. Entonces el presidente era Jorge Pacheco Areco, y el poeta se encontró con una ciudad que lo recibió cubierta de graffiti que decían "Pacheco ladrón y asesino", "Abajo Pacheco". Y justo el pobre José Emilio había ido en busca de la ciudad donde vivieron sus abuelos. Historias de desencuentros que en Juárez nos hicieron sonreír. Elena Poniatowska, que había ido a dar una conferencia y defender el "gobierno legítimo" de Andrés Manuel López Obrador -otra historia de desencuentros- , me dijo en el hotel: "Mis uruguayos inolvidables son el General Líber Seregni e Idea Vilariño". "Pues desde hoy mis mexicanos inolvidables son todos los juarenses", le respondí. Me quedó mirando intrigada, tal vez porque Juárez tiene mala prensa, pero no di más explicaciones. Y confieso que, una semana después, me fui un poco triste y un poco aliviado. Me esperaba Chihuahua, es decir, una ciudad, y no un "paso", sin una frontera hecha como un corte a navaja, una ciudad con sus palacios, sus barrios, y no sectores, con su historia épica, tanto de Benito Juárez como de Pancho Villa. Pero un día volveré a Ciudad Juárez, lo sé, y cuando me pregunten qué me trae por allí, diré: -Los juarenses, los extraño todavía.

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