Contundente lección inaugural

Ignacio Echevarría

CASI TODO puede enseñarle un hombre adulto al más joven. Casi todo menos aquello en que se destila la esencia de toda vida: el tiempo y sus devastaciones.

¿Se acuerdan de Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno de Salinger (1951)? Hay un viejo profesor al que el díscolo Caulfield visita, muy al comienzo de la novela. El profesor, con la mejor de las intenciones, se propone ayudarlo. Pero a Caulfield le dan asco los viejos ("el pecho todo lleno de bultos, y las piernas, esas piernas de viejo que se ven en las playas, muy blancas y sin nada de pelo"). Además, ningún adulto, sea viejo o no, puede ayudarlo: "Lo que pasaba es que estábamos en campos opuestos. Eso es todo". No se trata de un rechazo físico, o no solamente. Se trata también de un rechazo moral. De una radical intransigencia con el mundo de los adultos, con un orden esencialmente corrupto.

Lo que el joven ignora, y resulta tan difícil explicarle, es la labilidad de las fronteras entre esos dos campos opuestos. No puede imaginarse que, sin presentir siquiera que ha renunciado a ninguna de sus aspiraciones, a ninguno de sus sueños, menos todavía a la soberanía hasta entonces indiscutible de su cuerpo, un día se despierta y está en el otro bando.

"Bienvenido, Bob" es sin duda uno de los mejores cuentos de Onetti (lo cual es decir bien poco, pues casi todos sus cuentos son mejores). Se publicó en 1944, es decir, cuando Onetti tenía 35 años. "Nel mezzo del cammin di nostra vita": así se refiere Dante a esa edad, que casi convencionalmente jalona el ingreso definitivo en la madurez (o sus simulacros). Conviene tener presente esta circunstancia cuando se lee un cuento que discurre precisamente sobre la pérdida ineluctable de la juventud, sobre la derrota que el tiempo le inflige fatalmente, sobre su fracaso.

Holden Caulfield tiene una hermana pequeña. Se llama Phoebe y él la adora. Caulfield -que no es propiamente un joven, sino un adolescente- adora a los niños. El problema de Caulfield, él mismo casi un niño todavía, es que se siente desterrado de la infancia. Pero ese mismo es (lo es cada día más) el problema de los adultos: sentirse desterrados de la juventud, absurdamente alineados en el "campo opuesto".

Imagínese ahora que ha transcurrido algún tiempo y que el ya joven Caulfield asiste, ofendido, al idilio de su querida hermanita con un tipo ya entrado en años, que aspira a casarse con ella. Y bueno: así podría resumirse lo que se cuenta en "Bienvenido, Bob". Un duelo (el propio narrador emplea esta palabra, y de pronto viene al recuerdo, luminoso, un relato de Conrad, "Los duelistas"). Un duelo provocado por la afrenta que todo hombre adulto (es decir, adaptado al mundo, y ya por eso despreciable) supone a la belleza y al encanto de la juventud. Y cómo ese duelo se dirime a través del tiempo.

Quizá como ningún otro de sus relatos, "Bienvenido, Bob" ilustra ejemplarmente dos de las constantes en que se hila toda la narrativa de Onetti. La primera y más evidente: los ultrajes que el tiempo impone a los sueños de los hombres. La segunda, menos evidente pero asimismo recurrente y esclarecedora: la recalcitrante adhesión del hombre a sus sueños, a sus deseos; su inapagada fascinación por la perdida pureza, patente una y otra vez, con toda su complejidad, con toda su promiscuidad indecible, en la atracción que el hombre adulto experimenta hacia la muchacha núbil, hacia la doncella, hacia la mujer todavía niña.

Onetti encajó siempre con humor melancólico las frecuentes "acusaciones" que le hicieron de "lolitismo". El caso es que toda su obra se ve atravesada por "nínfulas" que parecen cifrar tanta belleza luego fracasada. Es el sueño de la vida lo que en ellas se acaricia.

La inquina de Bob no se dirige particularmente hacia el hombre que pretende a su hermana; se dirige más bien hacia la posibilidad de que su hermana sea mancillada, es decir, forzada a ingresar en el mundo adulto y en sus abominaciones. Bob y su enemigo quieren lo mismo, sólo que desde campos opuestos: quieren a Inés, y quieren en ella la belleza todavía intacta del mundo. Para Bob, esa belleza es la que él mismo posee y está convencido de mantener. Para el narrador, es la que no se resigna a haber perdido.

Casi todo puede enseñarle un hombre adulto al más joven. Casi todo menos el tiempo y sus devastaciones. Iniciarse en la lectura de Juan Carlos Onetti equivale a iniciarse en ese aprendizaje difícil pero definitivo. Un aprendizaje al que "Bienvenido, Bob" sirve como la más terrible, hermosa, contundente lección inaugural.

IGNACIO ECHEVARRÍA; crítico español. Coordinó las Obras Completas de Onetti (Galaxia Gutenberg).

Una puerta al infierno

Ignacio Vidal-Folch

CARACTERIZADO como profesor en una escuela de escritura creativa, yo invitaba a los alumnos a que de-construyeran el cuento de Onetti "Bienvenido, Bob", que leí por primera vez de joven, cuando se publicó en España dentro de la antología de editorial Lumen bajo el título de Tan triste como ella. Muchas de las piezas de ese volumen son pura hechicería, pero la más memorable era "Bienvenido, Bob". Quizá porque es la historia de una venganza pavorosa, pariente lejana, incruenta y sutil de la que Poe inventó en "La barrica del amontillado". Quizá porque recrea en forma quintaesencial varios de los asuntos principales que obsesionaban a Onetti (y hacían de él un autor tan melancólico). A saber: la inevitabilidad de la decadencia; el hombre como traidor a las ambiciones y posibilidades de su propia juventud, la edad adulta como un exilio tenebroso y maloliente del país de la juventud; el amor de la mujer como ilusoria fuente de pureza salvífica, redentora; el desengaño, la fatalidad.

En "Bienvenido, Bob" el narrador, un hombre adulto y malogrado, náufrago de la vida, bebedor y faldero, proyecta casarse con la joven Inés, para que lo rescate de la vida sin sentido en la que ha quedado varado. Pero Inés tiene un hermano, Bob, físicamente parecido a ella y tan puro como ella, que se opone a ese enlace y que piensa sabotearlo, ya que su hermana se merece alguien mejor que él. El narrador no sabe, ni quiere saber, a qué argumentos recurre Bob, a la revelación de qué detalles o anécdotas o episodios repulsivos de su vida, para convencer a su hermana de romper con el narrador. Así sucede. Inés se casa con otro y se va de Buenos Aires. Pero pasan los años y ahora Bob ya se llama Roberto, y también es adulto, y también fatalmente ha renunciado a sus sueños de excelencia juveniles, y también frecuenta la taberna, donde encuentra siempre al narrador, que le recibe desde su mesa con rencoroso cariño, con odio, con las palabras del título: "Bienvenido, Bob", bienvenido a la decadencia, al alcoholismo, a la edad adulta, al fracaso, al infierno en el que me estoy cociendo desde las primeras líneas del cuento.

A los alumnos les hacía notar, en primer lugar, el curioso, característico desaliño de la prosa de Onetti, desaliño simpático, y que en este caso se compadece perfectamente con la atmósfera turbia de cantina y fracaso en la que transcurre el cuento; por ejemplo, en las frases dedicadas a describir la figura de Bob, sus gestos y sus miradas despectivas y burlonas hacia el narrador. "El pelo rubio colgando en la sien", su entrada "moviendo un poco la mano cerca de la oreja", o sus miradas "sin un gesto en la cara". Bob era muy parecido a ella "cuando movía las cejas; y la punta de la nariz, como a Inés, se le aplastaba un poco cuando conversaba": un rostro, no, dos rostros, el de Bob y el de su hermana, dotados de una movilidad propia de los films animados con plastilina.

Ponderaba estas extravagancias para que los alumnos comprendieran que la perfección no existe ni siquiera en la obra de los grandes artistas, y así se les pasase un poco el miedo al sacrilegio de escribir.

Luego señalaba la destreza del autor en los deslizamientos de la acción por diferentes épocas del relato, saltando en constante y fluida transición del presente a diferentes instantes del pasado y de ahí hacia las expectativas de futuro, y luego de vuelta, con un balanceo que forma un circuito cerrado del Tiempo, en el que el ayer, hoy y mañana están pasando permanentemente y volviendo a suceder, pues en la conciencia obsesiva del narrador todo es presente y "el pasado no tiene tiempo y el ayer se junta allí con la fecha de diez años atrás".

Les hice observar la despectiva elegancia con que Onetti elude exponer los argumentos de Bob para conseguir que Inés rompa con él. Pues en el universo de Onetti (y muchos pensarán que también en todos los demás universos) no hace falta hurgar mucho en la vida de nadie para encontrar las pruebas de su culpabilidad.

La cantina en circuito cerrado temporal donde el narrador recibe cada noche a Roberto (antes Bob, ahora esa versión masculina y degradada de Inés), le invita a copas y a hablar de los proyectos ambiciosos que ambos saben que nunca llevarán a cabo, es una ratonera, y una cámara del infierno de la lucidez. Es un Onetti antológico y una breve obra maestra que me viene turbando desde hace tantos años.

IGNACIO VIDAL-FOLCH (n. 1956); escritor español. Su último libro es Barcelona museo secreto.

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