JORGE ABBONDANZA
DURANTE VARIAS DÉCADAS de posguerra los alemanes mantuvieron silencio sobre una fatal contradicción. Habían peleado por su país pero lo habían hecho a las órdenes de Hitler, de manera que al cumplir con el compromiso de una nación en guerra se habían convertido -con su obediencia y su espíritu de servicio- en una herramienta del nazismo. El hecho es comprensible pero al mismo tiempo imborrable, un dilema nacional que ha dejado rastros perpetuos, cuyas cuotas de sacrificio y de culpa son tangentes que no desaparecerán. Ni al discurso filosófico le ha resultado fácil despejar ese matorral donde los remordimientos no consiguieron podar las emociones patrióticas.
Pero los alemanes que además eran militares de carrera soportaron otra ambivalencia. Cumplían por un lado con la infranqueable disciplina prusiana de su oficio, ligada a la arrogancia de una gran tradición, y recibían por otro lado las órdenes de un dictador que ni siquiera era alemán y cuya única formación castrense había sido su papel de cabo en las trincheras de la guerra de 1914. El dato sería absurdo y ante todo humillante si además no hubiera sido trágico, ya que esa subordinación permitió la catástrofe de una segunda guerra mundial que en el caso alemán -y a escala militar- sólo puede explicarse porque "los oficiales prusianos no se amotinan", aséptica afirmación pronunciada por un mariscal ante los intentos de sublevación contra el régimen. Entonces el mantenimiento de ese orden de charreteras, monóculos y bastones de mando costó 55 millones de vidas. Y eso fue así porque una mentalidad que se vanagloriaba de su maestría con las armas, fracasó miserablemente en sus tardíos atentados contra Hitler.
Algunos señorones de aquel mundo adujeron que ignoraban los espantos menos visibles del sistema, como el exterminio de los enfermos mentales o la masacre de los judíos. Pero al fin y al cabo, tampoco Churchill o Roosevelt enfrentaron el horror en tiempo y forma a pesar de estar informados de lo que ocurría en los campos de concentración. Es que la política internacional tiene sus propias reglas, en la guerra o en la paz, de modo que los indispensables deberes del humanitarismo pueden ceder ante los apremios de una estrategia imperial, que en el caso de los anglosajones priorizaba su control del mundo frente a la avalancha soviética de mediados de los años 40.
EDICIONES. Todo lo precedente es procedente ahora que aparecen nuevos libros testimoniales firmados por ancianos que en su juventud fueron observadores directos no sólo del desastre alemán sino de los últimos días de la vida de Hitler. En ambos casos puede llamar la atención que los autores hayan demorado 62 años en escribir sobre el búnker de la Cancillería y su experiencia personal en ese subterráneo enloquecedor, pero la espera de seis décadas también se explica por el espeso trauma que impuso a esas cabezas la memoria del período. No es casual que hasta Günter Grass haya dilatado otro tanto la constancia de su paso juvenil por las SS, que figura recién ahora en su autobiografía, porque sólo el gradual alejamiento de los hechos embarazosos puede liberar al hombre (también a las sociedades, desde luego) del efecto paralizador que provoca la vergüenza. En el caso de estos libros, el paulatino deslizamiento que se produce bajo el paso de los años, cuando los sucesos de una experiencia viva ingresan poco a poco en la lejanía de un momento ya histórico, permite superar el lastre de la incomodidad, poner finalmente las cosas por escrito y convertir así ciertos recuerdos en abastecedores de una mercadería confesable.
Uno de esos libros fue escrito por Rochus Misch, que acaba de cumplir 90 años y que a los 27 era telefonista y miembro de la custodia de Hitler, funciones que interrumpió el 2 de mayo de 1945 para abandonar a último momento el búnker del Führer, antes de que Berlín cayera por completo en manos soviéticas. El libro de Misch se llama Yo era guardaespaldas de Hitler y sale el mes próximo a la venta en Alemania, aunque ya se presentó en otros países. El segundo libro, En el búnker con Hitler, fue publicado inicialmente en Francia, aunque ahora también hay edición en español. Su autor, que murió en febrero a los 92 años en Munich, es un individuo de condición muy diferente a Misch. Se trata de Bernd Freytag von Loringhoven, un aristócrata perteneciente a las familias alemanas que colonizaron los países bálticos desde la arremetida de los Caballeros Teutónicos y allí permanecieron durante 500 años hasta el desembarco soviético en la zona, que se produjo en 1940 gracias a los protocolos secretos del pacto de no agresión firmado por Hitler y Stalin, que ejercitaron en ese documento la pirueta de promiscuidad ideológica más clamorosa del siglo XX.
El privilegio de Loringhoven como testigo de la historia consistió en llegar al cuartel general del Führer en julio de 1944, tres días después del famoso atentado, desempeñándose como ayuda de campo del general Guderian, el gran comandante de unidades blindadas. Allí vio a Hitler de cerca -un hombre de 55 años ya decrépito- y mantuvo ese acceso hasta fines de abril de 1945, fecha en que pudo salir del búnker berlinés, cruzar una capital en escombros, atravesar las líneas soviéticas a duras penas y llegar al frente anglosajón para quedar durante tres años como prisionero de los británicos. El periplo de Loringhoven había sido asombroso, porque no sólo sobrevivió en 1945 al infierno de Berlín sino que dos años antes fue uno de los escasos oficiales que consiguió escapar del cerco de Stalingrado, lo cual permite medir su colosal buena suerte. Y a ello corresponde agregar que la posguerra prolongó esos auspicios con altos cargos en las fuerzas de la NATO y otros organismos militares de la nueva Europa. En todo caso, la vida de este oficial con horóscopo tan favorable parece más apasionante que su libro.
TESTIMONIOS. Porque si bien ese texto promete concentrarse en la embrujadora proximidad al Hitler de los últimos días, se extiende inicialmente en la trayectoria del propio autor durante la campaña de Polonia (1939) y luego la de Rusia (1941), sumando referencias a entretelones de la cúpula del nazismo y del ejército que no son novedosas ni reveladoras. Allí Loringhoven omite internarse en el semblante más oscuro de la guerra pero incluye abundantes menciones a colegas, amigos, superiores, nombres, títulos y apellidos, en lo que cabe calificar de ligera frivolidad, tendencia en la cual tiene buen cuidado de anotar su oposición al régimen y su ignorancia sobre los crímenes más atroces de un sistema al que prestó servicios profesionales hasta último momento. El libro, empero, adquiere otra densidad cuando el autor baja por fin los peldaños del búnker y se acerca la hora fatal: "La noche del 27 al 28 de abril los bombardeos redoblaron su intensidad. En el bloque de hormigón del búnker se sentían las vibraciones causadas por el martilleo constante de la artillería rusa que golpeaba la cancillería. El techo del búnker amenazaba con ceder bajo los obuses. El agua corría por unos pasillos ya agujereados por los proyectiles. Las luces de emergencia, que funcionaban gracias a un grupo electrógeno, se encendían en forma intermitente. El búnker se hundía en el desorden. La suciedad se acumulaba por todas partes. Ya no se recogía la basura. Los colchones se amontonaban de cualquier manera en los corredores. El polvo y el humo entraban por las aberturas y los ventiladores".
En la última página, con mano prudente y mirada sanitaria, el autor agrega: "Siempre he procurado contemplar el pasado con la mayor objetividad posible, más interesado por favorecer el conocimiento que por hurgar en la herida. La terrible experiencia de la guerra, la dictadura nazi y el holocausto forman parte de nuestra historia. El recuerdo lúcido del pasado no debe conducir a las generaciones futuras a un mea culpa generalizado o permanente, pero forma parte de una obligación de vigilancia. Cuando la historia ilumina la memoria, produce el mejor antídoto contra la intolerancia y el retorno de las ilusiones". Sí señor.
EN EL BÚNKER CON HITLER, de Bernd Freytag von Loringhoven. Editorial Crítica. Barcelona, 2007. Distribuye Planeta. 176 págs.