por Ionatan Was
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Muchos lectores recordarán a Constanza Moreira como Senadora de la República, otros, menos, como profesora universitaria. Tal vez unos cuantos sepan de sus libros sobre la realidad uruguaya. Lo que será una sorpresa es su reciente novela, La ciudad de los nombres olvidados, donde la autora sale de la arena política para indagar en cuestiones sociales de lo más diversas, e incluso salir con algún giro poético.
La novela tiene romance y una pizca de ciencia ficción, con algunos elementos propios del género. El más icónico, ligado al título, es el Instituto de Desmemorización. Aparece una y otra vez en el relato; allí llegan los hombres y las mujeres que de una u otra forma infringen la ley, para ser despojados de todo recuerdo. Así de estrictos son en este sitio que recuerda al de la novela 1984 de Orwell, pues la policía como un gran hermano lo controla casi todo, limitando cada día más la libertad individual.
Todo sucede en una ciudad misteriosa marcada por una guerra que la deja partida en dos. Un muro separa ambas mitades, y solo se puede pasar con un permiso especial llamado “visa”. De otro modo la osadía puede ser fatal. Como el caso de Bruno, un periodista cuya intrepidez da comienzo a la historia, y a partir de quien irán surgiendo distintos hechos y personajes. El escenario parece la Berlín de la Guerra Fría, aunque también hay algo del Macondo de Gabriel García Márquez, del que hace un guiño evidente: “Era tan bella que resplandecía. Y él había recordado un cuento que su madre le había leído de niño, en el que una mujer era tan pero tan bella que su naturaleza angelical la había hecho elevarse al cielo un día en que estaba colgando al sol las sábanas, y allí en el cielo desapareció, sin remedio”.
La ciudad de los nombres olvidados, asolada como Macondo, y con un pasado mejor, resulta un híbrido donde convergen en un lugar inventado, muchos de los conflictos actuales. Hasta ahí funciona, a pesar de alguna falta de ortografía. El problema viene después, cuando ya la novela mostró sus credenciales y sus múltiples influencias. Porque entonces, al final y muy de repente, otros flagelos también actuales caen del cielo como por arte de magia. No hay desarrollo ni lugar a la reflexión. Lo que en algún momento amaga interpelar al lector y volverse interesante, ante el exceso de estímulos —léase acontecimientos— termina todo entreverado, y ya sin vuelta atrás.
LA CIUDAD DE LOS NOMBRES OLVIDADOS, de Constanza Moreira. Estuario, 2023. Montevideo, 394 págs.