JORGE ABBONDANZA
CIENTO VEINTE años después, los hechos en que hurga el libro The Yellow House de Martin Gayford (Little, Brown & Company) pueden recorrerse con la curiosidad pueril que lleva a interesarse por la vida personal de las celebridades, aunque de esa intimidad no surja nada extraordinario ni revelador. La gente quiere saber cómo dormía Marilyn Monroe, cuándo Gala engatusó a Dalí o qué platos almorzaba Hitler. En el libro de Gayford puede enterarse de otra petite histoire: lo que ocurrió durante las nueve semanas en que Vincent van Gogh y Paul Gauguin compartieron la casa amarilla del título a fines de 1888 en la ciudad sureña francesa de Arles, que desde entonces resalta en el mapa -y en la pintura- gracias a ellos.
Con la prolijidad recopiladora que es una de las virtudes terrenales de los biógrafos británicos, Gayford escarba día por día a través de cartas y documentos, deteniéndose con obsesivo detalle en el tema y la modalidad de cada pintura surgida durante esos dos meses de convivencia de la extraña pareja, un período que van Gogh encaró con la ilusión de fundar una comunidad de artistas. Ilusión a la que Gauguin accedió con benevolencia, mudándose desde Bretaña a Provenza para ver el efecto que el sol mediterráneo podía imponer a sus pinceles. Esas nueve semanas que comenzaron armoniosamente y terminaron en un desastre, son de alguna manera la llave para vichar las penalidades de van Gogh, un holandés errante que había fracasado como predicador, como mercader del arte y como amante de una prostituta, antes de convertirse en el borracho solitario mantenido piadosamente por su hermano Theo, que en el retiro de Arles eligió la amistad de Gauguin como un refugio casi apasionado.
LA PINTURA DEL FUTURO. Dentro y fuera de la casa amarilla, los dos pintores se dedicaron laboriosamente a su oficio incursionando en los mismos temas (paisajes de las cercanías o retratos de vecinos) convencidos de que el audaz lenguaje de sus cuadros era la pintura del futuro. La obra de Gauguin tenía más éxito de crítica y de ventas que la de van Gogh, pero eso no desequilibraba el entusiasmo con que los dos trabajaban de día y aún de noche, bajo la luz de gas, ni rebajaba la recíproca admiración que sentían por lo que hacía el otro. Sin embargo, las disparidades personales eran demasiado pronunciadas como para salvar esa asociación. De un lado estaba el misántropo emocionalmente desestabilizado, del otro el aventurero casi novelesco, porque Gauguin -que tenía origen peruano- había navegado por el mundo, había abandonado a su mujer y sus hijos en Dinamarca, se había detenido a vivir en la Martinica y finalmente, después de Arles, terminaría en las antípodas tahitianas, como si quisiera fugarse del planeta.
Las ansiedades de van Gogh terminaron por resultar insoportables a Gauguin, que en diciembre de 1888 anunció su partida de la casa amarilla, lo cual desencadenó una crisis de su amigo que culminaría en la famosa mutilación de la oreja derecha (siguiendo un modelo de la Biblia y otro de sus novelas favoritas de Emile Zola) para desembocar en varias internaciones, con altibajos de abatimiento y de locura que no excluyeron pasajes de euforia pictórica, ya que pintó 76 cuadros en dos meses a comienzos de 1890. Pero ese proceso subió hasta el pico final de angustia que lo llevó a pegarse un tiro a los 37 años, en su nuevo domicilio de Auvers. Irónicamente se mató poco después de obtener elogios de la prensa y la venta de un cuadro en la exposición colectiva del grupo Les XX (Los Veinte) en una galería de Bruselas.
De esos sesenta días de coexistencia quedan dos fuentes. Por un lado la copiosa correspondencia que ambos mantenían desde Arles, incluyendo los encantadores dibujitos que Vincent agregaba en sus cartas a Theo y que contienen abundantes referencias a la vida cotidiana, la economía doméstica y los vaivenes de la relación. Por otro lado, el doble prodigio de una producción artística que en el caso de Gauguin optaba por grandes planos de color, una maciza resolución de la figura humana envuelta en contornos negros y una paleta brillante donde asomaba el tropicalismo, mientras en van Gogh la modalidad dinamizaba el paisaje con trazos breves y alineados igual que las espigas de un trigal, en torno de las deslumbradoras fuentes de luz que vibraban en unas pinceladas tan trémulas como sus emociones. Fuentes de luz que sin embargo se volvían más corpóreas y más sensuales en sus escenas de interior (las sillas o su propio cuarto) casi tan amarillas como la casa que las contenía.
GLORIA Y DIVIDENDOS. Un largo siglo después, las desventuras de van Gogh y los desasosiegos de Gauguin tienen la caudalosa recompensa de su cotización y el manto canonizador de su celebridad. Glorificados en los museos y con la adulación de un mercado de subastas que paga precios astronómicos por sus obras, se convierten en ejemplos del desalmado funcionamiento del arte en este mundo, un negocio cuyos frutos llueven sobre manos ajenas cuando el creador ya no participa del beneficio porque está convertido en polvo. Sin sospechar qué río de oro correría ciento veinte años más tarde por su posteridad, ambos pintores dejaron su legado junto al recuerdo de una bohemia casi nunca feliz y casi siempre pucciniana.
Hace dos años, una muestra de Gauguin en el Museo Thyssen de Madrid, en la que figuraba su notable Visión luego del sermón, ya permitía explorar el desahogo que el artista encontró en su trabajo, donde las descargas de color fueron una terapia que le permitió sobrellevar la etapa de Arles y que florecería plenamente en los Mares del Sur. Tanto su pintura como la de van Gogh eran estallidos que revolucionaron las vertientes del arte, en un momento de eclosión de la modernidad que tenía expresiones tan vigorosas como la Torre Eiffel, el wagnerismo o la obra del viejo Cézanne, otro vecino de la comarca mediterránea. También los dos socios arlesianos rompieron con el pasado tal cual lo hacían esa ingeniería, esa música o esa pintura, estampando su ruptura con gestos tan violentos (aunque además tan dispares) como un balazo final y un viaje oceánico sin retorno. Por eso el encuentro de ambos en la casita de Arles fue la única esquina en que se cruzaron dos temperamentos explosivos, de la cual los historiadores sacan ahora rendidores dividendos.