Casi al final del juego

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AGUSTÍN COURTOISIE

TIENE CIERTO aire de Clark Kent, pero ahora está un poco más gordo. Fue vicepresidente de los Estados Unidos durante ocho años pero cuando disputó con grandes chances la presidencia contra George Bush (h.) la perdió por una polémica decisión del Tribunal Supremo. El film Una verdad incómoda lo puso de nuevo en el tapete y la noticia de que recibió el Nobel de la Paz por sus campañas por el medio ambiente parecen estar llevando su imagen a un punto óptimo.

El Premio Nobel fue compartido con el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, en inglés), que opera en el ámbito de las Naciones Unidas. Cuando le preguntaron a Gustavo Nagy -un oceanógrafo uruguayo que tiene su cuota parte del premio por ser miembro del IPCC- , qué le parecía el haber compartido el premio con Gore, Nagy respondió: "Es parte del show. Al Gore es importante, dice cosas disparatadas pero con parte de verdad. Trabaja con lo superficial y llamativo, que es como se difunden las cosas a nivel masivo. O sea, el IPCC pone la cara seria y Al Gore logra penetrar en la cabeza de los medios y los políticos, gente de muy poca cabeza en general". (El País, Mdeo. 14/10/2007)

CAMPO Y CEMENTO. Película y libro fueron proyectos separados pero, naturalmente, guardan un estrecho aire de familia. Publicado originalmente en 2006 con el título de An Inconvenient Truth, la versión en español (2007) se titula Una verdad incómoda. Causa un poco de gracia leer la advertencia inicial de que el papel con que fue impreso el libro proviene de "bosques generados sosteniblemente", según reza la letra chica junto a los datos del copyright. Adelantándose a posibles argumentos en contra, abrir el paraguas no está mal, si del clima se trata.

En cuanto al eterno pleito en torno de si es mejor "el libro o la película", conviene aclarar que Una verdad..., no es la mera publicación del guión de la película más unas bonitas fotos, aunque ambas versiones mantengan similitudes estructurales. Por ejemplo, el libro es muy superior en las recomendaciones finales acerca de lo que podría hacer cada ciudadano por el planeta. En ese mismo tramo final Gore incluye las diez ideas erróneas más comunes (y por ello más perjudiciales) sobre cambio climático, entre las que se cuentan: "La causa del calentamiento global es un meteorito que cayó en Siberia a comienzos del siglo XX", y "No hay nada que podamos hacer con respecto al calentamiento global. Ya es demasiado tarde". Una superioridad del libro respecto de la película reside en que los gráficos y los datos técnicos pueden examinarse con mayor cuidado. Y si bien el libro ostenta más centímetros cuadrados de gráficos y fotos que de texto, aun en eso parece competir con dignidad frente a la amena didáctica del film. Al Gore atribuye el feliz diseño a la intuición de Tipper, su esposa, responsable también de algunas de las fotografías.

Respecto de los largos pasajes diferentes (y complementarios) del material fílmico, destacan algunos referidos a su infancia. Por ejemplo, el libro narra con detalles la vida de la familia Gore, que pasaba la mitad del año en un pequeño apartamento en Washington (el padre era senador) en el número 809 del Hotel Fairfax, y la otra mitad en una "granja amplia y hermosa en Tennessee, con animales, luz del sol y hierba, todo ello al abrigo de una curva del claro y chispeante río Caney Fork". El lector conocerá algunas llamativas andanzas del futuro Nobel de la Paz, como cuando solía trepar con sus amigos por las escaleras de incendio hasta los tejados, para estallar globos llenos de agua contra los autos, o atar "hilos alrededor de los cuellos de unos soldados de plástico". Parece que después Al y sus amigos los bajaban"bobina tras bobina (de la bolsa de costura de mi madre) siete pisos y medio, hasta que chocaban con el sombrero del portero y éste empezaba a manotear en el aire". No constituye ninguna sorpresa cuando Gore escribe que prefería la granja.

PUEDE TENER RAZÓN. Un extraño paralelo despierta involuntariamente la lectura de Una verdad incómoda. Y ese paralelo puede formularse preguntándose si la misma nación que empujó fuera de la Casa Blanca a un presidente, después del escándalo Watergate, será capaz de erradicar irresponsables prácticas ciudadanas y sobre todo empresariales, íntimamente ligadas a una economía de mercado de alcance planetario.

Lo cierto es que la simpatía de Al Gore y su apuesta a la prédica paciente y a la persuasión, no le han valido para lograr la unanimidad de la opinión pública occidental.

Por ejemplo, ante el reclamo de un educador, el juez británico Michael Burton se pronunció en contra de la decisión gubernamental de exhibir la película en todas las escuelas secundarias. Si bien el juez admitió que varias de las tesis centrales de Gore, se basan razonablemente en investigaciones científicas, según una publicación digital: "La afirmación realizada en el documental de que el nivel de los mares podría aumentar seis metros `en el próximo futuro`, es `claramente alarmista` y contraria al `consenso científico`. La misma acusación se hace con respecto a que la afirmación de que la Corriente del Golfo podría desaparecer, pues el Grupo Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC) ya la calificó de poco probable".

Según la misma fuente, tampoco sería correcto afirmar que la desecación del lago Chad, la fundición de las nieves del Kilimanjaro o el huracán Katrina se deban exclusivamente al calentamiento del planeta, ni habría pruebas de que "los osos polares estén ahogándose al fundirse los hielos que forman su hábitat".

Por su parte, los argumentos manejados por el científico James Lovelock en La venganza de la tierra y por el economista Jeffrey Sachs en un reciente artículo periodístico, permiten discrepar con otras de las afirmaciones de Gore, sobre todo con las referidas a las energías alternativas. A vía de ejemplo, según Sachs, "los norteamericanos están convirtiendo en etanol 2000 millones de bushels de maíz, sobre una cosecha total de 12.000 millones en el año comercial 2006-2007. Las nuevas refinerías de etanol en construcción, más de 70, duplicarán el consumo de maíz para producir dicho combustible. Por consiguiente, intensificarán la carestía del cereal para alimentación". El mismo experto, aunque reconoce el impacto del cambio climático afirma que "Estados Unidos se equivoca al subsidiar generosamente la producción de combustible a partir del maíz y la soja" (La Nación, Bs.As. 3-10-07).

En realidad, son muchas las voces discordantes y basta pensar en el "bug del milenio" que en el año 2000 iba a colapsar la sociedad tecnológica, para preguntarse si hoy Al Gore, el propio IPPC, Green Peace y una constelación de ONGs no están de un modo u otro agitando un espectro similar con "el cambio climático". Algo parecido ha sostenido Guy Sorman en El progreso y sus enemigos al recordar que hace unas décadas Occidente padecía el furor del "enfriamiento" del planeta: en 1976 L`Express se inspiró en Newsweek para mostrar en su tapa un fotomontaje que "mostraba al río Sena arrastrando témpanos".

Mas allá de la mayor o menor pertinencia de todos esos comentarios adversos, la prudencia inclina a pensar que seguir los consejos de Gore, en caso de que esté equivocado, no le va a hacer mal a nadie, sino al contrario. En cambio, si los equivocados son sus críticos, eso conduce al final del juego.

UNA VERDAD INCÓMODA. La crisis planetaria del calentamiento global y cómo afrontarla, de Al Gore. Gedisa, Barcelona, 2007. Distribuye Océano. 328 págs.

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