HUGO GARCÍA ROBLES
EN UN PEQUEÑO pero ambicioso libro (La idea de Europa) George Steiner pretende abarcar las características del espacio geográfico y cultural europeo unificando, en rasgos generales compartidos, la diversidad que encierra.
Steiner es una de las mentes actuales más agudas y sus incursiones en la literatura son sabias, de una erudición para nada fría. Su visión de Shakespeare en Más allá de Babel, por ejemplo, es esclarecedora. Mide la amplitud del vocabulario del bardo inglés, y desde este dato numérico argumenta y llega a la inesperada conclusión de que Shakespeare es ininteligible para un lector actual, cosa que demuestra con una escena de Hamlet.
El prólogo de Vargas Llosa elogia la capacidad y audacia de síntesis desplegada por Steiner. Enseguida recorre, comentando cada una de ellas, las cinco instituciones mediante las cuales conjura a Europa, en una senda que va de lo festivo a lo trágico, del ámbito del café a las matanzas de millones de seres humanos.
Steiner elogia la función social del café como espacio para la conversación trascendente, desde lo filosófico hasta lo político y conspirativo, incluido el "cotilleo" cotidiano sin mayores consecuencias. Se detiene luego en el perfil que distingue cada una de las variantes del café. Menciona su importancia para nombres como Trotsky y Lenin (que jugaban al ajedrez en uno de ellos), Stendhal (en Milán), Casanova (en Venecia) o Baudelaire (en París). Distingue y separa al café del bar americano o del "pub" inglés, que tienen otra función y otra concurrencia.
CAMINANTES. El segundo elemento que define a Europa reposa en la capacidad de caminar, la esencial condición paseandera que determina a su vez una relación específica del europeo con el paisaje. El paisaje norteamericano es impracticable, nadie camina hacia el Gran Cañón. Lo mismo pasa con Australia y sus vastos desiertos, todos ajenos o indiferentes al hombre. Steiner recuerda el mítico paseo a pie de Kant a través de Königsberg y los itinerarios de Kierkegaard por Copenhague. Reflexiona que el empleo actual del automóvil no nos permite imaginar la capacidad de marcha que se ensayaba en el pasado. Hölderlin iba a pie desde Westfalia a Burdeos y el joven Wordsworth desde Calais a Berna, ida y vuelta. Coleridge, corpulento y con varios achaques, se desplazaba de manera habitual, diariamente, cubriendo entre 35 y 50 kilómetros, por terrenos ásperos y montañosos. No eran ejercicios puramente físicos. En esa mecánica de la marcha pensaban, concebían poemas o destejían argumentos teológicos. Señala Steiner la importancia del "wanderer", el caminante, en Schubert y Mahler. En cierto modo la historia de Europa es un relato de grandes marchas, como la de Alejandro, que llevó sus fuerzas desde Grecia a la India mientras Stendhal vivió la retirada de las tropas napoleónicas en Rusia. En tiempos de la Segunda Guerra Mundial, los ejércitos alemanes marcharon a pie, desde el Atlántico hasta el Cáucaso.
Este rasgo establece una relación específicamente europea entre el hombre y el paisaje. Por ello cita a Julien Benda que titula sus memorias Un régulier dans le siècle, es decir, un soldado atravesando a pie, como un infante, el atlas trágico de la historia europea.
EL NOMENCLATOR. El tercer rasgo es llamar plazas y calles con nombres de estadistas, científicos, artistas y escritores del pasado. Steiner contrapone ese dato con la manera norteamericana, que numera las avenidas y calles, recurriendo a veces a nombres de plantas y árboles. Ello no es casual, porque expresa la relación que tiene el europeo con el pasado, mientras que Estados Unidos mira al futuro.
Subraya además el peso del pasado en el entorno del hombre europeo. Recuerda que cuando Paul Celan se arrojó al Sena para suicidarse, lo hizo desde el lugar celebrado por la balada de Apollinaire. Este lugar está situado bajo las ventanas de la habitación que ocupara Marina Tsvetáieva, la última noche antes de regresar, en otro suicidio enmascarado, a la Unión Soviética.
MATEMÁTICAS Y FILOSOFÍA. La cuarta institución es la herencia de Grecia y Jerusalén. La perversidad del hombre se rescata gracias a tres instrumentos que son la invención de la música, las matemáticas y el pensamiento especulativo. El concepto de que la filosofía occidental es una nota al pie de página de Platón se concilia con el judaísmo secular. Steiner hace notar que la pasión por la justicia social en Marx posee el tono de Amós o Jeremías, de raigambre profética, judía.
Las tres actividades citadas, están -según Steiner- lo más cerca posible de la "intuición metafórica de que hemos sido efectivamente creados a imagen y semejanza de Dios". Los mitos griegos de Orfeo, las Sirenas y la confrontación sangrienta de Apolo y Marsias, expresan el poder para enloquecer y destruir. En cuanto a la geometría y las matemáticas implican "seguir los pasos de Euclides y de Arquímedes".
EL HOMBRE Y LA BARBARIE. La quinta seña de identidad es la más dramática, según Steiner única en la conciencia europea: una secreta convicción de que alcanzado cierto apogeo, Europa desaparecerá. Esta idea ha estado presente antes de que Valéry hablara de la "mortalidad de la civilización" o de que Spengler profetizara el apocalíptico final de Occidente. Ha estado presente siempre y bajo diversas formas que incluyen el "pánico del año mil" o la visión cristiana de un juicio final. Una implícita "sensación de final" existe en la teoría de la historia de Hegel o en la concepción de la entropía por Carnot, inevitable extinción de toda energía. Las dos guerras mundiales que Steiner considera guerras civiles europeas, Auschwitz y el Gulag, suman millones de masacrados. Dice Steiner que ante estos hechos reiterados es casi una obligación moral considerar la desaparición de Europa.
El autor ensaya una respuesta que ocupa los tramos finales de su exposición. Cita una conferencia de Max Weber sobre el saber y la ciencia, donde deslindando la democracia como forma política dijo que la ciencia pide "un cierto tipo de aristocracia intelectual". "Los científicos, los investigadores, los artistas están comprometidos con un ideal sacrificial tan antiguo como los presocráticos y característico del genio europeo".
Steiner sigue por el pensamiento de Edmund Husserl, que en su conferencia "La filosofía en la crisis de la humanidad europea", dictada poco antes de su muerte en los años del ascenso de Hitler, vuelve su mirada a Grecia y el milagro ático del alcance espiritual de las ideas. El consiguiente desarrollo de la "teoría", es decir el pensamiento especulativo desinteresado, es patrimonio europeo. Cita a Blake ("la sacralidad del detalle") contraponiéndolo a la "imponente monotonía" que va de Nueva Jersey a las montañas de California, vinculándola a la "vacuidad de buena parte de la existencia americana" que es al mismo tiempo razón de su fuerza. Steiner vitupera esa especie de esperanto que es "la detergente marea de lo angloamericano", que es la cultura del populismo, de la cultura de masas, que se habla "desde los clubes nocturnos de Portugal hasta los emporios de comida rápida de Vladivostock". Contra esa masificación sobre la cual ya había advertido en la década del `20 Max Scheler, argumenta Steiner afirmando que Europa debe defender sus lenguas, tradiciones locales y autonomías, porque "Dios está en el detalle".
El texto se cierra con una referencia al antisemitismo y subraya que el cristianismo no ha sido suficientemente claro en la confesión de culpa. A la vez, la desaparición de la esperanza del sueño del marxismo abismado en la dictadura estalinista y sus secuelas, todo ello confluye para que Europa encarne un ideal claro: "la vida no examinada no merece ser vivida". En este proyecto cree Steiner para derrotar la barbarie y salvar la condición humana.
LA IDEA DE EUROPA, de George Steiner. Ediciones Siruela y Fondo de Cultura Económica. México, 2006. Distribuye Gussi. 70 págs.