El conflicto en Irlanda del Norte

Belfast y la violencia sectaria: cuatro novelas indagan en sus orígenes profundos

La llegada de la novela Los incendiarios, de Jan Carson, es la excusa para analizar las mejores ficciones sobre el enfrentamiento entre católicos, protestantes y británicos en Irlanda del Norte.

Jan Carson
Jan Carson (foto Jonathan Ryder)

La ficción en Irlanda del Norte está logrando hitos insospechados. Algunas novelas ingresan en un terreno prohibido, el de las claves íntimas de la violencia que azotó a esa comunidad durante décadas conocidas como los Troubles, los “Problemas” de los 70 a los 90. Un período que enfrentó al Ejército Republicano Irlandés (IRA) contra los paramilitares protestantes leales a la corona británica, contra el propio ejército británico y contra la realeza. El sur, la República de Irlanda, ya se había independizado del Reino Unido en 1921, pero el norte siguió en el reino. Durante los Troubles se mataron sin piedad a tiros y a bombas.

Hay cuatro novelas fundamentales que se meten en la cabeza de los protagonistas de modo atrevido y eficaz. Una es Los incendiarios de Jan Carson (The Fire Starters, 2019), que ganó el Premio de Literatura de la Unión Europea, y llega ahora con traducción al castellano de Clara Ministral. La novela se ubica luego del conflicto, en el siglo XXI, y trata de las chispas —reales y metafóricas— que hoy todavía estallan en Belfast. Las otras tres novelas no se quedan atrás. Por ejemplo Milkman de Anna Burns, traducida para Alianza por Maia Figueroa Evans, y que ganara el premio Man Booker en 2018, el más importante en lengua anglosajona. O El resucitador de Eoin McNamee (Mondadori, 1998), traducida por Catalina Martínez Muñoz. O The Good Son, de Paul McVeigh (Salt, 2015), la única de este grupo aún no traducida, y que trata de un protagonista muy joven y afeminado, acusado de gay, cuyo punto de vista resulta subversivo para la lógica sectaria y belicista entre católicos y protestantes.

Son libros que logran romper un código de silencio.

Control psicopático

El milkman que protagoniza el libro de Anna Burns, “el lechero” (a quien nunca nadie vio repartir leche), es el pesado típico de toda organización guerrillera, esos que andan con los “fierros” (lar armas), que intimidan, y que llevan adelante los atentados y los asesinatos de protestantes o británicos. Es, también, un pesado en la cotidianeidad del barrio, una presencia controladora, psicopática, que de pronto se interesa por una jovencita del vecindario, la narradora de la novela. La quiere seducir. Él tiene 41 años y ella 18. El libro comienza como un disparo, con la joven relatando: “El día que Alguien McAlguien puso un arma en mi teta y me llamó gato y amenazó con matarme fue el mismo día en que el milkman murió. Fue muerto por uno de los escuadrones de asesinos del Estado y a mí no me importó la muerte de ese hombre. Pero a otros sí les importó”, porque los rumores decían que ella había tenido un affaire con él, del que se habló mucho por la diferencia de edades. Que era inapropiado, porque él era casado y la culpa de todo la tenía ella. “Pero yo no tuve ningún affaire con el milkman”.

Este comienzo es revelador del juego de mentiras y verdades ejercido por el milkman con la complicidad del micromundo del barrio. Un sitio dominado por prejuicios, chismes y secretos tremendos. Una manipulación con la que la joven debe lidiar por una cuestión de supervivencia. Es un personaje muy inteligente, muy femenino, que siempre está al borde de sucumbir por el empuje de esa maldad del entorno (el rumor de su “relación” con el milkman lo inicia un primo y cuñado de ella, que intentó seducirla sin éxito).

Milkman, de Anna Burns, es una notable novela sobre el infierno chico en que se puede convertir una comunidad mediocre, paranoica y cerrada. Porque va a la raíz de la violencia, a sus reglas de control comunitario, a los mecanismos sordos y no explícitos para canalizar los miedos, a sus mandatos de silencio (el famoso No digas nada, título del gran libro de investigación y true crime de Patrick Radden Keefe), como también para satisfacer la misoginia de los hombres armados hacia sus propias mujeres. La joven relata estos episodios 20 años después: “la violencia era el principal mecanismo para juzgar a todos los que los rodeaban”. Era un ambiente opresivo, sustentado en reglas no escritas donde “nadie te iba a amenazar físicamente, ni iban a dirigir insultos contra tu persona, ni ibas a tener miradas amenazantes en tu cercanía, entonces, si nada estaba sucediendo, ¿cómo podías estar siendo atacado por algo que no estaba allí?”

Lecciones de poder

Hay gente fascinada por el espectáculo de la violencia. La novela El resucitador de Eoin McNamee tiene de protagonista a un paramilitar del bando opuesto al del milkman, un protestante leal a la corona de nombre Victor Kelly. De forma curiosa tiene un apellido católico, lo que siempre provocó sospechas entre sus pares. Es un hombre capaz de ver el lado artístico de la violencia, e imitar el caminar y la mirada torva de los gángsters de las películas de John Dillinger. Sus víctimas aparecen arrodilladas, como suplicando, y con abundantes cortes de cuchillo en el cuerpo. Son muertos que se suman como muchos otros hasta que empiezan a mostrar una perversidad sospechosa. La organización paramilitar que lo ampara comienza a dudar, y se cierra el cerco policíal.

Lo notable de El resucitador es su narrativa seca y austera para describir los mecanismos íntimos de la violencia, esa cuya finalidad es someter al otro, sí o sí. Mecanismo que queda en evidencia en este párrafo del comienzo: “Victor luego se hizo amigo de Garrity y McAtee. Él les enseñó a quitarle los pases de ómnibus a los alumnos más jóvenes y luego venderlos. Victor detenía a alguno en la puerta de la escuela. McAtee lo sostenía y Garrity le pegaba. Victor lo miraba a los ojos. Era cuestión de esperar hasta que asomara en el rostro de la víctima cierta expresión. Entonces dirigía a la víctima hacia un estado de gratitud. Debía entender esa lección sobre el poder”.

La escritura remite a Cormac McCarthy. Así, el lector queda sumergido en los gestos, olores, temperaturas, vestimentas, geografías y relatos artificiales. El asesino, por ejemplo, se pone a escuchar a los predicadores protestantes, esos que “comen de forma austera, duermen sobre tablas y sueñan en monocromo”, pero también acerca el oído a los católicos y piensa: “esa puta de Roma. Tenían rituales bárbaros, y mártires atormentados por el dolor. Las paredes de las celdas del Papa estaban empapadas en la sangre de jóvenes mujeres protestantes. Los católicos eran conspiradores, herejes, traidores oportunistas”. Esto es un buen ejemplo de ese fuego llamado odio, ese que estereotipa al otro como un ser perverso, deshumanizado, que hay que aniquilar. En una pequeña ciudad llamada Belfast, definida por límites invisibles y una geografía que hay que entender muy bien para sobrevivir o matar.

Niño afeminado

La cuestión de género también es un gran disolvente de los discursos artificiales que sostienen la violencia. The Good Son de Paul McVeigh muestra los Troubles a través de los ojos de un niño que terminó la escuela y está por ingresar a secundaria. Se llama Mickey Donnelly, es muy apegado a las mujeres de su casa, muy afeminado, y por lo tanto segregado por sus pares, y ni que hablar por los “machotes” del barrio. Está acostumbrado a que le griten gay con tono hiriente. Pero no solo por eso es diferente a su entorno pobre y católico de Belfast. Es también muy inteligente, sensible y ambicioso. Quiere ser actor y bailar, quizá, como John Travolta.

Con esa materia McVeigh construyó una novela fina e hilarante, de humor fino, con un personaje muy querible, quizá de los más poderosos que ha dado la narrativa norirlandesa actual. Uno que deja todos los discursos de odio en ridículo. Discursos que tienen límites en las barricadas y muros que los separan de los barrios protestantes, o en los afiches del IRA que Mickey observa y que exigen silencio, con el rostro y una mano que le tapa la boca, y con la leyenda “Los rumores cuestan vidas”. Son lugares que pretenden estar férreamente definidos, pero que también tienen sus geografías inciertas, sus “tierras de nadie” reales (zonas que no se sabe si son protestantes o católicas). A Mickey le aterran esos limbos, la metáfora que conllevan. Es por la cuestión de su identidad sexual que aún no ha cristalizado, pues al no ser definido en el imaginario de sus pares como nena o varón, queda en una “tierra de nadie” de género. Entonces se resigna y dice: “bajo mi cabeza”. Pero no claudica.

Sobrelleva todo con un humor similar al de la serie juvenil de Netflix Derry Girls (2018, Lisa McGee). Un humor irónico. “Somos inocentes porque papá no está en el IRA. Siempre ha estado borracho”. Un padre que no lo quiere jugando en casa, para que no lo moleste, y que le ha impedido ir a un colegio secundario más prestigioso para que no le genere a él mayores incomodidades. Mickey el segregado, el aislado, el gracioso, el nene de mamá, hará jugar a su favor esas violencias sectarias para cobrarse venganza.

Fuego en el barrio

La violencia sectaria también puede tener su lado pirómano. Esa es la materia de Los incendiarios, de Jan Carson, situada en un barrio pobre protestante de Belfast 16 años después de los acuerdos conocidos como Good Friday Peace Agreement de 1998, el fin de los Troubles. La novela se ubica en 2014. Trata de las hogueras que se encienden en Belfast como parte de los rituales protestantes de conmemoración de la participación de William de Orange en la batalla de Boyne, 1690. Pero no son fuegos comunes y corrientes, son fogatas cuyas llamas pueden llegar a alcanzar diez, veinte, treinta metros de altura, y terminar incendiando casas aisladas o manzanas enteras. Los bomberos, como es lógico, no dan abasto. Las autoridades los condenan.

Los protagonistas, el ex paramilitar Sammy Agnew y el médico Jonathan Murray, ven esta realidad con disgusto y se preocupan por el futuro de sus hijos. Sammy se avergüenza de su barrio, aunque sabe que es parte de él. También sabe que “hay individuos orgullosos de decir con la cabeza bien alta: ‘Soy de aquí y a mucha honra’. Sammy piensa que son unos insensatos. Tiene miedo por sus hijos, sobre todo por su hijo. Hay cierta dureza en el chico, una dureza particular de este lugar. La dureza no es el peor rasgo que se puede tener en una ciudad tan dada a decepcionar. Pero Sammy sabe que, si se deja que fermente, la dureza engendra ira y que lo siguiente a la ira es la crueldad, y eso es lo que ve cada vez que mira a Mark: cómo esta ciudad está corrompiendo a su hijo igual que en el pasado lo corrompió a él”. En el original Jan Carson utiliza el término hardness, que Clara Ministral traduce como dureza. Los términos aspereza o rusticidad habrían sido más adecuados.

Carson explora esa compulsión por encender hogueras, o prender fuego a los autos. “Creo que hay una narrativa muy simplista en Irlanda del Norte que vincula de manera automática a las expresiones de violencia con causas políticas o religiosas” explicó la autora para esta nota. “En realidad la mayoría de las personas violentas tienen un sinnúmero de razones mezcladas por las cuales terminaron comportándose así. Puede ser síntoma de un abuso, un deseo de poder, un mandato heredado de un familiar, otras circunstancias afectivas, un lavado de cerebro...”.

Los incendiarios trata esa cuestión a través del vínculo entre Sammy y su hijo Mark. Con todas las paradojas que ello implica, pues cuando joven Sammy también hizo cosas terribles. A él y a sus amigos les encantaba, por ejemplo, quemar autos. Un día se dirigieron a una carretera a cincuenta kilómetros de Belfast, se pusieron sus balaclavas (gorros de lana negros que solo dejan ver los ojos), y comenzaron a detener autos de católicos, “porque tenían cara de católicos, olían a católicos y llevaban el asiento trasero lleno de trastos de 20 hijos”. Los amenazaban, les ponían la pistola en la cara, los niños lloraban, los hacían bajar y prendían fuego el vehículo. Debían mirar hasta que solo quedaban cenizas. Cuenta que una vez, con un reluciente BMW, se les fueron las ganas de seguir. El conductor les dijo que sí, hagan lo que quieran. Ni se inmutó cuando lo quemaron, incluso les ofreció cigarrillos. Sammy comenzó a irritarse ante tanta pasividad: el sujeto no estaba entendiendo la “lección sobre el poder”. Cuando le preguntó, éste le contestó “tengo un seguro estupendo”. Entonces lo destrozó. “Cuando acabó con él tenía la cara hecha papilla, de un color rojo en el que asomaban trozos blancos de hueso y de diente”. ¿Esa ira, hoy, ha desaparecido? “Sigue estando donde siempre ha estado. Es como hielo que está dentro de su cuerpo esperando a derretirse y, una vez en estado líquido, empezar a hervir. Hay veces que se queda despierto por la noche en la cama, al lado de su mujer, se pone la mano en el pecho y la siente latir intensamente, intentando salir”.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados