LA CARTA DE presentación del francés Daniel Pennac (abreviatura de Pennacchioni, nacido en Marruecos, 1944) suele ser que ha sido un mal alumno, un "zoquete" de mala memoria y poca disposición al estudio, como le gusta definirse. Pese (o gracias) a ello se ha convertido en profesor de literatura de enseñanza media y luego en escritor reconocido mundialmente. En ambas tareas Pennac se empeñó en abordar la situación delicada de la enseñanza en Francia, acuciada por alumnos que no se comportan bien, no leen y no aprenden, y padres, maestros y profesores que no hacen frente a ese desafío porque no saben, no quieren o el sistema no se los permite. De Francia a Uruguay, un calco.
VIVA EL RECREO. La visión y las "soluciones" de Pennac sonaron encantadoras pero poco ortodoxas o más bien poco aplicables (alguien diría utópicas). Comenzaron a filtrarse en libros para niños primero, tangencialmente en una serie cuasi negra que lo hizo vendible (la saga de la familia Malaussène, habitante de un barrio multirracial), y al final en libros como éste, Señores niños, donde la ficción y una cierta pedagogía antipedagógica caminan de la mano, aunque se pueda considerar a cabalidad una "novela".
La aclaración vale porque el libro que lo reveló se titulaba Como una novela, precisamente porque no lo era. Ese texto de 1993 escrito en un tono canchero y divertido postulaba que los adolescentes no leían porque la institución familiar y la educación formal se empeñaban en que leer fuera un deber en vez de un placer. Había que sacar los libros del estante educacional, recuperar la gratuidad de la lectura, no convertirla en una obligación moral, desnudarla de exégesis, volverla -como en la infancia- una despedida placentera de los trabajos del día. Como plan real era discutible y como novela hubiera sonado muy de tesis, pero como híbrido salía al ruedo bastante bien. No postulaba tanto un "debería ser" como un ilusionado "si fuera". Cierto que, por su masa de información pre-digerida, por sus alusiones y citas, etc., Como una novela era un libro para aquellos a quienes les gusta mucho pero mucho leer (comentario que Pennac no suscribiría, claro). Debajo de su sencilla apariencia y de sus opiniones compartibles o no, había un gran lector, uno que había salido de abajo pero "había llegado". Y venía a decirnos (en una onda mitad consejo didáctico, mitad pensamiento mágico) cómo había que hacer para gozar con la lectura. Incluso nos obsequiaba con un decálogo final con los "derechos imprescriptibles del lector" entre los que figuran el derecho a no leer, a saltarse páginas (Tolstoi, Melville, Thomas Mann, en el horno), a abandonar la lectura antes del final (olvidando el dicho popular: el que abandona no tiene premio), a leer malos libros, etc.
El asunto es que Pennac se dedicó a reforzar la idea, adornarla, exagerarla, trivializarla. De acuerdo: con humor, con sensibilidad, pero también con cierto exceso de ingenio, de "estoy de vuelta y me las sé todas". En ese plan nacieron libros como Señores niños (1997) o Mal de escuela (2007). En Mal de escuela Pennac se erige en protagonista, cuenta anécdotas de su "zoquetería", su mala memoria, su dificultad con los idiomas, con la ortografía; una red de nulidades que pudieron ponerlo en contacto incluso con la delincuencia, fenómeno atribuible no sólo a la problemática económica, a la sociedad de consumo, a los conflictos étnicos y las familias disfuncionales sino a "la soledad y la vergüenza del alumno que no comprende". Luego invierte los términos y habla desde su sitial de profesor que intenta desde la comprensión, la empatía, el humor y el amor "rescatar" a los malos alumnos. Ejemplos y más ejemplos; el libro - otro híbrido- es interesante por momentos (¿quién no se identifica con alguna situación "de clase"?), y hasta incluye de yapa la copia de un boletín escolar del escritor, del año 1954, donde el profesor de inglés, por ejemplo, anotaba que "habla mucho, pero ni una sola palabra en inglés", el de artes plásticas que "dibuja perfecto, salvo en clase" y el de educación técnica que "no ha hecho nada y ha rendido menos", entre otros. El resultado ha sido Pennac. Las moralejas pueden ser varias.
LOS DEBERES. En Señores niños (posterior a Como una novela y anterior a Mal de escuela), hace un relato de ficción pura sin salirse del tema ni del tono para arriba, desdramatizado y sensiblero de sus "ensayos". El profesor Crastaing es un viejo y solitario docente empeñado en sacar buenos a sus alumnos, pero incapaz de empatizar con ellos y un objetivo constante de sus burlas. Cuando tres de sus alumnos se autoacusan de haber realizado un dibujito infamante contra él, Crastaing los castiga con un deber cuyo tema es imaginar qué pasaría si una mañana se despiertan siendo adultos y ven que sus padres son niños. Con supremas dificultades, Igor Laforgue, Joseph Pritsky y Nourdine Kader (tres rebeldes de buen corazón y familias que van de la sobreprotección a la displicencia) se ponen a escribir esa metamorfosis -que no es poco kafkiana-, y para su eterno asombro la misma ocurre y tiene alcances insospechados. Los niños se hacen adultos y sus padres y el propio Crastaing vuelven a la infancia. Se sabe que la aventura desdeña la verosimilitud -el relato completo, incluso, está narrado por un muerto, padre de uno de los niños y ex alumno de Crastaing-, y Señores niños no la precisa, porque no deja de ser otra lección de Pennac sobre la necesidad de educar desde el amor y la humildad.
Como lección que es, está saturada de sobreentendidos, de segundas lecturas. Parece evidente que saber o poder ponerse en el lugar del otro sería una solución, pero los viajes en el tiempo, hacia atrás o adelante, son apenas literatura. O que no habría que dar por sentado que la apariencia es la realidad. Que habría que entender los distintos modos que los adultos tienen de recuperar la infancia. Que sería bueno creer que las palabras de verdad cambian el mundo (y aprender a utilizarlas). Etc. El problema es que todo esto, de por sí discutible, queda al servicio de una novela básicamente floja anunciadora de una tensión que nunca llega, llena de clisés (la buena prostituta, el buen policía, los buenos papás), con un sentimentalismo tan sobrante que empalaga.
Daniel Pennac tiene un estilo que le es funcional y no parece que vaya a abandonar. Vende bien, tanto sea escribiendo ficción sobre la multiculturalidad y marginalidad de un barrio parisino, como reflexionando sobre el microcosmos educativo. Su modalidad para entretener al lector es sencilla: un tono directo, coloquial, jamás cínico pero sí sarcástico e irónico, reproductor de diálogos creíbles, los sustente o no un contexto verosímil; una facilidad para mimetizarse con cada personaje y escribir desde su "adentro" (con la particularidad, evidente, de que en todos los personajes está o estuvo Pennac); y una voluntad de educador con credenciales que siempre tiene su gancho. El hombre sabe de lo que habla, nos decimos, sobre todo en los momentos -bastantes- en que dan ganas de tomar su decálogo del lector y aplicarlo a rajatabla, contra todas las consideraciones sobre el respeto al "Autor" y la "Obra" que hemos aprendido y tal vez -en esto Pennac se anotaría un tanto- es hora de olvidar.
SEÑORES NIÑOS, de Daniel Pennac. Mondadori, 2011. Barcelona, 234 págs. Distribuye Random House Mondadori.