LAS OBRAS del arquitecto estadounidense Steven Holl se encuentran en América del Norte, varios países europeos, China y Japón. Autor de una decena de libros, Holl es además un acuarelista virtuoso.
Se diplomó como arquitecto a los veintitrés años, en 1970, y prosiguió estudios en Italia y Gran Bretaña. Su oficina, pequeña para la importancia de sus trabajos (incluye menos de 70 personas) integró un grupo de estudios de arquitectura que presentó propuestas para la reconstrucción del World Trade Center, en Manhattan, destruido en el ataque terrorista de 2001.
Porosidad y entretejido son los tópicos de Holl. Con "porosidad" el arquitecto evoca la imagen de una esponja que absorbe sustancia del entorno; "entretejido" se refiere al concepto de "intersubjetividad" de la fenomenología de Merleau-Ponty. Su intervención en el rediseño de la sede del Departamento de Filosofía de la Universidad de Nueva York, que supuso la renovación de una vieja esquina de Manhattan, deja intacta la fachada de hierro fundido y construye una caja de escalera que atraviesa verticalmente el edificio, contenida en una piel de hierro blanco perforado, es decir, "poroso". Una porosidad metafórica que supone una ósmosis continua entre los diversos sectores académicos del Departamento. El interior del edificio está pintado de blanco, y las ventanas tienen unos cristales biselados que difractan la luz solar, de tal modo que las superficies se tiñen con las frecuencias de color del espectro visible: el edificio adquiere tonalidades que resultan de la interacción de unas condiciones externas (la luz del sol) y las condiciones materiales del edificio (los cristales y las superficies capaces de mostrar diversos colores).
Según el crítico británico Kenneth Frampton, este fenómeno conecta la práctica de Holl con la filosofía de una manera bastante literal, ya que, junto con el estadounidense Eisenman (que diseñó en París un jardín junto con el filósofo Derrida) y el suizo Zumthor, Holl forma parte de un grupo de arquitectos que los críticos incluyen en una tendencia llamada "arquitectura fenomenológica".
Apuntalamientos conceptuales. La arquitectura siempre se consideró a sí misma un arte, en parte porque tradicionalmente la acepción de la palabra arte se acercaba más a lo que ahora consideramos "diseño", "técnica" o "artesanía" que a lo que se entendió por arte desde Rafael a Warhol, o de lo que entendemos ahora, que probablemente sea algo distinto de aquellas dos concepciones.
Hasta fines del siglo XIX los diseñadores y directores de obras de arquitectura eran "ingenieros de puentes y caminos" (lo que hoy llamamos ingenieros civiles), o artistas pintores o escultores. Cuando los gobiernos municipales europeos se vieron obligados, en las dos posguerras del siglo XX, a emprender enormes planes de reconstrucción urbana, los principales destinatarios del trabajo de los arquitectos comenzaron a ser los obreros y empleados. Los imperativos de planificación urbana a gran escala, el crecimiento vertical (especialmente en las ciudades del este de Estados Unidos), el aumento del tamaño de los edificios públicos y la necesidad de acortar los tiempos de ejecución de las obras, aceleraron la proliferación de escuelas específicamente dedicadas a la arquitectura y el urbanismo. Desde entonces la elaboración de teorías de la arquitectura ha sido una preocupación incesante de los académicos.
A principios del siglo XX la arquitectura buscó legitimarse a través de la estética: los aliados naturales de los nuevos arquitectos fueron los artistas de las vanguardias, por entonces fascinados por la creciente producción industrial. Los futuristas estaban obsesionados por los motores, y el futuro Le Corbusier intentó patentar su propia escuela de pintura, el "purismo". La "organización científica del trabajo" de Taylor (algo así como la idea germinal de Tiempos modernos de Chaplin) tuvo una estrecha relación con el llamado "funcionalismo", falacia que decreta que la forma de un objeto surge de su función. Poco más que la estetización del taylorismo, el funcionalismo produjo discursos contradictorios y no pocas ideas nefastas, entre las que se puede incluir las unidades de habitación de Le Corbusier, que proliferaron como ghettos obreros en todo el mundo, o la "cocina eficiente" de la austríaca Margarete Schütte-Lihotzky, lugar de trabajo que aísla a quien prepara la comida del resto de la familia, hoy modelo dominante en la vivienda de las clases trabajadoras y medias de todo el planeta.
En la segunda posguerra la arquitectura no escapó a la furia académica estructuralista, que arrasó universidades, institutos politécnicos y escuelas de diseño en una campaña de treinta años, hasta que el mundo descubrió que podía haber una solución para el agotamiento de las novedades: bastaba agregar el prefijo "pos" a todo lo que ya se había hecho.
La posmodernidad fue testigo del romance de la arquitectura con la sociología, la antropología y la filosofía. En ocasiones, las relaciones fueron sin consentimiento mutuo. En los años 80, una exposición en el Museo de Arte Moderno de Nueva York con proyectos de Gehry, Eisenman, Koolhaas, Libeskind, Tschumi y Hadid, entre otros, titulada "Arquitectura Desconstructivista" generó una eclosión de textos delirantes que hablaban de la desconstrucción en arquitectura como si fuera un estilo (en el sentido que le dan a la palabra los historiadores del arte), que murieron de inanición en pocos semestres. Los rizomas de Deleuze y Guattari sedujeron a algunos editores de revistas especializadas, con los consecuentes contagios a las cátedras de teoría de la arquitectura de todo el mundo. Ahora es el tiempo de la fenomenología, y Holl parece ser el más indicado para relacionarla con la arquitectura.
Las ideas y las cosas. En los edificios de Holl hay un fuerte contraste discursivo entre el interior y el exterior. Frecuentemente sus obras son cajas prismáticas de formas muy simples, que Holl convierte en interiores llenos de huecos orgánicos, atravesados por entradas de luz y aire que violan la geometría y reclaman la presencia del entorno.
Como pocos arquitectos de las últimas décadas, Holl pone en marcha, en diseños de gran belleza y rigor, correspondencias con un pensamiento abarcador que supone concepciones fuertes sobre la urbanidad. Es decir, sobre los modos de respeto mutuo en la interacción humana en la ciudad, y no tanto acerca del urbanismo, hipotética ciencia autónoma relacionada al diseño de ciudades. La intersubjetividad que Holl toma de su lectura de la Fenomenología de la percepción de Merleau-Ponty, se refiere al diálogo que el edificio permite que los usuarios tengan con el sitio y entre ellos. Es bien diferente al diálogo entre el edificio y el entorno que se encuentra en los maestros de las vanguardias y de algunos arquitectos actuales, ensimismados en el carácter de cosa, de obra de autor, que son sus construcciones, limitado a un juego de funciones y apariencias. Algunos edificios espectaculares son impositivos, aunque sean al mismo tiempo admirables desde el punto de vista de la composición: el museo Guggenheim de Bilbao, de Frank Gehry, sigue la idea de espectacularidad fría y arrogante del museo Guggenheim de Nueva York, de Frank Lloyd Wright.
En Holl, de forma explícita la idea de intersubjetividad aparece en las conexiones entre los bloques de su Linked Hybrid, un conjunto de 750 apartamentos en Beijing, que aprovecha la energía geotérmica para el acondicionamiento del conjunto, y que se compone de espacios verdes públicos, zonas comerciales, cinemateca, jardín de infantes, escuela Montessori y estacionamiento subterráneo. Holl emplea una alta tecnología constructiva que apenas se ve, como los puentes entre los edificios donde se encuentra una piscina comunitaria. Las conexiones entre los bloques de habitación adquieren su sentido porque permiten albergar actividades en común, y no sólo como meros conectores.
La invisibilidad de la potencia tecnológica actual, y unas formulaciones que recuerdan la pureza geométrica de los maestros de las vanguardias, parecen indicar que Holl da prioridad a los usuarios de sus edificios antes que a la estridencia espectacular de la megaconstrucción. La elección de un marco teórico como la fenomenología, especialmente aquella corriente que hace del cuerpo el centro de su reflexión, lo confirma como uno de los arquitectos mejor provistos de ideas de la actualidad.
STEVEN HOLL ARCHITECT, de Kenneth Frampton. Coordinación Editorial: Giovanna Crespi. Electa, Milán, 2007. Distribuye Océano. 416 págs.