Correspondencia Levrero-Gandolfo

Una amistad creativa

Nueva mirada al vínculo entre el escritor uruguayo y el rosarino Francisco Gandolfo.

Mario Levrero, Francisco Gandolfo.
Mario Levrero, Francisco Gandolfo

OSVALDO Aguirre ha trabajado, en los últimos años, con el archivo de Francisco Gandolfo: ha editado su poesía, un libro con su correspondencia con varios escritores (2011) y reunió las cartas que el rosarino intercambió con Mario Levrero entre 1970 y 1986. Francisco Gandolfo (1921-2008), radicado en Rosario desde 1948, poeta, imprentero, editor, fundó y dirigió junto a su hijo Elvio la revista El lagrimal trifurca (1968-1976). Lector y difusor de poetas en esta revista y en la colección de poesía El Búho Encantado, comenzó a publicar en la madurez. Mario Levrero (1940-2004), uno de los grandes escritores que ha dado el Uruguay, era, al comenzar esta correspondencia, el autor de "Gelatina" (1968). Esta narración fue el motivo de acercamiento con los Gandolfo, pues Elvio la reseñó en El lagrimal trifurca e invitó después a Levrero a Rosario quien, en 1969, vivió tres meses en la casa de Francisco. Las cartas surgen a partir de ese encuentro y de la amistad cultivada entre Francisco Gandolfo y Levrero, en la que está siempre presente (nombrado, evocado, utilizado como correo) Elvio Gandolfo, también escritor y periodista.

Además de aportar información valiosa, la correspondencia entre escritores puede proporcionar una experiencia singular en tanto el intercambio sea capaz de generar una perspectiva, una sensibilidad, una forma de la emoción específica. Quien lea las cartas de Francisco Gandolfo y Mario Levrero tendrá la posibilidad de acercarse a una expresión particularmente concentrada de pasión por la literatura. En estas cartas las circunstancias del mundo se encuentran ladeadas, apenas referidas o subordinadas a la obsesión de crear. Entre los dos se piden y se entregan consejos, se relatan lecturas, se cuentan entusiasmos, frustraciones, dudas, encrucijadas. Lo que está en juego es el "alma", es decir, la literatura. El asunto es trascendente aunque se plantee con bromas, ironías y en un lenguaje libre y fraterno. La correspondencia comienza antes y atraviesa la dictadura uruguaya (1973-1985): esto podría explicar las casi nulas referencias políticas, pero más allá de la censura, el despojamiento responde a una idea de la escritura. Levrero manifiesta una conocida desconfianza hacia las intromisiones de lo social y político en el terreno del arte. Menos Marx y más Eros es su repetida consigna.

Durante los años que dura el intercambio, un Levrero conocido de muy pocos escribe algunas de las obras fundamentales del mundo literario que lo llevó a ser el escritor imprescindible que es en la actualidad. De los dos, Francisco Gandolfo es el que más se expone, es el que manda los textos a Levrero, pide juicios, informa sobre los procesos de edición y divulgación de sus libros. A Levrero corresponde fundamentalmente el papel de lector. Es una labor que realiza con esmero y generosidad. Suele desdoblarse para ofrecer una interpretación que trasmita la empatía ante los textos del amigo y al mismo tiempo le permita realizar una crítica sincera, sin contemplaciones. Ambos entienden que el arte tiene efecto sobre las personas: sobre quienes lo realizan y quienes lo reciben. De distintas maneras, con importantes cuotas de ironía, se acepta la idea de la literatura como terapia, como posible liberación interior, como búsqueda espiritual. Al mismo tiempo, piensan que el poeta no lo es solo por su obra sino por "tener conducta de poesía". Esto se conjuga con la convicción, muy definida sobre todo en Levrero, de que la obra es distinta a la vida y al que la escribe. Ese juego, ese espacio ambiguo entre vida y literatura se plantea en Levrero a través del desdoblamiento expresado, en parte, en los seudónimos: hay un escritor que habita a Jorge Varlotta. En espejo, hay también un lector que lo habita y este libro proporciona una oportunidad muy valiosa para conocerlo.

MARIO LEVRERO, FRANCISCO GANDOLFO. CORRESPONDENCIA. Edición de Osvaldo Aguirre. Iván Rosado, 2015. Rosario, 213 págs. Aún sin distribución en Uruguay.

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