Amantes de las palabras

Sebastián Maurente Girelli

"CONSIDERO la Filología como un aborto engendrado en la diosa Filosofía por un idiota o un cretino", le confió el filólogo arrepentido Friedrich Nietzsche a su amigo Paul Deussen, en una carta remitida desde Leipzig el 20 de octubre de 1868. Tan afrentosa cláusula ha perdurado ilesa de desagravio desde su formulación, salvo que hubiera existido alguno, pero aquejado del anonimato de una ocupación obviada en las páginas de profesionales de la guía (la edición más reciente omite la mediación de la letra F de filólogos y filósofos entre la E de Escribanos y la I de Ingenieros), y apenas conocida de nombre por la mayoría de los docentes y estudiantes universitarios de literatura. Si hubo un desagravio, debe estimarse individual, o a lo sumo no más colectivo que la asociación provisoria de dos o tres firmantes: la escasez de filólogos impide la congregación de una patota intelectual tan escandalosa como aquellas en que se aúnan los abogados, los médicos y demás gremios insospechables de alguna imperfección.

Más imparcial y técnica que la de Nietzsche, la definición del Diccionario de la Real Academia reporta que la filología "estudia una cultura tal como se manifiesta en su lengua y en su literatura, principalmente a través de los textos escritos", y antepone a esa noticia la etimología del término. Una definición más ceñida al sentido de las dos palabras griegas que lo integran —una definición más filológica— acaso consuele del desencanto de Nietzsche: phílos (amante) y logos (palabra, entre otras acepciones tan variadas que incluso una designa a Cristo) significan en vecindad amor por la palabra. El hombre ha malogrado la destreza de poner nombres poéticos: en épocas no tan afanosas de un vocabulario descriptivo, los redactores de diccionarios se habrían conformado con esa hermosa etimología y no la habrían degradado de significado principal a apunte entre paréntesis.

Conocer la composición verbal de filología intima a compadecerse de la tragedia de Nietzsche, antes que a enfadarse por su desplante: su correspondencia, mucho más útil para reconstruir su historia clínica que su historia íntima, no abunda en renglones tan personales como la confesión del desamor más temprano de su vida infortunada.

HIJOS DEL LATÍN. Quizá Nietzsche jamás habría desertado de la carrera si hubiera nacido hablando castellano u otra lengua romance, por esencia y por historia mucho más afines que el alemán a las dos lenguas de la filología tradicional: el griego y el latín. El vocabulario del alemán tiende a remontarse a lenguas germánicas; el del español, al latín, y a través suyo al griego, si bien atempera ese contraste la ventaja de que el alemán conserva un sistema de declinaciones parecido al del griego y el latín. Quizá por el trabajo suplementario de compensar aquella lejanía, los alemanes han proveído a muchos de los filólogos más capaces, entre ellos los compiladores del Thesaurus Linguae Latinae, una lista de ubicaciones de cada palabra del latín en todos los textos que se escribieron en esa lengua hasta el siglo VI d. C.

La filiación latina del castellano ha recogido en los siglos un consenso incontrovertible hasta para los etimólogos más aficionados al árabe, quizá la lengua con más derecho, luego del latín, a presumir de influencia en la conformación de nuestro léxico. Más que sumar otro repertorio de palabras de origen árabe que empiecen con al, quizá prospere atenerse al que ya declaró Don Quijote (II, 67) y reseñar en cambio algunas que conllevan ese principio engañoso, pero provienen de muy distinta raigambre: alabastro, alambre, alarma, alguno, aliento, almendra, almorrana (un arabismo irreprochable al oído), almorzar (una inclusión errónea que los comentaristas no se distraen de corregirle a Don Quijote), alto, alumno, alzar.

El latinismo crónico del castellano acarrea implícito el aporte del griego, no siempre voluntario para los propios griegos, sobre cuya lengua ejercieron los romanos una rapacidad pareja a la de sus arrebatos materiales. Tampoco para algunos de los más insignes entre los mismos romanos, a veces desatentos a la indignidad de que su nobleza más acrisolada se hiciera enseñar la lengua de sus esclavos: Plinio el Viejo (23-79 d. C), nuestro más documentado corresponsal en la Antigüedad, transcribe la prevención que Marco Porcio Catón el Censor (234-149 a. C) le encareció a su hijo homónimo en contra de la proliferación de helenismos en el latín patrio: "Yo diré destos griegos en su lugar, Marco hijo, lo que he procurado inquirir en Atenas, y que sea bueno mirar y ver sus letras, pero no aprenderlas. (...) En qualquiera tiempo que esta gente comunicare sus letras corromperá todas las cosas..." (Historia Natural, XXIX, 1. Se ha preservado la ortografía contemporánea al traductor Gerónimo de Huerta). En verdad, la lengua griega puede contarse entre las muchas cosas que los romanos quitaron a los griegos y mejoraron a su manera.

Cuantiosos hebraísmos, sobre todo nombres propios, también acudieron al castellano por la mediación del latín, o de dos registros del latín bastante diferentes: el heterogéneo de la Vetus Latina, simplificación en singular de una pluralidad de tempranas y parciales versiones de la Biblia en latín, y el mucho más decisivo de San Jerónimo (345-419 d. C), el traductor y comentarista único de todos los libros a partir de las lenguas originales de escritura. Para el Nuevo Testamento, usó los ejemplares griegos a irrestricta disposición en las bibliotecas cristianas, y para el Viejo, los volúmenes en hebreo y arameo que un amigo judío sacaba en secreto de su sinagoga y le prestaba durante el rato justo para copiarlos.

DOS LENGUAS ETERNAS. Como toda lengua, y en especial como una de conquistadores, el latín se constituyó a retazos y remiendos de otras, importó tecnicismos y violentó la fonética de palabras forasteras para poder expresar conceptos novedosos, que hubieran persistido indecibles o se hubieran desvirtuado de haberlos asimilado a la fuerza a términos castizos. Hasta su definitiva dispersión en la Edad Media, cobijó palabras que venían disparándole a la desbandada de sus idiomas respectivos, por lo general simultánea a la de los pueblos que los hablaban, y les concedió un asilo duradero en las vastas tierras donde se oyó el latín y en las vastísimas donde hoy se oyen las lenguas derivadas. El ejemplo de una palabra muy común socorrerá la generalidad de esa afirmación: la palabra castellana cuerpo remite a la latina corpus, todavía invulnerable a los eruditos empeños de los filólogos en asegurar su procedencia remota. En tanto perseveren en su perplejidad, no se sabrá si cuando la decimos resuena —tan lejos y tanto tiempo después— un resto del etrusco o del sabino, un conjuro de los druidas o una valentonada de los fieros germanos.

El latín no confiere sus mercedes sólo a los que se aventuran a aprenderlo: además del regocijo exclusivo para filólogos de documentar la estirpe agrícola de los más relamidos cultismos del castellano, apareja el provecho más extendido de que los hablantes de las lenguas romances puedan a veces entenderse entre sí, ayudados siempre de una gesticulación apropiada, en un cocoliche semejante al del hermano Salvatore de El nombre de la rosa, o al de los alemanes con los que Sancho Panza departió a su regreso de la ínsula Barataria (Don Quijote de la Mancha, II, 54).

Aun ese uso no ha estimulado una restitución cabal de las lenguas clásicas a los cursos de letras, casi inaccesibles para ellas desde que impera entre profesores de literatura un criterio de la antropología: alojar en la definición de cultura las simplezas expresivas que el significado más tradicional del término habría descartado, y dispensarles el mismo valimiento y trato que a las obras canónicas. La predominancia de los libros banales sobre los sustanciosos, y de los recientes sobre los antiguos, esclarece por qué la igualdad auspició una preferencia lectiva tan hostil al latín y al griego, y por qué hoy urge valorar la relevancia imperecedera de ambas lenguas: el hombre empezó a pensar en griego, y siguió pensando y escribiendo en latín durante no menos de doce siglos.

Sólo una certidumbre confortará a los filólogos en su desamparo: no se puede rematar lenguas muertas.

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