Fernando García
(desde Buenos Aires)
PARA EXPLICAR las tres horas y media que duró la performance debut de George Clinton y su legendaria anarco-orquesta Parliament Funkadelic en La Trastienda de Buenos Aires debería directamente inventarse todo un nuevo conjunto de palabras.
Así, cuando se repasan las fotografías que envía la productora para ilustrar esta crónica cuesta encontrar un camino racional para describir lo que ese instante congela. Más aún, cada una de las ideas que persiguen el sentido de esas imágenes caen en las arenas movedizas del lugar común o, peor, vienen a revelar la inutilidad de la palabra en situaciones en las que la experiencia sensorial ha sido vitalmente desbordada como sucedió en la larga noche de La Trastienda.
Lo mejor que puede hacerse entonces con esas fotos que, de algún modo, vienen a reponer el tiempo perdido -hay que saber que esos instantes no volverán y de eso se trata la experiencia George Clinton: de recordarnos con cuánta intensidad menos nos hemos acostumbrado a vivir- es detenerse en cada uno de los personajes que la habitan. Están ahí como transeúntes alucinados en una composición casi pictórica que entremezcla las maneras de un recital de rock, las de una misa negra (esto dicho sin ninguna connotación satánica), las de un espectáculo de catch y hasta las de un estrambótico ritual evangélico.
UN PATRÓN PSICODÉLICO. En el centro de todo está el reverendo George Clinton, nacido hace casi sesenta y nueve años en Kannapolis, una pequeña ciudad de Carolina del Norte (el recomendable sitio All Music Guide dice que ningún otro artista conocido surgió de Kannapolis). Clinton se ve como un Ray Charles convertido al culto rastafari: usa enormes lentes oscuros y lo que reconoceríamos como pelo es aquí un surtido multicolor de dreadlocks (del azul lavanda a un naranja zanahoria radioactivo) cuya consistencia pasaría por lana. Decididamente lo que hay en la cabeza de Clinton es una fantasía, un ornamento tribal de viejo patrón psicodélico.
El viejo patrón psicodélico aparece casi cuarenta minutos después que el resto -cuando por lo menos hemos creído en tres posibles Clintons antes de ver al auténtico- tomando el lugar de un rey soul director de orquesta curandero. Con unas contadas intervenciones vocales -lo suyo es golpear el micrófono para acentuar el groove y graznar- es capaz de marcar matices con gestualidades poco ortodoxas. Toda la banda puede subir y bajar de pitch (tonalidad) a un movimiento suyo como si fuera un enorme animal amaestrado. Clinton se llama a sí mismo "referí" pero al verlo rotar cuarenta y cinco grados sobre el centro del escenario moviendo sus brazos enormes se asemeja más a un director de tránsito poniendo supuesto orden a un maravilloso caos que besa permanentemente las orillas del éxtasis.
Delirio coreográfico. Veamos de quiénes se rodea Clinton en el instante que el fotógrafo ha eternizado. A la derecha del padre hay un negrazo en pañales (sí: ¡pa-ña-les!) que, por momentos, asume el lugar central tomando a cargo las partes más souleadas del repertorio. A la izquierda, una circunspecta mujer con una remera de Hendrix (hay algo inexplicable en ella que recuerda un poco a la actriz Graciela Borges) sostiene la base rítmica abstraída del delirio que la rodea. Fuera de cuadro va y viene la veintena de músicos, coristas y bailarines que se alternan en el escenario apretándose en la disposición coreográfica de un vagón de subte en hora pico.
A nadie le importará demasiado saber con cuántos miembros originales (más allá de Clinton) cuenta esta anarco-orquesta que puede llegar a sumar hasta cinco guitarristas en vivo. Nacida de la fusión de dos grupos, la Parliament Funkadelic cruzó en su momento la psicodelia negra de Hendrix y el soul power de Sly Stone con la estética de la politización radical de los Panteras Negras. El aquelarre de Clinton hizo base en Detroit hacia la misma época que MC5 y The Stooges y se impregnó de ese rock & roll psicópata para dar una lectura metalizada del funk que James Brown había venido desarrollando desde mitad de los 60. Lo que queda es el destello de una supernova radiante que alcanza para hipnotizar a un público snob que acaso esperaba una exhibición gimnástica de musculatura funk y se encontró con una suerte de ambulante comunidad multi-orgásmica que al menos durante dos de las tres horas y media de performance parecía no tener techo para el clímax.
Rescatado por los Chili Peppers (fue el productor del proteico "Freaky Styley" que marcó el advenimiento del funk metálico en los 90) y el hip hop menos ortodoxo, la figura de Clinton viene a exponer en vida el espíritu de una década que, mal o bien, se lanzó al vacío: los 70. En el escenario, la Parliament Funkadelic teatraliza la autosuficiencia de una comuna alternativa capaz de contagiar un modo de vida. El rock, el funk, el soul son aquí las llaves que abren una comprensión diferente del tiempo y el espacio. En cuarenta minutos apenas si repasaron dos temas, versiones irreconocibles de clásicos estiradas en el goce y la perversión.
LIBERAR MENTE Y TRASERO. Es que la Parliament Funkadelic explota el groove con el esmero de un amante furtivo: el público, el lugar donde están tocando, ocuparán el espacio simbólico de un sexo al que se acaricia hasta que se pierda en su propio delirio amoroso. En síntesis: esta megabanda le hace el amor a su público. Y lo introduce sin prólogo en su política del éxtasis: "Free your mind and your ass will follow" (libera tu mente y tu trasero te seguirá, tal es la proclama del segundo disco de Funkadelic). Se trata de acabar extasiado al punto de querer que se vayan, que nos dejen volver en sí y recuperar un cuerpo individual que se ha perdido en otro, colectivo y ritualizado.
Para cuando Clinton pronuncie la famosa frase, el público estará regresando del proceso inverso. Ha movido lo suficiente el cuerpo como para que la mente se pierda siguiendo esa alucinación musical que bascula frente a sus ojos. Vendrá entonces como descanso el largo solo de guitarra de "Maggot Brain", sin el notable Eddie Hazzel pero con un insólito instrumentista que jamás se sale de su disfraz: una careta de guerrero maorí y una peluca de payaso harto voluminosa. El solo se lleva casi veinticinco minutos y poco tiene que ver con esos bodrios autocomplacientes del rock de estadios. Aquí los sobreagudos se viven con la concentración de una sesión de acupuntura y si Clinton decidió que dure eso será por algo: mejor cerrar los ojos y abandonarse al feedback. A la versión 09 de "Maggot Brain" no le sobra ni medio minuto, es un color puro: un momento del viaje que habrá que atravesar para llegar al último retén de la expedición Clinton.
Mary Griffin es el otro nombre que la crónica decide salvar. Una negra divina que Clinton elige sacrificar en la noche ritual a través de un blues cavernoso que se va muriendo junto a ella, subiendo y bajando en cada gemido, respiración y grito (grito primal). Hasta son capaces de representar desde la música -con una combustión de blues informe- el extático momento en el que la Griffin se tuerce sobre el escenario abierta como una perfecta tijera.
Se trata de la representación del síntoma de la histeria en un acto de cabaret pos psicodélico que viene a simbolizar todo lo que Parliament Funkadelic hizo en una noche memorable. Un grupo decidido a gozar amorosamente de su público y un público gozado, que hizo lo que pudo con semejante murga enfrente.