Entrevista a la crítica

Alicia Torres, o el arte de leer y descubrir

"Los escritores creen que los críticos son unos parásitos" dice la crítica Alicia Torres, mientras repasa los pormenores de su carrera y el complejo mundo actual.

Alicia Torres
Alicia Torres por Ombù

Una de las bibliotecas de Alicia Torres (Montevideo, 1952), ocupa una pared entera en su comedor. Especificar las medidas no puedo, pero es tan alta y larga que da esplendor. Luego de retirarse de la docencia parece no dar respiro a sus actividades. Ejerce la crítica periodística en el semanario Brecha y es investigadora asociada de la Biblioteca Nacional. Junto a Ana Inés Larre Borges publicaron el libro álbum Marosa (2019).

—¿Cómo llevás el encierro de la pandemia?
—La llevo bastante bien. Vergüenza me daría quejarme o enojarme por la situación, cuando hay tantos uruguayos —y ciudadanos en el mundo— que carecen de saneamiento, de trabajo y alimentos. Porque la pandemia pone de manifiesto, antes que nada, el alcance de las desigualdades sociales.

—Desde tu rol como periodista, ¿qué impacto ves en el ámbito cultural?
—La cuarentena dejó a un porcentaje muy elevado de trabajadores de la cultura y de la prensa sin ingresos o con pérdida parcial de los mismos. Sin protección del Estado, y ante la indiferencia de los grandes capitales, parece muy difícil. Creo que el impacto empeorará. Es imposible adivinar cómo se sobrevive a una peste, escapar del laberinto, hallar la brújula que nos oriente cuando despunte la nueva normalidad. Pensar en el futuro y generar expectativas me deja muda e inmóvil.

—¿Tu actividad laboral se vio afectada?
—No he dejado de trabajar. También estoy leyendo a distintos intelectuales que, en diversos puntos del planeta, discuten sobre el fenómeno de la pandemia: Yuval Harari, Markus Gabriel, Byung Chul-Han, Paul Preciado, Beatriz Sarlo, Agamben, Zizek. Sus hipótesis y teorías configuran un territorio explosivo y en disputa.

El armado del canon

—Hablando de escribir y de territorios en disputa, ¿cuáles fueron los primeros lugares donde escribiste?
—En Brecha empecé a escribir en 1992 y nunca paré, pero sin aspirar a nada alto. También escribí en Cuadernos de Marcha, por invitación de María Angélica Petit. Colaboré dos años en el suplemento “Culturas” que salía los domingos en El Observador y que coordinaba Amir Hamed. Con él tuve una relación de amistad extraña, como era él. Lo apreciaba mucho y creo que su obra es muy valiosa.

—Ha sido postergada su lectura.
—Sí, falta todavía. Bueno, como faltó para Marosa y para Levrero. No sé si a Amir le va a tocar.

—Tal vez porque aún no apareció una Alicia Torres que diga: “che, este tipo importa”.
—Ese es otro rol importante que creo que la crítica tiene, ya sea académica o periodística, y es el armado del canon. A esta altura, más que la academia, es la crítica periodística la que va dando pautas.

—Sí, está cambiando, sino todo se queda en la Facultad de Humanidades.
—Claro. Fijate que la crítica académica es un ejercicio de análisis, de estudio, de reflexión sobre la literatura, pero la crítica periodística va por otro lado. No le llamo tanto “periodismo cultural” porque es ambiguo ese concepto.

—Como un híbrido.
—Sí, después estuve en la revista Graffiti que sacaba Horacio Verzi. Tuve espacios en radio y televisión sobre libros. Eso me encantó. Y un espacio en la CX 44 los domingos de mañana. Lo dirigía Gloria Levi, que era crítica teatral y yo hablaba sobre literatura. También estuve en Canal 5 con un ciclo de entrevistas a escritores. Ahí llevé a Enrique Fierro. Creo que fue su última entrevista luego de venir de EE.UU. Hablar de estas cosas es como... cuántos años, cuánta vida. Todo cambia, las miradas cambian, la cultura cambia. Quién te iba a decir que hace no sé cuántas décadas en este país las bellas letras o la alta cultura, iban a tener un camino paralelo al de la cultura popular, y más concretamente desde el periodismo cultural. Yo no lo transito, pero me parece bien que se haga.

—¿Por el lado de cubrir la novedad?
—A mí me interesa mucho cubrir lo nuevo, que no es lo mismo. La novedad la cubren las páginas de espectáculos o entretenimiento, y muchas veces la gente confunde eso. La falta de rigor que hay allí, donde lo que se hace es poner adelante la figura del escritor, deja a la obra muy atrás.

—Pero, ¿quiénes tienen las herramientas para analizar la obra? Impera el juicio de gusto por sobre el juicio estético, en función de la recomendación. Y si todo se recomienda, ¿no hay obras malas?
—Sí, claro. También hay que pelear todo el tiempo contra las campañas de marketing de empresas poderosas de libros que están todo el tiempo encima de las librerías o en las redes, promocionando cosas que realmente no tienen ningún valor, ni estético ni histórico. Es un problema eterno.

—De nunca acabar.
—Si miramos con nostalgia el pasado, nos paraliza. Pero por ejemplo, en el año 68 (era una niña, jaja), hubo dos emprendimientos editoriales magníficos, que fueron Capítulo Oriental y Enciclopedia Uruguaya. Estaba Real de Azúa, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal. Lo que querían hacer, en última instancia, (no lo decían pero uno se da cuenta) era formar el gusto del público.

—Exacto. Tal vez la merma de lectores críticos se debe a que no reciben esa curaduría.
—Había una avidez por el rigor. Tampoco podemos decir que el pasado era mejor y que lo demás es horrible. Tenemos que seguir haciendo un caminito de hormigas. El problema es hasta qué punto hay que transar con los haraganes que no quieren romperse la cabeza para entender esos libros o notas sobre los libros. En las páginas de Marcha te daban un panorama literario internacional y también del pequeño mundo nacional, y los lectores tenían que subir el nivel, lo cual producía cierta tensión entre el rigor y la masificación. Acá no sé si se plantea.

—La figura del crítico se desacreditó.
—Exacto.

—Tal vez se está perdiendo el valor de ese trabajo intelectual.
—Sí. Esta es una sociedad muy chica además, todos nos conocemos. Si no comentás un libro, te culpan porque no lo comentás, y si lo comentás y ponés algún “pero” o marcás desaciertos o fallas, te critican por eso. Lo toman todo personal, cuando no lo es. La persona es una y el escritor es una construcción, lo mismo que su literatura. Pero eso no se entiende.

—También la gente es muy susceptible a la crítica, ¿no?
—Sí. Muy. Pero es entendible, todos tenemos nuestro ego. Yo trato de no meterme con obras que no me interesan o gustan. Alguna vez lo hice y no me sentí cómoda. Es un tema complicado.

—¿Pero qué tanto influye hoy la opinión de fulano de tal sobre tal libro?
—Nada.

—Exacto.
—Para algunas personas sigue siendo importante la opinión calificada, pero para otras no. Igual no sé bien qué es lo que le importa a la gente. ¿De qué gente hablamos? ¿De los viejos lectores que siguen una tradición y les importa la crítica, o de los jóvenes?

—Es un buen punto. Más que medios, se sigue a personas.
—Sí. Muchos medios de prensa del mundo tienen algunos críticos senior, pero pueden quedarse atrás también. Ojalá me dé cuenta si algún día me pasa y pueda retirarme a tiempo.

—Jaja. Hay cosas que las hacés de taco.
—No de taco. La lectura sí, porque leo muy rápido y pienso muy rápido. Pero la escritura no, porque estoy emitiendo opinión y quiero que tenga un valor, que mi escritura no sea plana, que sea un texto literario que hable de otro texto literario. Porque la crítica, de alguna manera, es un texto producido con códigos, con reglas (no lo es siempre, ya lo sé). Los escritores piensan que los críticos son unos parásitos que viven de su obra, pero ellos tampoco pueden vivir sin los críticos. O al menos no podían.

—Pero si los creadores se confían en que todo lo que hacen es genial, tenés malos creadores, porque no hay autocrítica.
—Claro, es verdad. Yo he sido una cantidad innumerable de veces jurado de concursos literarios, públicos y privados. Casi nunca en tantos años de lectura de originales, algo me deslumbró. Alguna vez sí, por ejemplo El señor Fischer, de Ana Solari, que fue una novela que me fascinó. Fijate que un editor como Heber Raviolo, que estuvo años publicando libros de otros autores, en una de las últimas entrevistas le preguntaron si había algo que lamentaba, o algo así, y dijo: “sí, lo único que lamento es que nunca descubrí al gran escritor”.

—Tremendo.
—Terrible, porque él sacó del ostracismo a Morosoli, republicó a Anderssen Banchero y a tantos otros, y no pudo encontrar eso. Una pena, hizo un gran trabajo.

Los talleres literarios

—¿Alguien que te haya deslumbrado?
—En nuestra medianía, y sacando algunos nombres, te digo Gustavo Espinosa. Es un tipo que me parece absolutamente interesante. En determinado momento me puse a seguir a autores jóvenes que empezaron a publicar entre 2007 y 2009 y que hoy rondan los cuarenta años. Pero ahora hay una camada de veinteañeros que no la estoy siguiendo. Me quedé un poco, salvo por los concursos, y en ellos muchas cosas son horrendas. ¿Sabés qué pasa? Creo que en este país todo el mundo quiere ser escritor.

—¿Te parece?
—Todo el mundo escribe y piensa que por eso es bueno en lo que hace. A mí me parece genial que todo el mundo escriba, pero no que pretenda ser reconocido por su genialidad. Es algo que antes me pasaba con los talleres literarios. ¿Hasta qué punto la obra de un escritor que sale de un taller literario, no está trabajada por los directores de esos talleres?

—Está bueno el planteo.
—Que la gente vaya a talleres literarios me parece muy bien, pero después, ojo con los libros... Todo es problemático. Luego me resigné. Me van a odiar.

—Y otros te van a amar. Además, sos la mujer maravilla de los prólogos.
—No sé si eso es bueno o malo.

—Es buenísimo. Tenés la horma exacta y además presentaste a varias generaciones a través de ellos: Martín Bentancor, Matías Núñez, Richard Dutra, Henry Trujillo, Gabriela Onetto y más.
—Sí, hay uno de Rafael Mandressi también. Una novelita muy linda.

—Hiciste el del libro de Sofía Rosa sobre María Inés Silva Vila.
—Ah, es cierto.

—No te acordás, jaja.
—La verdad que no.

—Según mi rastreo, en un momento metías un prólogo por año. En 2013 rompiste récord: Gustavo Espinosa, Rodolfo Santullo, Mario Delgado Aparaín y Martín Bentancor. No sé cómo hiciste.
—No me acuerdo, jaja.

—El prólogo es un espacio cada vez más prescindible para el lector común. ¿Sentís que el rol del crítico hoy está restringido a esa carilla puntual?
—Las páginas literarias todavía existen. Algunas con menos espacio, sí, otras como suplemento o anexo. Ahí entra el tema de la financiación de los medios de prensa. No sé, no me atrevería a decir, porque no tengo datos estadísticos concretos. A veces pienso como vos, que a la gente no le interesa la crítica literaria en los medios pero después, por otro lado, acá y allá me encuentro con gente que me dice “te leí”, o sea que hay gente que sí lo hace. Hay más que no lo hace, pero hay algunos que lo hacen y les es útil. Entonces me parece que vale la pena dar la batalla por esa gente, y captar a los otros. También pueden ser épocas. Ojalá.

—El capital simbólico que tiene el insumo crítico se ha devaluado. Tal vez eso genere la necesidad de una nueva crítica más adelante.
—No me atrevo a ser tan categórica —aunque tal vez tengas razón—, porque me parece que generalizar es peligroso.

—Comparto.
—Vos conocés un sector, yo conozco otro, y algunos los tenemos en común, pero otra gente no. Hay muchos lectores y no creo que estén desapareciendo tampoco. Es una figura que ha mutado mucho en la historia. Fijate, ¿cuántos talleristas, directores de talleres, críticos y periodistas hay? Yo por ejemplo no tengo redes, no las uso. No lo rechazo, simplemente no tengo tiempo para eso. La crítica literaria tiene un origen tan viejo como los griegos. Uno de los primeros en ejercerla fue Dionisio de Halicarnaso, que era estilista y allí arrancó todo.

—Los griegos hablaban de todo.
—Sí, y no tenían redes.

—Jaja, no.
—Solo las que los pescadores tiraban en el Mediterráneo.

Alicia Torres
Alicia Torres

Las tensiones que genera la crítica

“¿Qué hace un crítico en realidad? Desprivatiza un acto íntimo con la lectura de un libro. Te metés en el medio entre el autor y el lector, y hacés comentarios en voz alta. Y eso a la vez se quiere y por otro lado se rechaza. Son tensiones que existen”.

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