Terminado el revuelo que causó el recital organizado por la Intendencia de Montevideo para celebrar el mes de la mujer, sería bueno indagar un poco más a fondo sobre su real necesidad y los motivos que la impulsaron.
Anunciados los detalles de la fiesta, el oficialismo cuestionó el caché de dos artistas y, junto con el senador Sánchez de la oposición, los críticos imaginaron otros destinos para ese dinero. Ese fue un primer error de apreciación: si a la señora intendenta no se le había movido una pestaña cuando impulsó desde otro cargo, contra viento y marea y el Tribunal de Cuentas, un gasto de 90,5 millones de dólares para el Antel Arena, lo de este evento era un vuelto para ella. Antes, el agasajo partidario a Lula organizado por la alcaldía -como la llamaba Wilson- había sido una propina. Criticar esos gastos es desconocer el formidable empeño de la ingeniera Cosse para llevar adelante sus iniciativas sin preocuparse por lo que cuestan y quien paga. Tal vez debamos agradecerle que no intentara contratar a Lady Gaga, que quien sabe lo que habría salido.
Después, la especulación vino por el lado de la venta de entradas, cuya cifra, en la mañana del evento, no llegaba a un tercio de la asistencia calculada. Había una ecuación en juego: vendiendo tantas entradas y contabilizando el ingreso por los sponsors, el festejo se pagaba solo, como explicó la ingeniera en conferencia de prensa. Ese argumento pareció debilitar la estrategia de los críticos del evento, pero en los hechos, poco importó. Finalmente se vendió la mitad de las localidades y el recital fue, con horario cambiado por el mal tiempo y una multitud disfrutándolo. Y Lali y Daniela se la llevaron toda, o casi toda, enterados de lo que cobraron las artistas locales.
Las preguntas correctas al respecto de lo que pasó deben ser otras, pero los reflejos inmediatistas y cierta pereza intelectual de lo que la izquierda define como derecha -todo lo que no es Frente Amplio- no se las plantea. Es decir: al parecer carece de información para formularlas. O, lisa y llanamente, conoce poco el territorio en donde también se dirimen las opciones políticas.
Hace tiempo escribí en este mismo espacio una frase que remedaba aquella que James Carville, asesor de la campaña de Bill Clinton contra Bush padre, había popularizado: “Es la economía, estúpido”. Mi remedo fue: “Es la cultura, estúpido”. Ese es el territorio que la izquierda domina desde hace décadas y lo hace con una casi total ausencia de acciones en contrario de -y me resisto a llamarla de derecha- la cultura que está por fuera de esa hegemonía. Muchos afirman que esa cultura liberal no existe, o que es inorgánica, inoperante. Pero, por sobre todo, no es popular, solidaria y militante. Los que fueron este año al Teatro de Verano saben a lo que me refiero.
Para la situación referida al feminismo, es claro que el marxismo cultural, la Escuela de Frankfort y el triunfo de la estrategia de Gramsci han convertido una reivindicación planetaria, justa y necesaria en un espacio ocupado por lo que podría definirse como la confrontación de géneros que sustituye a la lucha de clases porque es anacrónica, obsoleta y no ha dado resultados. Vayamos contra el machismo, el patriarcado y a favor de la cuota femenina en la actividad que sea, lo cual se mezcla con la agenda global, el movimiento woke y la cultura de la cancelación. Una ensalada de difícil condimento a la que podría agregársele, en Latinoamérica, el Foro de San Pablo. De paso y por aquí, dejamos que el Pit-Cnt se apropie del 8 de marzo y con un paro solo de mujeres se suba a la ola reivindicatoria feminista que este año es anticapitalista. Alguien debería explicar cuál es la otra opción al capitalismo si atendemos a los fracasos del comunismo y el socialismo real. Y pregunto: ¿por qué no hubo por aquí movilización o protesta feminista alguna en contra de los abusos, violaciones y crímenes perpetrados por las fuerzas rusas a las mujeres ucranianas? Tampoco escuché quejas por los más de 14 mil niños de Ucrania deportados a Rusia.
De modo que es legítimo plantearse que la fiesta del domingo pasado puede encuadrarse dentro de esos parámetros ideológicos, y su necesidad no tuvo que ver solo con el homenaje a la mujer sino también con una estrategia que aprovecha muy bien reivindicaciones justas y las convierte en santo y seña para un acto político muy bien calculado que, por estos lares, lo convoca la izquierda y una aspirante a candidata presidencial para las próximas elecciones.
Es probable que esto último se tome como una exclusiva crítica a la izquierda y no lo es. El planteo es otro: cómo aquellas -o aquellos- que no participaron de ese festejo pueden tener un espacio que los exprese y reúna. La izquierda trabaja y se moviliza siempre con un logro final muy claro: conquistar el poder. En eso es eficaz. Y eso es lo que está haciendo desde que el 1 de marzo de 2020 la Coalición Republicana asumió el gobierno. Oponerse a todo lo que se mueve. Sabe que la cultura sigue siendo un espacio afín a su prédica y que la recuperación del gobierno es un objetivo para el cual no puede temblarle el pulso para pagar lo que sea y lograr que 50 mil personas se sientan representadas y felices por la bondad municipal. Las encuestas también lo revelan: no es lógico que por un lado el gobierno y su presidente tengan positivos niveles de aprobación en algunos sondeos y en otros la intención de voto señale que la izquierda aventaja a la Coalición Republicana. Eso no es político, es cultural.
Hace años que los partidos fundacionales pierden por el lado de la cultura y el relato. Por lo menos en lo que va de este siglo y en Montevideo. Creen que en el debate de ideas alcanza con programas y parafernalia política. No son capaces de seducir con acciones culturales que entusiasmen o impliquen otra mirada que la hegemónica. En especial las que movilizan a muchos más que los intelectuales. Por empezar no apelan o involucran a referentes culturales que planteen una visión diferente de la cultura y eso se origina, a mi modo de ver, en no disputarle ese espacio a la izquierda política en todos los terrenos: el artístico, el académico y sobre todo el periodístico.
No alcanza con criticar el gasto de un recital. Los que lo hacen deberían plantearse si son capaces de organizar y convocar al público con algo equivalente y empezar a disputarle en serio la hegemonía cultural a la izquierda.