Puedo estar equivocado, pero la decisión tomada por la viceministra Ache, así como la aceptación de su renuncia, no me cierran. Y me provocan un preocupante déjà vu.
A fines de agosto, el director general del MI, Luis Calabria, renunció a su cargo luego de que trascendiera que se había atendido en el Hospital Policial, por la época en que este diario denunciaba irregularidades similares por parte de jerarcas políticos del gobierno anterior. Ahora, la viceministra de RR.EE. pierde el apoyo de su sector político debido a un intercambio de WhatsApp.
Tanto Calabria como Ache, pueden haber cometido errores, no lo voy a discutir. Lo que me pregunto es si fueron lo suficientemente graves para que se inmolaran en defensa de la imagen del gobierno.
Hace unos días, Pablo Mieres evocaba que el entonces ministro Astori mantuvo en su cargo al denunciado Juan Carlos Bengoa hasta el día en que fue procesado por la Justicia. Ese recuerdo, sumado a otros casos como el del exdiputado Placeres y el exvice Sendic, generó una inusual furia opositora en las redes. Los insultos al ministro (incluido uno del senador Andrade) fueron directamente proporcionales al dedo en la llaga que metió con sus acertadas comparaciones. Pero me parece importante comparar el escudo de acero que los gobiernos del FA otorgaron a sus jerarcas en apuros, con la rápida aceptación de renuncias que realiza el actual.
Parece como si la Coalición Republicana aprobara juicios sumarios contra sus dirigentes denunciados. Como si no tuvieran derecho a cometer errores y debieran ser mandados al sacrificio por una consulta médica indebida o un chat inadvertido. Quien mira esto desde un punto de vista de probidad republicana, dirá que las decisiones son correctas y que implican respuestas ejemplarizantes, para que a otras autoridades no se les escape ningún detalle. Quienes a esa probidad republicana, sumamos la cualidad de comprender las fallas humanas sin menoscabo de la confianza en la honestidad y eficiencia de quienes las cometen, tenemos derecho a sospechar que con estas renuncias, el gobierno baila con la música que toca la oposición. Tal vez intenta acallarla, sin darse cuenta de que la está amplificando. Porque no hay como la caída de una autoridad para dar pie a quienes critican hasta por unos pescados congelados: “¡No era manija!”, tuiteó alborozado el senador Alejandro Sánchez. El nunca moderado Fernando Pereira redobló la apuesta: “ya tendrían que estar en la mesa del Presidente seis o siete renuncias”. Agarró la bajada, tomó embalaje y mandó que “deberían renunciar todos los cuadros de los Ministerios del Interior y de Relaciones Exteriores, ¡todos!” (sic).
Gobernar un país implica trabajar con equipos numerosos, acertar y equivocarse, incluso quedar expuesto a que algún pícaro entreverado en la baraja ponga en riesgo la imagen del conjunto.
Lo que no puede pasar es que las decisiones se tomen con el ojo puesto en los trolls de Twitter. La línea demarcatoria entre integrar o no el gobierno, no debería ser trazada por el cacareo de una oposición fabricante de escándalos, sino por el pronunciamiento de la Justicia. De lo contrario, la única cualidad ejemplarizante de que renuncie una persona inteligente y honesta será que otros como él huirán lo más lejos posible de la responsabilidad de ejercer cargos públicos. Y ahí sí que se degrada la democracia.