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Agenda pendiente

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Parece una discusión trillada: ¿la tecnología va a reemplazar puestos de trabajo? Algunos tienen una visión más apocalíptica y otros creen que, así como desaparecen algunos puestos de trabajo, otros nuevos surgen y las personas tendremos que reconvertirnos. Posiblemente la verdad pase por el medio. La trayectoria de cada una de las revoluciones industriales nunca ha sido fácil ni directa y los períodos de transición no fueron poco traumáticos, pero a largo plazo nos fuimos adaptando.

La discusión será trillada pero no está agotada: desde fines del siglo XX la humanidad está siendo protagonista de lo que se conoce como la cuarta revolución industrial, que se caracteriza por la presencia de tecnologías y su interacción, y donde el talento más que el capital son el factor productivo crítico. Querer resistirse es irreal, en particular en los países de nuestra región donde la falta de productividad es una de las principales causas de subdesarrollo. Por lo tanto, crear condiciones para mejorarla tiene que ser un objetivo central y darle la espalda a la revolución tecnológica no es la respuesta. El tema es cómo vivimos el proceso.

Cuando uno está en medio de un ciclo es muy difícil diagnosticar en qué punto se encuentra, pero hay varios indicios de que estamos en medio de la transformación. La semana pasada, en su presentación de coyuntura el CED lo dejaba en claro: el problema del empleo no calificado es uno de los grandes temas pendientes que debería ser el centro del debate en el futuro cercano, junto con la agenda procompetencia. Hace años en Uruguay se destruyen empleos de baja calificación y, por el contrario, se crean de alta calificación. Por ejemplo en la recuperación pospandemia hay 30 mil personas más trabajando, pero casi 11 mil menos en actividades de baja calificación, como la industria o el servicio doméstico. Esto golpea sobre todo a los jóvenes de sectores populares, siendo la brecha entre desempleo de adultos y jóvenes la más alta de la región. Si a eso le sumamos que Uruguay tiene una alta incidencia de empleos de baja calificación y altos niveles de impuestos efectivos al trabajo, parecen los ingredientes necesarios para una tormenta perfecta.

En medio de toda esta coyuntura, resulta llamativo que en los últimos años los incentivos fiscales a las inversiones en capacitación de las empresas son cada vez más restrictivos: hasta 2007, la mayoría de las empresas recibían incentivos fiscales por estas inversiones, siendo deducibles una vez y media del impuesto a la renta. Pero en la reforma fiscal de ese año este beneficio se limitó significativamente y nadie se lo ha vuelto a cuestionar. ¿Qué mejor oportunidad que la propia empresa empleadora invierta en la formación de su equipo, donde la capacitación va a estar directamente alineada a las necesidades del mercado de trabajo? Especialmente en aquellos empleos de baja calificación, donde la capacidad de inversión en capacitación se hace difícil por cuenta propia y la ayuda del empleador es relevante. Claramente, estamos yendo en sentido contrario.

La revolución industrial es un hecho, no es una opción aceptarla o rechazarla. Pero sí es una variable cómo la transitamos para que se convierta en una oportunidad para todos. Sigue siendo una agenda pendiente.

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Isabelle Chaquiriand

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