Nunca tuvimos tanta información sobre cómo cuidarnos. Sabemos que necesitamos músculo, proteína, movimiento, buen descanso, menos estrés, una alimentación de calidad y prevención. Y eso es una excelente noticia. El problema es lo que hicimos con toda esa información. En algún momento, el bienestar dejó de ser solamente una herramienta para vivir mejor y empezó a parecerse bastante a otra lista de cosas que tenemos que hacer perfectamente.
Entrenamiento de fuerza. Cardio. Diez mil pasos. Suficiente proteína y, si puede ser, perfectamente distribuida durante el día. Meditación. Ocho horas de sueño. Suplementos. Luz de la mañana. Cuidar la microbiota. No olvidarse de la creatina. Manejar el estrés. Y, si es posible, hacer todo esto antes de las ocho. Después podemos ir a trabajar, criar hijos, cuidar padres, mantener vínculos, pagar cuentas y resolver la vida. Por favor.
Cuando cuidarse agota
Las redes hicieron el resto. Hay personas que muestran qué comen, cómo entrenan, cuánto duermen o a qué hora se levantan como demostración de que ese es el camino. Pero que alguien tenga abdominales, corra una maratón o desayune exactamente 32 gramos de proteína no convierte su experiencia personal en evidencia científica. Lo que le funciona a una persona no necesariamente es extrapolable al resto de la población.
Después aparecen los mandamientos. Sacá el gluten. No comas carbohidratos de noche. Entrená en ayunas. Eliminá los alimentos “inflamatorios”. Tomá esta lista interminable de suplementos. Y, por supuesto, todo tiene que ser fit, clean, sugar free, gluten free y guilt free. Demonizamos tantos ingredientes que terminamos fabricando un budín que no sabe a budín, un brownie de palta que intenta desesperadamente convencernos de que es chocolate y postres cuya principal virtud parece ser no parecerse a ningún postre conocido. Quizás fuera bastante más saludable comer un pedazo de una torta realmente rica de vez en cuando, sin convertirlo en un acontecimiento moral.
La exigencia post 40
Y para las mujeres después de los 40 esto tiene una capa adicional. Finalmente estamos hablando de proteína, músculo, salud ósea, riesgo cardiovascular, sueño, composición corporal y de los cambios metabólicos y hormonales que ocurren durante esta etapa. Era hora. Pero corremos el riesgo de hacer algo bastante absurdo: usar todo ese nuevo conocimiento para exigirnos todavía más.
Entonces contamos obsesivamente gramos de proteína, entrenamos aunque estemos agotadas, tomamos suplementos que nadie evaluó si necesitamos, eliminamos alimentos porque alguien los declaró inflamatorios y restringimos tanto la alimentación que comer deja de ser una actividad cotidiana para convertirse en un examen que rendimos varias veces por día.
Y después agregamos fuerza, pasos, cardio, sueño perfecto y manejo del estrés a una vida que probablemente ya estaba bastante llena antes de que llegara el wellness a organizarla.
El problema no es la proteína. No es el entrenamiento de fuerza. No es dormir bien ni cuidar la salud metabólica. Todo eso importa. El problema aparece cuando una recomendación científicamente válida se transforma en un mandato universal. Cuando una herramienta se convierte en una obligación. Cuando dejamos de preguntarnos qué necesita realmente una persona y empezamos a medir salud por la cantidad de hábitos saludables que consigue acumular en un día.
La ciencia y el mercado
Y hay algo que me preocupa especialmente: detrás de buena parte de esta hiperexigencia hay un mercado enorme. El bienestar también vende. Vende suplementos, alimentos, aplicaciones, dispositivos, programas, métodos y soluciones para problemas que a veces ni siquiera sabíamos que teníamos.
Eso no convierte a todo el mercado del wellness en malo ni a todos esos productos en innecesarios. Pero sí debería obligarnos a recuperar algo que estamos perdiendo: criterio.
Porque la ciencia debería servir exactamente para eso. Para distinguir qué tiene impacto y qué es ruido. Qué necesitamos priorizar y qué podemos dejar pasar. Una recomendación importante de una moda. Una necesidad individual de un mandato universal. Un hábito saludable de una obsesión disfrazada de bienestar.
A esta altura de la vida no necesitamos otro gurú diciéndonos que estamos haciendo todo mal. Necesitamos información suficiente para entender qué nos está pasando y criterio para decidir qué vale la pena hacer con ella. No necesitamos hacer todo. Necesitamos hacer lo que realmente tiene impacto para nuestra salud y que, además, pueda convivir con una vida real.
Porque si para estar saludables tenemos que vivir agotadas intentando estar saludables, algo de la ecuación nos quedó mal.