Mucho antes de convertirse en psicólogo, el argentino Juan Lucas Martín descubrió el libro que terminaría marcando su vida. Tenía 17 años cuando su madre, también psicóloga, le regaló El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Aquella lectura definió su vocación y la forma en que, décadas después, entendería el sufrimiento humano.
Especializado en trauma, con años de trabajo clínico en Argentina y México, y hoy radicado en California, Martín llega a Montevideo para presentar la charla El sentido. El 18 de setiembre Martin brindará una conferencia en el teatro Stella en la que combina psicología, neurociencias, logoterapia y espiritualidad para proponer una idea que atraviesa toda su obra: sanar una herida no alcanza si la persona no consigue encontrar qué hacer con aquello que vivió.
No es la primera vez que Martín cruza el Río de la Plata. Viajó con frecuencia a Salto para dictar cursos, impulsado por un grupo de seguidores que lo invitaba una y otra vez. También conoce el país porque tiene parientes en Colonia Valdense y dice que Uruguay forma parte de su historia desde la infancia. Sin embargo, la cita en el Teatro Stella (entradas en Redtickets), será su primera presentación en Montevideo con charla abierta al público.
Desde California, Martín habló con El País sobre el legado de Viktor Frankl, el aumento de la ansiedad y la depresión, el impacto de las redes sociales y las técnicas terapéuticas que, asegura, desafían algunos paradigmas tradicionales de la psicología.
—La conferencia se llama El sentido. ¿Cuándo descubriste a Viktor Frankl y qué cambió en tu manera de entender la psicología?
—Tenía 17 años cuando mi madre me regaló El hombre en busca de sentido y ese libro me cambió la manera de ver la vida. Después estudié psicología, me enseñó mucho sobre logoterapia y luego me especialicé en trauma. Con los años me di cuenta de que aliviar el trauma era solo una parte del proceso. Faltaba ayudar a las personas a encontrar el aprendizaje de lo vivido, el para qué de esa experiencia. Ahí empecé a integrar el sentido y la compasión, y recién entonces sentí que el trabajo estaba completo.
—Frankl sostenía que al ser humano se le puede quitar todo menos la libertad de elegir su actitud. ¿Esa idea sigue vigente en una época marcada por la ansiedad, la depresión y las redes sociales?
—Totalmente. Para mí sigue siendo una verdad universal. Aunque una persona sienta que tiene el mundo encima, siempre conserva la libertad de decidir cómo responder a esa situación. Siempre existe la posibilidad de mantener la esperanza y seguir avanzando, aun cuando en ese momento no vea una salida.
—¿Por qué creés que tantas personas sienten que les falta sentido incluso cuando, vistos desde afuera, parecen tener una vida exitosa?
—Porque una cosa es el éxito que los demás ven y otra muy distinta es el sentido interno. Alguien puede tener dinero, reconocimiento o una carrera exitosa y, sin embargo, no hacer algo que realmente disfrute o le dé plenitud. Muchas veces ahí aparece la depresión. Desde afuera parece que esa persona tiene todo para ser feliz, pero por dentro siente que no encontró para qué vino a este mundo.
—Hablás del vacío existencial. ¿Es un problema que debe eliminarse o una oportunidad para transformarse?
—Las crisis generan vacío, pero si uno aprende a usarlo puede convertirse en el impulso para cambiar. Ese vacío necesita complementarse con una vida espiritual. Y cuando hablo de espiritualidad no hablo necesariamente de religión. Puede encontrarse en la meditación, la contemplación, la naturaleza o la conexión con algo superior. Las personas que desarrollan esa dimensión suelen experimentar menos vacío.
—Sos psicólogo y trabajás con evidencia científica. ¿Cómo conviven la ciencia y la espiritualidad dentro de tu propuesta?
—Para mí nunca estuvieron separadas. En algún momento de la historia se dividieron, pero los grandes científicos también creían que existía un orden superior. En mis conferencias doy fundamentos científicos porque muchas personas necesitan entender por qué funcionan determinadas técnicas. Pero también creo que la ciencia no responde todas las preguntas sobre el sentido de la existencia.
—Combinás psicología clínica con meditación, visualización y otras herramientas que todavía generan cierto escepticismo. ¿Cómo respondés a quienes dudan?
—Les digo que hagan lo mismo que hace cualquier científico: probar. Si alguien practica las técnicas y después me dice que no le funcionaron, lo conversamos. Pero en 20 años muy pocas personas me dijeron eso, y generalmente era porque nunca las habían practicado. Las herramientas son sencillas, pueden aplicarse desde el primer día y cada uno puede comprobar por sí mismo si producen cambios.
—También insistís en que no hay soluciones mágicas.
—Claro. La conferencia no cambia la vida de nadie en dos horas. Puede ser el comienzo de una nueva forma de mirar las cosas, pero después hace falta compromiso. Como cualquier hábito: si querés aprender un idioma, tocar un instrumento o practicar un deporte, necesitás constancia.
—Las neurociencias hablan de la plasticidad cerebral. ¿Nunca es tarde para cambiar?
—Nunca. Me escriben personas de 80 o 90 años que lograron aliviar sufrimientos que arrastraban desde hacía décadas. Eso demuestra que el cerebro puede seguir cambiando toda la vida. No importa la edad: siempre existe la posibilidad de aprender algo nuevo y transformar la manera en que vivimos.
—¿Qué ideas tuyas generan más resistencia entre algunos colegas psicólogos?
—Principalmente la velocidad con la que pueden actuar ciertas técnicas. Todavía hay colegas que creen que una fobia o un trauma requieren años de terapia. Sostengo, y lo vi durante años de práctica clínica, que algunos pueden resolverse en pocas sesiones, incluso sin que el paciente tenga que contar lo que le pasó. Trabajamos con emociones, imágenes y sensaciones corporales, no necesariamente con el relato del trauma.
—Eso rompe bastante con la tradición del psicoanálisis.
—Sí, y entiendo que genere debate. Pero estas técnicas tienen respaldo científico, incluso con estudios de neuroimagen. Mi postura siempre es la misma: las herramientas deben evaluarse por los resultados que producen.
—¿Por qué nos cuesta tanto permanecer en el presente?
—Porque nunca nos enseñaron a entrenar la mente. Si desde chicos aprendiéramos a respirar, meditar o desarrollar atención plena, sería mucho más fácil manejar las emociones. Además, también existe una especie de adicción biológica al estrés. El cuerpo se acostumbra durante años a determinadas sustancias como el cortisol o la adrenalina, y cuando empezamos a cambiar esos patrones aparece una resistencia natural.
—¿Qué papel juegan las redes sociales en esa pérdida de sentido?
—Muy importante, sobre todo entre los adolescentes. Las redes muestran vidas perfectas y éxitos que no siempre son reales. Los jóvenes se comparan con eso, sienten que nunca van a llegar y se frustran antes de intentarlo. Son herramientas útiles, pero necesitan límites.
—¿Apoyás las restricciones al uso de redes para menores?
—Sí. Tengo un hijo de 14 años y lo vivo todos los días. No creo en prohibir todo, pero sí en regular. Hay demasiados riesgos e información que un chico todavía no está preparado para procesar. Además, vemos que cada vez les cuesta más relacionarse cara a cara.
—Contaste que una hepatitis cambió tu vida. Mirando hacia atrás, ¿qué habría sido de Juan Lucas Martín si esa crisis no hubiera ocurrido?
—No sería quien soy hoy. Seguramente seguiría atendiendo pacientes, pero no me sentiría tan realizado. Esa experiencia me transformó y me llevó a ayudar a muchas más personas. Siempre cuento mi historia porque quiero transmitir que incluso las crisis más difíciles pueden convertirse en un punto de partida.
—Hoy abundan los libros y las conferencias sobre el propósito de la vida. ¿Cómo evitar que la búsqueda del sentido se convierta en un eslogan?
—Llevándolo a la práctica. Cuando una persona aplica estas herramientas y descubre que vive mejor, está más tranquila y encuentra una dirección distinta para su vida, deja de ser una frase bonita y se convierte en una filosofía de vida. Ahí es cuando el sentido deja de ser una teoría y pasa a formar parte de la experiencia cotidiana.