En una clase promedio de 25 alumnos, al menos uno tendría Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), de acuerdo a estimaciones mundiales. Muchos padres se enfrentan a un diagnóstico que asusta: falta de atención, poco autocontrol, olvidos frecuentes y dificultad para organizarse y gestionar emociones. Pero el miedo se pierde con la información y el tratamiento adecuados.
La coach Tatiana González lo sabe de primera mano. Su vida tuvo un giro inesperado cuando el mayor de sus dos hijos —que hoy tiene 13 años— fue diagnosticado con TDAH. Se formó en este trastorno y también en inclusión educativa, educación emocional, resolución de conflictos y coaching educativo, y ahora acompaña a padres que enfrentan los desafíos de criar hijos con TDAH.
Hace un año publicó su primer libro: Mi mundo TDAH. Criar con propósito. Su objetivo era llegar a más personas y compartir la información que la ha ayudado a ella y a los padres que acompaña. “Si gracias al libro habría un niño o una niña que al final del día se sentiría mejor o una madre a la que le ahorraría una noche de llanto, ya había ganado”, expresó.
Habló con El País acerca de su historia y compartió consejos para madres y padres que atraviesan una situación similar.
— ¿Cuándo se dieron cuenta de que su hijo mayor tenía TDAH y qué significó el diagnóstico para ustedes?
— Fue en su primer año de escuela. Las maestras empezaron a transmitirnos cosas como que no podía concentrarse o quedarse quieto y ahí fue que empezamos el camino del diagnóstico. No solo era nuestro primer hijo sino que, además, éramos los primeros de nuestros grupos de amigos y familia en tener hijos, y no se hablaba nada del tema en ese momento.
Recuerdo el día que nos dieron el diagnóstico, que mi esposo y yo nos fuimos en silencio porque nos habían dado un pronóstico muy poco favorable, muy poco esperanzador. Llegué a casa llena de miedos; me preguntaba qué pasaría en su futuro, si tendría que estar conmigo toda la vida, si podría estudiar una carrera, hacer amigos… Pero entonces miré a mi hijo, que tiene la mirada más buena y linda del mundo, y entendí que no había lugar para el miedo y que nosotros, padres, debíamos ser su fan número uno. Teníamos que armar un plan y salir adelante. Y nos pusimos manos a la obra.
Hicimos miles de cambios en casa. Pasamos por todas las terapias y cambiamos el plan continuamente. La psicóloga nos decía que aplicáramos tal o cual estrategia, veíamos que no funcionaba y al mes probábamos otra cosa. Al ser cada niño distinto —que es lo que transmito en el libro—, hay estrategias que funcionan para unos y algunas para otros. El material técnico es recontra necesario, pero los padres tenemos que oficiar de filtro, conocer a nuestros hijos, saber qué necesitan y en base a sus necesidades ver cuál estrategia aplicamos.
— ¿Cómo adaptaron esos cambios a la vida en familia, teniendo en cuenta que tienen otra hija?
— Cuando empezamos a transitar el diagnóstico, mi hija menor era bebé. Eso me dio tiempo para prepararme para ser la mamá que mi hijo más grande precisaba: estudié, me capacité, aprendí de los profesionales. Pero mi hija creció y de repente me di cuenta de que ella requería otro tipo de mamá y de papá, así que comencé a prepararme para ser la mamá que ella necesitaba. Por ejemplo, entendí que mi hija, que no tiene déficit atencional, se estaba acostumbrado a que yo repitiera las cosas 125 veces, pero que para ella no era necesaria esa estrategia. Pero sí precisaba ser vista, escuchada, sentirse importante. Es como armar un puzzle; no hay una fórmula única. Depende de cada niño y de cada casa. Además, las necesidades cambian continuamente. La foto de mi casa de hace cinco años atrás no es la misma que es hoy y seguramente no será la misma el año que viene.
— ¿Cómo es la foto de tu casa hoy?
— Esperanzadora. En este camino ejercité la paciencia y además soy una persona que siempre ve el vaso medio lleno. Sin embargo, no quiero contar los pollitos antes de que nazcan. Sé que se viene la adolescencia, una etapa que, más allá del déficit atencional, tiene sus propios desafíos. Así que estoy cautelosa. Tranquila, mirando, prestando atención. Las bases están bien puestas, pero el partido no está ganado.
— ¿Su hijo sabe que tiene TDAH?
— Sí. Siempre fuimos claros y le explicamos todo de acuerdo a su edad. Para mí, el tema nunca fue si contarlo o no, sino cómo transmitirlo de la forma más natural posible porque, si uno lo comunica como una tragedia, el niño lo vivirá así. Le decíamos, por ejemplo, que así como hay personas celíacas o intolerantes a la lactosa, él tenía déficit de atención. Y luego le explicamos de qué se trata y que su lóbulo frontal, que es el que le indica qué hacer primero y qué estímulo es más importante que otro, no está mal, pero tampoco está óptimo. Entonces, tenemos que hacer cosas para activarlo.
Hoy, con 13 años, tiene todo clarísimo. ¡Incluso lo ha querido usar a su favor para cubrirse de alguna cosa! Ahí es cuando entramos en qué aspectos no tienen nada que ver con el déficit atencional. En casa lo vivimos natural, sin tabúes y con amor. Y en el colegio también; los chiquilines no le dan trascendencia.
— ¿Qué le dirías a un padre o una madre que está empezando a transitar este camino?
— Que respire hondo, que no saque conclusiones apresuradas y que no piense que el diagnóstico define a su hijo o a su familia. Criar a un chico con déficit atencional no es nada fácil, pero tampoco es sinónimo de condena. Hay muchísimas herramientas y sobre todo hay tiempo, porque de repente entra esta sensación de urgencia, de que estamos tarde, y no es así.
También le diría que no tiene que saberlo todo hoy ni empezar haciéndolo perfecto, que equivocarse es parte. Y mi mayor invitación es a que se informe, que mire con muchísimo amor a ese hijo o hija y que no transite solo este camino. Es mejor y más fácil cuando lo hacemos acompañados; por ejemplo, de un equipo multidisciplinario, un grupo de contención, hablándolo con la familia o en espacios de acompañamiento como el que doy yo. Porque cuando el adulto se siente más seguro y más acompañado, el niño o niña lo siente. Desde ahí, todo empieza a ordenarse un poco más.
Estrategias para criar a un niño con TDAH
González aseveró que la estrategía número uno es el amor incondicional y poner el foco en lo que sí se puede. A su vez, es importante aprender a gestionarse a uno mismo como padre o madre. “Si un adulto tiene las mejores estrategias, pero está re cansado y mal rumbeado, entonces cualquier cosa que pase en casa será un disparador para que grite y esté mal”, señaló.
Otro aspecto clave es comprender qué es el déficit atencional y cómo funciona en cada área de la vida. Eso —expresó— es valioso porque permite entender cuando una situación es consecuencia del trastorno y no algo que el niño o niña hace a propósito. También hizo hincapié en que “el cambio en casa hace toda la diferencia”. “Si va al mejor colegio, la mejor psicóloga, la mejor psicopedagoga, pero en casa el ambiente no es bueno, no sirve”, sostuvo.
En el libro menciona más estrategias; entre ellas, la anticipación, que da estructura y seguridad al niño o niña, y volverse sus “fans número uno” en lo que tiene que ver con resaltar sus logros.
-
Anatomía de una mente absorta: cuáles son las diferencias entre ‘flow’, hiperfoco y neurodiversidad
Rosalía: "Tengo TDAH, me distraigo mucho con los sonidos" ¿En qué consiste este trastorno del desarrollo?
¿Podemos prevenir el TDAH? Intervenciones tempranas para detectar y acompañar antes de los cinco años