Por: Mariángel Solomita
Lucrecia Martel está sentada en una mesa con vista al mar en el Hotel Argentino de Piriápolis. Mientras, se desarrolla el festival de cine que le entregó un reconocimiento y exhibió su última película, La mujer sin cabeza (2008), que no tuvo estreno en las salas de nuestro país. Muy cerca unos niños corretean y gritan entrecortando sus respuestas pausadas, bien pensadas. "Cuando estás en el set y tenés que pensar dónde va la cámara, yo siempre pienso que es como uno de estos niños chicos, que mira, que está con curiosidad pero a la vez no tiene mucha confianza para meterse en cualquier lado, sin muchos juicios morales. Por eso anda por los rincones, mirando las cosas", dice.
-Construís historias muy vivenciales, además se cuelan experiencias personales, ¿cómo te modifican las películas que hacés?
-Es más lo que la película por un reflejo extraño perturba tu vida siguiente, que lo que uno con su propia carga de información define la película. Una vez que terminás la película no hay un fin preciso. El contacto que hace con el público, lo que los espectadores te devuelven, de alguna manera te modifica para siempre. Me parece que esto es lo que uno intenta con las películas: partir algo y que eso que pasa con la gente te revele alguna cosa. Es como la necesidad de que el otro tome algo tuyo y te diga alguna cosa que te va a servir para seguir mirando, para entender lo que te rodea. Eso se vuelve revelador, hay un cambio dentro tuyo. Por eso cuantas más personas vean tus películas más chances hay de que vos te puedas encontrar.
-¿Tenés alguna postura respecto a la problemática de la distribución y exhibición?
-Estamos tratando de jugar directores que no podemos acceder a un público de millones en una cancha que es de millones, es una situación absurda. Así como hay muchos temas que se han tratado de pensar desde otros ángulos en el país, hay que repensar la industria. Me parece que es imperativo, porque mercados como el del DVD que antes se podían considerar lugares de recuperación ya no existen por la piratería. Y gracias a la piratería es que en muchos países se vieron mis películas. La tecnología ha modificado todo, hasta la palabra cine, esto está yendo rumbo a otra cosa y me parece que en Argentina aún no tenemos una mesa donde nos sentemos y veamos qué pasa, hacia dónde vamos y qué posición va a tener el país. Es como en el siglo XIX cuando los graneros eran de los ingleses, ese nivel de dependencia en decisiones que son ajenas a la producción nacional. Pensalo así: se ve cada vez menos cine europeo y latinoamericano. Pensá en la humanidad: cuanto más diverso sea con lo que vos te formás, más herramientas tenés para entenderte en el mundo.
-Colocás siempre a Salta como escenario, ¿cambió tu construcción de tu ciudad natal?
-Todo lo que escribí sobre Salta lo hice viviendo en Buenos Aires, y creo que esa distancia fue necesaria, me dio una perspectiva de algo que probablemente no era capaz de observarlo y transformarlo en un texto estando en Salta. Las historias me llevan, no hago el esfuerzo. Ahora quiero filmar en otras provincias del norte. Me gusta Chaco, Formosa y trato de pensar pero siempre termino en Salta. Pero a mí me divierte, veo a mi familia, me gusta Salta, también es una cosa de placer.
-¿Cómo reacciona el público de Salta? Porque hacés una crítica social que puede molestar.
-Algunos reaccionan con poco humor, no les gusta nada. Con la gente joven por lo general no tengo problema, de cualquier clase social, es mucho más abierta. También allá no se va mucho al cine. Batman la ciudad donde menos espectadores data es en Salta, es una particularidad de la provincia.
-Has dicho que escribís pensando en emociones vividas, ¿qué emociones te generan tus personajes?
-De todo. Me siento muy cercana de todos, no sólo de los protagonistas. Por eso es muy difícil que pueda olvidar a mis personajes porque es como un familiar, y en general son familiares porque están medio basados en gente muy conocida. Por más que los personajes hagan cosas con las que yo no esté de acuerdo les tengo mucha simpatía.
-¿Te parece que en la mayoría de los casos están condenados?
-(Piensa). No. Me parece que a veces la gente renuncia a tener las riendas de su vida y las entrega a su grupo social, o al devenir del mundo en el que está inmerso. Eso pasa mucho en las provincias, sobre todo personajes en un mundo en el que yo me metí que es la clase media media-alta de provincia, el grupo social que en general es el quietismo.
-¿Cómo es tu trabajo con los actores?
-Muy sutil, como estamos haciendo ahora, charlando. El proceso más delicado es el casting, donde vos elegís a las personas con las que vos podés comunicarte y ponerte de acuerdo. Hay muchísimos actores excelentes con los que yo no me siento cómoda hablando. El tema es conversar. Es tan sencillo que te digo, ¡se rompe el misterio de la creación del cine! (Risas).
-¿Qué valor le das a los niños en tus películas? Al mismo tiempo que son perturbadores, son los únicos que "explotan", en contraste con la inercia de los adultos.
-Eso tiene que ver con que cuando vos estás retratando un grupo social cuyos logros no son la transformación de la sociedad ni pretenden transformarla, sino más bien mantener todo igual, los niños son los más anárquicos dentro de ese grupo porque todavía no han mamado toda esa historia. Siempre son un abismo donde todo se puede ir para otro lado. Aparte un abismo al que hay que controlar. Y esa monstruosidad de los niños me fascina. Vos ves la familia más recatada pero le ves al hijo de tres años y te das cuenta que todavía no lo tienen del todo domesticado. Lo educan, lo limitan, le ponen metas...¡y un ser humano es mucho más interesante que un adulto! Es como una dimensión no regulable.
-¿Cuándo empezás a pensar en el sonido?
-Siempre antes de escribir. Cuando vos pensás una historia y escribís algo inventado por vos tenés como una idea total de la cosa, como del ánimo. Algo como a los gritos, o tranquilo - sereno, o una conversación errática donde la gente no se está entendiendo mucho pero tampoco se preocupa por eso…y ese ánimo para mí es siempre un clima sonoro. Me resulta fácil identificarlo con un clima sonoro. Por ejemplo en La ciénaga(2001) el asunto era la tormenta que se venía y los grillos y eso rodeando a la familia. En La niña santa (2004) era los secretos, los rezos, las chicas hablando en secreto, y el lenguaje social de `mucho gusto, qué tal, cómo le va`, donde todos tratamos de ser amables y ocultar lo que nos pasa; el mundo social obliga al ocultamiento de las emociones más fuertes que tengas en ese momento. La mujer sin cabeza era las conversaciones que no logran ser "escucho - responde", como la imposibilidad de que un sonido traiga como consecuencia otro. Y con esas ideas que pueden ser muy absurdas y abstractas pero que a mí me significan mucho, con eso a mí se me esclarece la puesta en escena. Yo ya sé cómo hacer ciertas cosas con la cámara, ya sé cómo filmar. Cada director tiene su camino, a mí este me sirve bastante.
-¿Cómo Lita Stantic (productora) influyó en el resultado final de tus películas?
-Básicamente en que se puedan hacer películas que muchos productores negaron. Lita no tiene ningún miedo a las obviedades de lo comercial. Ella no piensa de esa manera entonces es una persona que puede leer proyectos que para otros son imposibles. Y ella les da la forma de hacerlos posibles, eso te digo que es muy milagroso como producto.
-La uruguaya Bárbara Álvarez fue directora de fotografía de tu última película, ¿cómo fue el contacto?
-Cuando faltaban cuatro semanas para empezar a filmar tuvimos un desentendimiento con otro director de fotografía - mi colaborador habitual -, entonces pensamos qué persona podría ser. Cuando vi 25 Watts me había encantado- por supuesto Whisky también- y la había felicitado en algún festival porque me parecía que había logrado una cosa muy increíble y pensé en convocarla. Afortunadamente pudo hacerla porque fue con muy poca anticipación. En seguida nos pusimos de acuerdo, fue muy sencillo ajustar una visión sobre la película.
-En tu generación hay muchas cineastas, ¿te parece que tu trabajo las influyó?
-A todas nos influye el trabajo de todas, es inevitable. A mí me da mucha felicidad la cantidad de mujeres haciendo cosas tan precisas, emotivas, tan seguras de sí mismas, con un trazo tan propio. He andado mucho de jurado por el mundo y Argentina es muy excepcional en la cantidad de directoras mujeres, ni en Europa. Yo creo que es por una cosa muy curiosa y muy estúpida. En el `84 en Argentina se estrenó Camila. Esa película estaba producida y dirigida por mujeres (Lita Stantic y María Luisa Bemberg respectivamente) y fue el éxito más grande de público de la época de la apertura democrática, marcó un récord, cifras como las que hace (Juan José) Campanella. Naturalmente para todas nosotras el cine era algo de mujeres exitosas, eso se impuso con mucha naturalidad. En mi cabeza yo nunca pensé que era una actividad restrictiva para las mujeres. En otros países es un terreno de hombres, pero estas dos minas abrieron una brecha y toda una generación sintió que era una actividad más para las mujeres. Es mi teoría, estoy convencida (risas).