POR ELVIO RODRÍGUEZ BARILARI
barilarius@yahoo.com
Y así y así, desde hace unos quince mil millones de años, cuando con el Big Bang comenzó no solamente la historia de este universo, sino también el tiempo mismo.
Antes no había universo, obvio, ni espacio, ni tiempo. Solamente un continuo de supercuerdas, ínfimos filamentos, millones de veces más pequeños que el núcleo del átomo. Esas supercuerdas, como ínfimas bandas elásticas, vibrando en diferentes frecuencias, parecen ser el componente último del universo.
O multiverso, ya que no sabemos si el universo es uno, o muchos, o incluso infinitos multiversos.
De cualquier manera, el Big Bang se produce por una anomalía periódica en las vibraciones de ese campo de supercuerdas y ¡BOOOM! Allá fuimos en este viaje sideral del cual todavía somos parte y en el cual el universo que conocemos se sigue expandiendo a velocidades descomunales.
Ahí tienen.
Numerosos lectores me estaban reclamando por la prolongada ausencia sabatina. Y me estaban dando manija. Dale Barilari, mandate una en serio, sobre la vida y la muerte, esa onda. Otros reclamaban, no sé si con buenas intenciones o simplemente esperando para hacerse la astilla: mandate uno de esos consultorios sentimentales o un horóscopo charrúa.
Consultorios sentimentales, no, no va más. Desde el día que un lector me reprochó que se había comprado diez pares de medias negras todas iguales y se había ido a poner cara de indiferente a los bailes, sin ningún resultado positivo en materia de atraer al otro sexo, decidí que el consultorio sentimental no es lo mío. Las medias negras todas iguales eran un consejo práctico para los solteros, no hay nada más embolante que tener que armar los pares. Y lo de la actitud indiferente era porque las chicas no hay nada que detesten más que a los tipos desesperados… en fin.
El horóscopo charrúa, desafortunadamente, es eterno. No cambia. Si hubiera sido un vivanco tipo la Ludovica, no hubiera dicho nada, así cada año podía currar otro poco. Pero qué se le va hacer. Nuestros sabios indígenas hicieron un horóscopo permanente, que no depende de los astros sino de la persona y su psicología. Como 700 años antes de Freud ¡qué indígenas más capacitados!
La muerte, yo qué sé. Para mí, sinceramente, la muerte está sobrevalorada. Si todos sabemos que nos vamos a morir y no hay nada que hacerle, a qué tanto drama.
De lo que tendríamos que preocuparnos más es de la vida. Por ejemplo, hacer algo interesante con nuestras vidas. No desperdiciarlas mirando a Tinelli.
La verdad, los que miran a Tinelli o escuchan a los tinellitos copiones de la radio y TV nacional, que no me vengan después con que la vida es corta. Que no me vengan a llorar. Los que se entregan al aburrimiento, a la rutina, a la queja, a la pálida, que no me vengan con el temor a la muerte. Esos, lo que tienen es temor a la vida.
Y los que se entregan a la gansada, tampoco.
Vivir cada segundo como nunca más, dijo el gran Vinicius de Moraes.
Ahora está de moda pretender que todo es igual, que todo da igual. Incluso intelectuales a la violeta, incluso funcionarios culturales pretenden que tanto da Homero el griego como Homero Simpson. Que tanto da John Lennon como Lady Gaga; Fernando Cabrera o la cumbia villera. Afortunadamente hubo un Discépolo y eso del cambalache ya se los cantó en 1934.
Volviendo al principio, tampoco podemos pensar que no tenemos culpa ni parte: somos el futuro de nuestro pasado.
Este presente tan efímero que cuando lo nombro ya pasó, es el resultado de cientos de miles de años de existencia humana. A propósito me niego llamarla EVOLUCIÓN.
El concepto mismo de evolución tiene una connotación positiva imposible de aplicar al género humano. Miramos al siglo XX y vemos que fue el más brutal, el más salvaje, el más genocida y cruel de la historia.
Miramos al siglo XXI y vemos como seguimos envenenando al planeta, a sabiendas. Vemos los crímenes del fanatismo religioso. Y seguimos viendo a Tinelli. Somos el futuro de aquel pasado. Y que tengan un feliz fin de semana.