Una de las cosas que la gente critica a Estela Medina es su dedicación al verso, que es una actriz poco natural, que choca contra el naturalismo. Por supuesto que es un estilo buscado, es un estilo estudiado porque decir el verso como Estela Medina requiere mucho estudio y (hoy) casi no hay (actores que lo hagan)". Las palabras de Mario Morgan resumen lo que podría ocupar varias páginas de análisis sobre lo que Estela Medina genera en el público teatrero. Obviedad imperdonable escribir una oración confirmando la grandeza de esta actriz que, sin embargo, es dueña de un estilo que el teatro abandonó hace ya algunos años en búsqueda de más "verdad" en la representación. Y, sin embargo, sigue sin poder objetarse que cuando "la" Medina aparece en escena su fuerza acapara, sea como esa madre de Bodas de sangre, creada por Federico García Lorca, o como uno de los personajes escatológicos de Werner Schwab en Las presidentas. Estela Medina es en escena y, para conocerla, hay que tomar asiento en la platea.
Este sello identificatorio se hizo aún más evidente con el estreno de Retablo de vida y muerte en 1975, una especie de antología de la carrera escénica de Medina que ya entonces se destacaba por sus papeles en grandes obras del teatro español como Fuenteovejuna, La Celestina, Mariana Pineda, Peribañez y el Comendador de Ocaña, Juana la loca. Para Estela Medina, fue y es una obra "tributo" a su trayectoria. Para Mario Morgan, quien la dirigió entonces y lo hace ahora también, fue un desafío no sólo seleccionar los fragmentos adecuados y unirlos -en colaboración con Mercedes Rein-, sino también trabajar sobre un cuerpo (el de Medina) en el que directores anteriores a él habían impreso su huella.
No ajeno a esa realidad, Morgan decidió incluir en el programa de mano que Margarita Xirgu -gran gestora del sello de Medina- había dirigido a Medina en Peribañez... y Fuenteovejuna en su versión original, que José Estruch lo hizo con Voces de gesta y La dama boba, y que Eduardo Schinca fue el director de Juana la loca (obra de Motherland, pero que es un personaje español). "Este espectáculo está pensado a la medida de Estela Medina y no lo puede hacer absolutamente ninguna otra actriz", sentencia Morgan, previo a un ensayo de la obra que se presenta este fin de semana en el Teatro del Anglo, antes de partir hacia Colombia, donde participará del Festival Internacional de Teatro de Bogotá.
Treinta y cinco años después de su estreno, parece ser la piel el órgano que guarda los recuerdos de aquella primera representación en el Notariado, durante la licencia de Medina de la Comedia Nacional. La temporada fue breve, pero eso no representó ningún freno para que Norma Aleandro hiciera las gestiones necesarias para llevarla a Buenos Aires, luego de lo cual le siguieron los viajes por Latinoamérica, Estados Unidos y parte de Europa. Además, en 1977 se grabó un disco -en ese momento, un long play o LP- que tuvo dos ediciones, de mil discos cada una. Hay blogs que permiten escucharlo, aunque es posible que un coleccionista encuentre el original para comprar.
La última reposición del espectáculo fue en 1997, gestionada por Héctor Manuel Vidal, entonces director de la Comedia Nacional, para festejar el aniversario del elenco oficial. Estuvo un mes en cartel en el Teatro Solís, luego de lo cual pasó al Teatro Alianza Uruguay - Estados Unidos.
El espectáculo, que varios espectadores tuvieron la oportunidad de ver el pasado fin de semana, se presenta sin modificaciones significativas. Incluso el vestuario realizado por Guma Zorrilla se mantiene: tres vestidos superpuestos que Medina se va quitando a medida que avanza el espectáculo, comenzando por el blanco, pasando por el marrón y terminando en negro, trío depositario de un gran significado.
Estela. ¿Cuál es la mirada de Medina? ¿Qué siente la actriz ante este regreso? Lo cuenta ella misma: "Es un espectáculo que convoca, en una síntesis, todos los misterios de la vida, desde el mirar inicial del amor hasta la decrepitud, la locura y la muerte. Es para mí una alegría y, yo no diría desafío, pero hay algo que me llena y que a la vez me hace temer un poco porque son cosas que hice cuando era muy joven. Hay uno, Fuenteovejuna, que yo lo hice en el año `53, yo todavía estaba en la escuela de arte dramático. Fue en el verano del `53 en el parque Rivera, dirigida por la Xirgu. Ese año egresaba de la escuela pero a fin de año, todavía era alumna, es decir que era muy jovencita, por eso para mí esta obra es tan extraña y a la vez hermosa, porque hacer ahora algo que hice hace tantos años, más de cincuenta años, me da toda una cosa… No sé cómo explicarte, es algo que me llena de dudas y también de amor porque, además, son cosas que hice con mis compañeros de tantos años y entonces pienso en ellos cada vez que salgo, quiero revivir un poco eso que viví. Me da como fuerza, me parece que esa energía que ellos tenían la tengo que tener yo. Es algo muy especial para mí".
-¿Quedan huellas de los trabajos de los directores anteriores?
-Claro, los textos que hice dirigida por Margarita Xirgu, por Pepe Estruch, por Eduardo Schinca... Me vienen cosas de ellos. A veces tengo gestos que parece que me vienen de adentro, de no sé dónde, y digo `¿pero cómo?` Recuerdo cosas que me pasaron en ese momento, no sé cómo explicarte, pero es un espectáculo que a mí me llena de orgullo y, también, de un montón de dudas, digo `ay, ¿estoy haciendo como debería?, ¿estoy siguiendo las pautas de ellos?, ¿estoy con la dirección de Mario?, ¿cómo es esto? Es muy, muy, muy bravo para mí`" (risas).
-Bravo, pero se disfruta.
-Sí, claro, disfruto. Me gusta hacerlo porque son textos que hice con mucho amor y poder revivirlos ahora es para mí un privilegio enorme. Después de tantos años poder decir esa cosa que ya ahora no la hacemos porque muy pocas veces se puede hacer teatro del Siglo de Oro español... Hay autores modernos y hay que hacerlos, hay que renovarse, pero mirá que estos textos hacerlos con la mirada de ahora, enriquecerlos con todo los trabajos que he hecho, eso me parece bueno y es lo que rescato de estos Retablos que estoy haciendo ahora.
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