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Viven a cuatro cuadras, se ven todos los días y disfrutan de una relación espectacular.
Por: Mariel Varela
Las separan apenas cuatro cuadras. Y aunque Cristina se queje de que en el Pinar eso supone caminar más de 400 metros y reafirme que cada una vive en su casa, madre e hija están más unidas que nunca.
Carmen se siente más próxima a su madre que cuando era adolescente y Cristina disfruta de tener a su única hija "más cerca que nunca" y a sus nietos revoloteándole, "aunque no esté todo el día encima de ellos". "Me acerco más a mamá. En mi madurez logro entender más su cabeza. O sea, me voy poniendo más vieja también", comenta la menor de las Morán.
Hay un rasgo en el que se reconocen muy parecidas y es que no son melancólicas. "El te acordás y reírse es muy común en nosotras, pero el te acordás con nostalgia -extraño aquello- no", dice Carmen. "Para mí hoy es mañana. Nada de mirar hacia atrás. La nostalgia es recordar con dolor", agrega la mamá.
Sin melodrama ni llantos, las Morán tienen una gran colección en su memoria. Traen a colación el mejor recuerdo de un gran baúl.
-(Cristina) La primera vez que fuimos a Buenos Aires.
-(Carmen) ¿Te acordás?
-(Cristina) Eras chica, tenías 7 años. Había muerto mamá y la llevé a Buenos Aires. Fuimos al zoológico de Palermo, le dábamos de comer a la jirafa.
-(Carmen) Que yo le había puesto un nombre y me la quería llevar para casa. Había inventado que podía si hacía un agujero en el techo. Estaba convencida.
-(Cristina) Fue un momento muy tierno, de esos que quedan prendidos en el alma.
-(Carmen) Buenos Aires para mi generación era como un sueño. Además yo soñaba con ir en avión y deliraba con las azafatas que eran todas lindas y rubias. Yo vi esa época de las azafatas perfectas, que por ir a Buenos Aires te daban sandwiches, jugo de naranja, caramelos.
Familia. Cristina es explosiva y sanguínea. Carmen es algo más paciente y tranquila. La cocina traza una separación entre ambas.
-(Cristina) Ella es una gran cocinera y repostera y yo no sé hacer nada. No es que no sepa, no me gusta.
-(Carmen) Yo me puedo pasar horas en la cocina y ella no puede entenderlo.
-(Cristina) Porque pierdo el tiempo si me quedo en la cocina. A mí me gusta escribir, leer, salir, pero pasarme entre ollas y sartenes no.
Carmen creció pero siguió siendo Carmencita. Su panza también evolucionó y llegaron los nietos para Cristina. La primera nació hace 22 años, fue nena y la abuela lo vivió como una "prolongación" de su hija. Hasta el día de hoy le dice Carmencita y ella tiene que corregirla: "Dominique, abuela". Para rematar, el trío comparte el timbre de voz y suelen confundirlas cuando hablan por teléfono.
A Cristina no le quedó otra opción que salir a trabajar para mantener a su hija porque se divorció cuando Carmen era muy pequeña. Los abuelos fallecieron y a Carmencita la cuidó una samaritana de la Asociación Cristina, Victoria Cotrofe. "Donde quiera que esté, que sepa que la recordamos", dice Cristina.
Carmen no siguió los pasos de su madre. Sacrificó su carrera en teatro y TV para dedicarse a criar a sus tres hijos. "Me sentí superada de actividades, abandoné y me fui al rubro gastronómico. Abrí un restaurante en el Pinar y eso me permitió estar cerca de los chicos y combinar mi gusto por la cocina". Los niños crecieron y pudo retomar el teatro e incluso se puso las pilas para volcarse a una nueva actividad que siempre le apasionó, cantar tango. "Cuando la escuché por primera vez en un ensayo se me cayó la mandíbula. ¿Esta es mi nena?, ¿de dónde salió esa voz?", dice orgullosa la mamá.
artistas. "Algo más tenés que hacer para defenderte en la vida". Esas palabras resonaron en la cabeza de Carmen al terminar el bachillerato y plantearle a su madre que quería entrar en la Escuela de Arte Dramático. Entonces, terminó el secretariado bilingüe en el Crandon, le dio el diploma y le dijo, "tomá mamá, ponele un cuadrito y colgalo porque me voy a inscribir en la Escuela de Arte Dramático".
Lo que se hereda no se roba. Carmen se ponía frente al espejo y jugaba a imitar a su mamá que en aquel entonces era la "señora comercial, corría de un canal al otro porque era todo en vivo. Me encantaba acompañarla y amaba ver cómo la voz de mi mamá se convertía en un hilito negro y después en un disco", cuenta.
Cristina aportó su granito de arena para que la nena le tomara el gustito a los medios. Los domingos en Canal 10 fueron el gran detonante. Cristina llegaba al mediodía para prepararse y su hija no se perdía un domingo ni por un cumpleaños infantil. "El canal era nuestro porque no funcionaban las oficinas y nos metíamos por todos lados. Por ejemplo, mi primer tango lo canté frente al público en el estudio de mamá. Los escenógrafos me tenían que entretener y me dijeron, nena vos tenés que cantar algo porque estás muy aburrida. Yo tendría 9 años. Me enseñaron el tango, me vistieron y con un micrófono de madera de utilería me mandaron al medio del estudio en una tanda a cantarle a la gente. Ya ves que tenía cierto rostro porque fui y lo hice", relata.
-¿En qué momento sentiste que te quitabas el peso de ser la hija de, si es que lo tuviste?
-Yo no lo llamaría un peso pero sí hay como un estigma que no lo hacemos ni ella ni yo, sino la propia gente. Nosotras nunca tuvimos competencia ni la necesidad de un destaque personal. No creo que a mamá le preocupara la competencia que yo pudiera hacerle. Al contrario, siempre trató de darme una mano, incorporarme a lo que ella hacía. Creo que es la propia gente que te genera ese peso, está a la expectativa de qué puede mostrar la hija de: ¿será mejor, será menos, hará algo parecido? No es que te abre puertas ser hija de. Hay que romperse el traste como cualquiera, pagar derecho de piso y laburar.
auténtica. Cristina no lo recuerda pero fue la octava tapa de Sábado Show. "Me da mucha alegría. No me acordaba porque hace muchos años. Creo que ha llegado el momento de estar en otra tapa", bromea.
A los 81, recibe cada aniversario como una bendición de estar viva y sana. "Hay que saber recibir el paso del tiempo, que no te asuste. Ayer lo hablábamos con un amigo que tiene la misma edad. Él me decía, nunca me imaginé tener proyectos a esta edad, tener futuro. Y le respondí, pero cómo no vas a tener proyectos. Mientras estés vivo, sano y tu cabeza funcione, vas a hacer todo lo que tengas que hacer y lo que Dios te permita".
-"Creo en el amor y en la felicidad" dijiste a Sábado Show años atrás, ¿lo seguís sosteniendo?
-En aquel momento lo debo de haber dicho por el amor de pareja, tal vez. Pero creo en el amor de la gente, hacia la naturaleza, tu semejante. Y en la felicidad. Lo que ocurre es que los mortales pensamos que la felicidad está solo en las cosas grandes, importantes y no es así. Está hecha de pequeñas cosas: el saber disfrutar tu casa, tu pan, saborearlo, tus nietos, tus hijos. Voy a morir con las botas puestas, voy a seguir creyendo en el amor y en la felicidad.








