Una caja de zapatos, el salón, apenas habla del despliegue que tendrá lugar horas después. Oscuro, frío y vacío. Aquí y allá tablas apiladas, y cruces blancas en el piso que señalan el sitio de las mesas. Del techo desoladas cuelgan algunas pantallas blancas con formas geométricas. Pronto vendrán las luces, dicen.
Hombres con vaqueros rotos y sombreros de visera acarrean los fierros del escenario y montan las pantallas led, prometen que pronto también llegarán las cámaras. Pero aquí nadie posa ni se divierte. Cincuenta personas trabajan en los preparativos de la fiesta. El organizador promete un concepto moderno: luces led y caireles, pero las once arañas que cuelgan sobre el camino que realizaran los ganadores parecen tristes. Faltan las cámaras, y ellas son las reinas de la fiesta.
Para ellas se preparan los invitados, que con pieles y brillos dos días después caminan por la alfombra roja. Para ellas es el maquillaje, los peinados y los escotes. Y para ellas se visten las mesas con lámparas de tul azul y flores gigantes, y los platos con colores vistosos y contrastes. Elena Tejeira diseña el menú a sabiendas de que ellas son las estrellas. Aunque en su cocina uno no sospeche que se prepara una fiesta. Los cocineros se mueven lento. En las heladeras ya está pronta la base para los platos que comerán los mas de 600 invitados.
Pensando en que todo será televisado se preparan los bocados rosados de pescado, las láminas de lomo con hojas verdes. Los únicos rebeldes son los ñoquis de calabaza. 50 mozos y tres maitres trabajan para que lleguen con la temperatura adecuada a las 60 mesas de los comensales. No hay producción ni maquillaje. Ellos son la única excepción de la fiesta. Después, ya de gala vendrán los postres: brochette de frutas y arándanos, rogel y creme burleé.
Entonces, cuando los tenedores pequeños comienzan a descansar sobre las mesas las cámaras se apagan. La fiesta termina. El salón de nuevo desierto apenas presenta rastros de vida: servilletas usadas en el pisos y copas con labial sobre las mesas.