Mundos imposibles

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Por: Mariángel Solomita

Las primeras seducciones del teatro fueron una mala palabra y un telón. "Quilombo", y una luz que esta cronista imagina roja. Sergio Blanco vive en Francia desde que tiene 21 años. La mitad de su vida la pasó en París, sin embargo escribe en español y, hay que decirlo, vive de lo que escribe.

A pocos días de realizada esta entrevista se repondría en Montevideo El herrero y la muerte (Mercedes Rein y Jorge Curi), la obra que en 1981 montó Jorge Curi en el Circular; la primera vez que Sergio, 10 años de edad, escuchó una palabra que en su casa no se podía decir. "Y allí me di cuenta de algo que tiene el teatro: se emancipa tanto el hacedor como el espectador, porque al escuchar esa mala palabra me hacía cómplice. Yo por primera vez fui emancipado en el teatro".

Al segundo encuentro lo recuerda con una sensación. Un teatro -Solís- que este niño sintió como un barco y al escenario el inicio de un viaje. "La fascinación. Era la obra El burgués gentil hombre (Molière, dirección de Milton Schinca), y me impactó un detalle periférico, esa especie como de guillotina que se levantaba y daba vida al acontecer teatral y recuerdo ver esa luz y decir `hay otro mundo detrás de ese telón` y entrar. Y fue más un encuentro con el campo de la ficción que también es el teatro."

A los 19 años dirigió por primera vez, Ricardo III (William Shakespeare). Entonces Atahualpa del Cioppo llamó a sus padres para pedir una autorización: quería asistir a los ensayos del próximo montaje de Sergio, La Gaviota (Antón Chéjov). "Hace 20 años él me decía `preocúpese más del actor que del personaje`. Me enseñó mucho sobre la construcción de la escena. Fue todo un invierno en el que yo iba a la casa de Atahualpa. Esa Gaviota no se hizo, yo me gané una beca y me fui a Francia y hubo algún otro accidente que impidió que se estrenara."

En Francia empezó a escribir. "Me fui con 21 años a estudiar a la Comedia Francesa, me di cuenta apenas llegué que dirigir allá me iba a ser muy difícil, exiliar al director era casi imposible. Cuando decidí radicarme en París aparece la escritura, quizás para remplazar al director que no pude ser allá.

Por otro lado está muy vinculado al encierro. En 1998 yo no tenía documentos, era el Mundial y Francia reforzó la fuerza policial. Desarrollé esa paranoia que desarrolla el clandestino de que en cualquier momento te pueden encerrar. Me encerré en el apartamento y empecé a escribir. Ahí surgió mi primera obra, por eso siempre en mis personajes hay encierro, porque para mí la escritura está muy ligada al encierro y al miedo. Me provoca un malestar físico, como una necesidad que se va acumulando y es casi como vomitivo, muy corporal: necesito escribir. Me viene una primera fase que es sentarme, encerrarme y escribir ese texto, y después viene el gran trabajo de la reescritura y la corrección, que yo creo que es así donde uno escribe."

Disciplinado, tiene una rutina diaria de trabajo, de 6 A.M. hasta el mediodía. Una hora destinada a la lectura de diarios, otra a los noticieros, otra a responder correos. Luego lee, escribe un artículo, o una obra.

El idioma es otro tema. "Siempre escribo en español, quizás como una forma de reencontrarme con una lengua que había perdido. El español lo hablo muy poco, yo descifré al mundo en francés pero escribo en español".

No tiene formación teatral. Se interesó primero por el estudio teórico de las palabras (filología). Pero el reconocimiento de Antonio Larreta, Elena Zuasti, Nelly Goitiño, del Cioppo, junto a quienes trabajó, permitió que la Escuela de Arte Dramático le dejara armar su propia carrera, tomando las clases que le interesaban.

En Francia, Sergio Blanco también enseña. "A mí me interesa muchísimo la contemporaneidad. Es una opción vital, me interesa como individuo, como artista y como profesor. Ser docente me genera una responsabilidad más ciudadana -no me gusta mucho esa palabra- frente a los alumnos."

-Tu hermana Roxana, ¿cómo intervino en tu formación teatral?

-Yo aprendí mucho con Roxana. Ella empezó a hacer teatro mucho antes que yo, de niños le gustaba mucho actuar y yo tenía siempre el rol del espectador, y ella actuaba para mí y yo creo que eso formó en cierta forma mi mirada sobre el actor, el personaje, sobre la interpretación, la construcción y desconstrucción, sobre el juego, sobre la escena. Creo que ahí se fue formando mi ojo como dramaturgo y director. Quien escribe, quien dirige, es antes que nada una mirada. Sobre el mundo, sobre la escena, y después, sobre su equipo de trabajo. Roxana fue muy maestra para mí, desde una zona más infantil, y después más adultos, trabajamos mucho juntos.

-¿Kassandra (2008) la escribiste para ella?

-No, no. Es muy raro que escriba pensando en alguien particular, sólo me pasó con Kiev (2003), que lo escribí pensando en Gloria Demassi. Yo digo que es co-autora porque todavía recuerdo su tono de voz. Sus tonos de voz los tengo desde los `80. Fue el único texto en el que pensé en una voz. La voz de Gloria me ayudaba a cambiar el texto, y es que en el teatro uno piensa mucho más en la materialidad de la escena, en la carnalidad del actor que lo va a construir, que lo va a interpretar. Fue casi un trabajo de escritura musical, cambiaba frases para adecuarme a esa voz.

-Todos tus textos están dedicados, ¿qué importancia le das a las dedicatorias?

-Para mí es fundamental. Forma parte del texto, es una didascalia afectiva, condiciona mucho la lectura de ese texto, fijate mi trilogía que habla de la familia, `45 (2002), Kiev y Opus Sextum (2004). `45 habla acerca de la figura del padre y la dediqué a mi padre, Kiev de la figura materna, la dediqué a mi madre, Opus Sextum habla del vínculo entre hermanos, la dediqué a mis dos hermanas. Esas tres dedicatorias son las que están diciendo que es una misma obra articulada en tres capítulos, que hablan de la familia como ese espacio terriblemente claustrofóbico del que no podemos salir.

-Has dicho que "sería mejor no tener origen"...

-Sí. A veces es interesante el desconcierto, el desconocimiento. Se habla mucho de conceptos de identidad como la patria, que para mí es terrible. Para mí la identidad es mucho más flexible y compleja.

-¿Dirigiste alguno de tus textos?

-Nunca. Iba a dirigir Kassandra (lo hizo Gabriel Calderón) y no pude por agenda. En otro momento empecé a hacer Slaughter (2000) con Roxana, Roberto Suárez y Yamandú Cruz y no puede, me tuve que ir. A mí me es muy difícil quedarme tres meses en un lugar, viajo mucho. Además me parece más interesante que otros tomen mis textos. Cuando se va a dirigir uno de mis textos, me invitan a las primeras lecturas y yo voy con los técnicos. Me parece interesante un director entrando en otro mundo, en otra estética, que es la del dramaturgo. Yo no decido, soy un técnico más, la palabra es un discurso más, pero no es el más importante, porque me parece que el teatro es una pieza inconclusa, para que entre en funcionamiento necesita de mucha gente; entonces me presto a un juego en el que soy un elemento más de ese engranaje.

-¿Qué felicidad te aporta escribir?

-Siento placer en el procedimiento de la escritura, más que en el retorno que uno pueda tener. A mí me maravilla en el arte esa capacidad de ensanchar el horizonte de lo real, por eso creo que a veces escribo para crear esos mundos imposibles, para ensanchar ese horizonte.

-Tu gusto, ¿a qué publico se acerca?

-Nunca pienso en un público.

-Aquí han premiado todas tus obras...

-Sí, y siempre es un honor, pero a los premios los ubico en un contexto, son tres o cuatro personas que deciden, no es un buen termómetro...creo que nada legitima la buena o mala calidad de un producto artístico, el único juez es el que va a recibir esa obra. Nunca pienso, ni sé, si el teatro está dirigido al público, para mí el arte no es comunicar, es decir.

Con las voces confusas del arte Sergio tuvo otro impacto a los 13 años cuando una profesora abrió un libro y les mostró a sus alumnos una lámina de Botticelli, La llegada de la primavera. "Fue un antes y un después. Ella nos hizo entender el discurso del Renacimiento no por la palabra, sino por una mirada sobre esa tela. Abrió otro mundo. Ese instante cambió mi vida. El arte puede cambiar a una persona, a mí me pasó."

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