Por: Mariángel Solomita
Tiene unas hojas en la mano y viene caminando hacia el set, flaco, con zapatos de vestir y un short rojísimo que le queda grande. Mientras indica el camino a su camarín se cruza con una vestuarista. Le ponen, sobre el torso desnudo, un chaleco formal. Mario Alarcón interpreta a un viejo loco. "Desubicado con su tiempo". Y le encanta.
Argentino. 66 años. Un año de abogacía, muchos de suerte. Él lo afirma, "soy un privilegiado"; es que Alarcón pudo vivir actuando.
"Soy rosarino y empecé haciendo radioteatro en Rosario. Me fui al servicio militar y cuando volví a Rosario entendí que por fuentes de trabajo había que ir a Buenos Aires sí o sí. Me radiqué allí en el año 1968 y, obviamente, la clásica: una pensión, buscar trabajo, empezar a estudiar, estar solo, ir viendo lo que pasa. Me fui afincando digamos", explica y uno que lo escucha podría imaginarse una historia tanguera. Porque a Alarcón solo le falta el sombrero negro. Será que ha interpretado a varios personajes de la Argentina de los años `20. Precisamente en estos días es la obra Mateo, de Armando Discépolo, la que le impide instalarse toda la semana en Montevideo, donde reside de lunes a jueves para actuar en la sit-com de Canal 10 Bienes Gananciales. Pero el 11 de abril se termina la obra y entonces podría quedarse, dice y se sonríe. Dicho esto, su colega Robert Moré entra en silencio y coloca cuidadosamente una hoja blanca en el piso, a la altura de sus ojos. "El dulce de leche es uruguayo." Pero Alarcón es un profesional y no dice nada.
"El director Eduardo Rípari (Los Roldán, Los exitosos Pells, Porque te quiero así I y II) ya me conocía, yo había trabajado con él en televisión en Buenos Aires hace muchos años, entonces un día me convoca y me dice si tenía interés en venir a Uruguay a hacer una sit-com y le dije que sí, que me encantaría. Yo estoy agradecido porque siempre un trabajo es lo más importante para el actor. Siempre digo que los actores trabajamos de buscar trabajo y encima es un personaje de comedia familiar, de gags pegaditos...me hace sentir libre."
En su país Alarcón pisó todos los escenarios. En teatro trabajó con Villanueva Cosse, Mauricio Kartun, Juan Carlos Gené, Lito Cruz, pero cuando se le pregunta qué realización recuerda con más cariño habla de cine "¡Y la primera! El agujero en la pared, porque tenía un personaje co-protagónico con (Alfredo) Alcón y fui dirigido por David Kohon. Las poquitas cosas de cine que sé me las enseñó él. Me quedó grabada una escena que ensayamos y él vino y me dijo `no Mario, olvidate del teatro, esto es cine, todo es más chiquito`. No sé qué me pasa con el cine, debe ser un apasionamiento.
-¿Va más al cine que al teatro?
-Sí, pero no se lo digas a nadie porque en el teatro me van a matar. A mí me gusta la rutina de prepararse, ir al cine, sacar la entrada. Y en el cine siempre me pasa que el clima que se genera a mí me copa muchísimo. El tema de resolver las cosas rápidamente, estar muy atento. El equipo está todo ahí, integrado, y trabaja a full. La televisión lo que tiene es la inmediatez, el teatro lo que tiene es que primero los actores ensayan y después al final se incorpora la técnica; en el cine es todo contacto y ahí. Y se crea un clima muy especial. No sé decirte particularmente porqué me gusta el cine. Siempre digo la misma frase: si en mi país hubiera industria de cine, yo, por mucho tiempo me dedicaría al cine.
-Cuando elige un trabajo a qué le presta más atención, ¿al director o al texto?
-Depende y depende y depende. Mirá, yo no tengo problema con los directores, no le presto tanta atención al director porque me considero un tipo bastante maleable, no soy un actor conflictivo. Uno tiene que estar capacitado para adaptarse al director. Me fijo sí en el personaje, me fijo en la obra, aunque esto también a veces es relativo porque en momentos que estás sin trabajo…aparece un trabajo y tenés que decir que sí.
-Usted ha dicho que al trabajo hay que pelearlo, ¿cómo se hace?
-Lo englobaría con la palabra "profesionalismo": venir en condiciones laborales, llegar un rato antes del inicio, tener la letra sabida; eso hace que la gente te vea como un bueno profesional. Eso es básico. Eso es básico porque en la televisión y en el cine el minuto que se pierde es mucha plata, eso el productor lo valora mucho independientemente de tu talento. Salvo que seas una figura que hay que tener sí o sí y te banquen todo.
-No le tiene miedo a los castings. Al personaje del juez en El secreto de sus ojos (Juan José Campanella) llegó de esa forma.
-Mirá, no es la palabra miedo. Hay un prejuicio que he escuchado cuando era dirigente de actores en el sindicato nuestro, que algunos actores ahí en el café decían: `yo casting no hago`. Casting lo confundían con prueba y no es así. Uno puede ser muy buen actor pero el cine es imagen y yo director tengo que ver qué me da a mí tu cara.
Yo fui a hacer ese casting para otro personaje. Me estoy yendo y el chico que le hace los castings a Campanella habitualmente me da un texto del juez y me dice `improvisá` ¡O sea que la virtud fue del castinero! Tuve la suerte de participar de esa película obviamente sin imaginar la repercusión que tendría.
-Leí que le gusta estudiar en la madrugada.
-Sí, cuando hacía secundaria mi rutina era levantarme a las 4 y 30, 5 de la mañana y ponerme a estudiar. No sé por qué tengo la cabeza fresca a esa hora. Y así sigo estudiando.
-Con tantos años de actuación y tantos compañeros, ¿cuál diría que es el peor vicio del actor?
-Hay muchos. En el teatro hay uno que es mortal que es la mecanización, cuando vos hacés muchas funciones durante meses, el gran problema es inconscientemente no ponerle emoción. Es uno el que tiene que estar alerta. Tratar de estar siempre fresco, no entrar en lo que llamamos en la jerga `poner caras`, y el público de hoy no es el de hace 50 años, hoy el público es más exigente, conoce más, sabe más, cree más. Hay que pensarlo eso de no mecanizarse. Y evitar la tensión, porque eso lo siente el espectador.
Aparece otra hoja blanca en el piso. "Gardel, Messi y el chimichurri también son uruguayos." Se ríe levemente, "¿qué dice?", pregunta.
-Gardel, Messi y el chimichurri también son uruguayos.
-Para terminar me gustaría decir que si en algo mi trabajo gusta o se siente bien o se ve bien es por la excelencia de los compañeros que he tenido acá, actores y equipo, nunca me he sentido un actor invitado. Me han tratado tan bien que ya me da asco. Lamentablemente no me han dado un motivo para quejarme lo cual me irrita un poquito.
Alarcón es un profesional. Se despide, indica la salida, "apriete el botón rojo y empuje la puerta", entonces ahí se escucha, debió haber ido directamente al camarín de su compañero, "¡Mirá que sos irrespetuoso vos!..."