Historias de vida

| ¿Cómo se vive la selección? Un periodista de Sábado Show se presentó al casting y lo cuenta.

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La fila era chica, pero las expectativas grandes. 107 personas estaban ya anotadas, apenas pasaban las once de la mañana. Hacía una hora que la producción de Gran Hermano buscaba uruguayos dispuestos a entrar en "la casa más vista de la televisión". Ya habían atendido a 64 personas. Ahora había 108.

De portland y lata, el galpón de Canal 4 abrigaba grandes ilusiones. Y gente de todos los tipos: darkies con la cara cubierta de delineador negro y mechones desteñidos con agua oxigenada, algún travesti en sandalias de strass y caravanas plateadas, gente que pasaba desapercibida e incluso alguna rubia aspirante a modelo con brushing de peluquería. Todos sostenían un formulario numerado que rezaba "Gran Hermano 2012: primera entrevista personal".

El foco que desde el inicio de la fila iluminaba el resto llamaba al estrellato y anunciaba la próxima y ya tangible fama. Yésica, así la llamaremos, era lo único que quería: fama. "Que todos me rodeen, firmar autógrafos, que sepan mi nombre… ah, la fama" decía mientras esperaba en la línea. No se acordaba de los participantes que en otros años integraron la casa, ni pensaba en ese destino. Ah, la fama.

Ya sabía lo que haría con el dinero, porque acá, en los galpones de portland, ella ya había ganado el juego y se veía atravesando el parque de la casa con la valija, iluminada por las luces de Telefe, por los flashes de las cámaras, rozando desde la pasarela con sus manos las manos de los otros, los de afuera, que en gritos coreaban su nombre. Yésica con el dinero se iba a hacer las tetas. "Para quedar más parejita". Claro, ella ya tenía la estrategia: sería la simpática de la casa. "Yo trataría de llevarme bien con todos, ser la buenita. Porque eso de ser mala no va conmigo, aparte así no me nominan". Pero ahora se mordisqueaba las uñas sucias y descascaradas del esmalte rosa nacarado. "Estoy tan nerviosa", suspiraba.

No era la única, el resto de la fila formaba grupos para exorcizar los nervios con la lengua. Nadie sabía en qué consistía el casting. Los aspirantes preveían cámaras, micrófonos, fotos. Había un único requisito formal, tener entre 18 y 35 años. Pero en las charlas de la fila ya se competía con la única destreza que el formulario no mencionaba: la historia de vida.

Seguramente muchos habían hecho otras filas en su vida: en el Registro Civil para la cédula, en la Intendencia para la libreta, o en Ancel para cambiar el celular. En ninguna la "historia de vida" era un requisito fundamental. Pero en esta solo se hablaba de eso. ¿Dónde se compraba una historia de vida? ¿Cómo conseguirla? En definitiva, ¿qué era? Aunque no estuviera explicitado en la fila lo sabían.

Tres horas después de iniciado el casting, la gente de producción decidió almorzar. La chica con el número 96, la próxima en entrar, miró con desesperación la hilera de filas que adentro del edificio del canal eran el próximo paso. Las vio desde el vidrio de la puerta durante una hora y media.

El resto prontamente decidió poner a prueba la mercancía y contar parte de su biografía. "Soy madre soltera, mi padre era fiolo y mi madre prostituta. Mi madre me abandonó". "Mi padre me abandonó también y tengo dos hermanos que no conozco". Yésica estaba preocupada, no tenía una historia de esas y tampoco la entusiasmaba la idea de perder la privacidad. "A mí no me gusta eso de que se metan tanto en la vida privada. Hay cosas que mi novio no sabe. Viste cuando estás soltera y salís con amigas...". Pero ese era el precio de la fama.

Cuatro horas de pie esperando, 240 minutos. Cuando faltaban veinte para las cuatro, el casting se reanudó. Nadie había desertado. Las ansiadas quince sillas del corredor se llenaron. En la línea estaban entregando el número 165.

Un cartel con logos de Canal 4 cerraba el paso a la mirada, generaba expectativa. ¿Qué habría del otro lado? Las mujeres se maquillaban o se cambiaban championes por tacos. Contaban los segundos. Porque el casting se había acelerado.

En nueve minutos pasaron las diez personas que antecedían a Yésica y fue su turno. Con su mochila se levantó más nerviosa, mucho más nerviosa que antes. Los que quedaban atrás le desearon suerte como lo habían hecho con los anteriores. Y atravesó el cartel.

Del otro lado no había ni cámaras ni flashes. Solo dos escritorios enfrentados y en cada uno una silla que esperaba a los participantes. Fue solo una pregunta: "¿Por qué querés entrar en la casa?" La respuesta, y nada. "La producción va a leer los formularios y se comunican contigo". Nada.

Afuera muchos asombrados contaban lo mismo. Pero el darky contaba que para él el interrogatorio había sido un poco más intenso. "¿Qué estás dispuesto a hacer para ganar?", le preguntó uno de los encargados de seleccionar. "Cualquier cosa", contestó el otro. Siguieron hablando. Estaban ante una historia de vida.

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