Chuchito Valdez viene de una ilustre estirpe musical De grandes hombres. Y también de hombres grandes.
Por: Elbio Rodríguez Barilari
Los Valdez son cubanos, por supuesto. Y como tantos cubanos, aquejados de exilio y separación. Bebo, el abuelo, ha decidido vivir en Europa.
Chucho, el padre, se ha quedado en Cuba, donde no sólo es profeta en su tierra sino importante funcionario.
Chuchito, el nieto, primero se vino a Chicago, ahora mayormente reside en México, pero anda siempre de gira, en el duro oficio de músico nómade.
Para los Valdez, la música es un asunto de familia.
Bebo, el abuelo, es el típico pianista de música afrocubana, tremendo para todo lo que sea rumba, son, mambo, chachachá y boleros. Con los boleros, hace maravillas, tiene un buen gusto exquisito. Y se ha mantenido incontaminado por el jazz, algo raro en las generaciones posteriores.
Probablemente los lectores conozcan a Bebo Valdez por el CD con el cantaor flamenco El Cigala, con el que se ganaron un Grammy y otros premios.
Chucho, el hijo, es el típico pianista de transición de los 60 y 70, el que conoce al dedillo la música cubana, pero también el jazz y la música clásica. Que tanto te toca un mambo como un tema de Coltrane o una sonata de Beethoven.
Chucho es, además, junto con Paquito D`Rivera y otras lumbreras, uno de los fundadores de Irakere, la banda que en los 70 conquistó al mundo para el jazz latino. Hasta que Paquito d`Rivera y Arturo Sanvodal decidieron exiliarse, Irakere fue una de las bandas dominantes en el panorama del jazz a nivel internacional. Luego, la carrera solista de Chucho Valdez ha continuado al mismo impresionante nivel.
Chuchito, el nieto, es más como el padre, capaz de hacer las tres cosas, música cubana, jazz y clásico, pero tiene su estilo propio, exuberante, capaz de las mayores delicadezas y también de explosiones sonoras que, literalmente, hace saltar las cuerdas del piano.
Esta semana Chuchito volvió a Chicago después de varios años. Y para presentarse nada menos que en el prestigioso Jazz Showcase, uno de los clubes de jazz más respetados a nivel mundial.
El Jazz Showcase también pertenece a una estirpe. El perseverante Joe Segal lo abrió en 1947 y lo ha mantenido abierto sin parar por todos estos años. Años en los que el jazz tuvo sus épocas de oro y sus épocas de vacas flacas. Su hijo, Wayne Segal, heredó esta afición genética al jazz y hoy juntos manejan este templo dedicado a la memoria de Charlie Parker.
Si tengo que ser honesto, tocar ahí, en ese escenario, ante un enorme retrato de Charlie Parker que ocupa todo el fondo del escenario, y con Coltrane mirándote desde otro enorme retrato en la pared opuesta… bueno, es como que da cosa. Y ha sido una de las experiencias musicales más fuertes que me ha tocado vivir.
Ahí mismo volvió Chuchito con su trío. Trío es un decir, porque la absorbente personalidad del pianista hace que en vez de trío, sean él y dos más.
En el repertorio desfilaron cosas como Bésame mucho, que uno, en fin, ya no quiere oír otra vez… pero que Chuchito da vuelta de adentro para afuera y te hace disfrutar una vez más. O un tema de Pablo Milanés metamorfoseado en espléndida balada jazzística.
A veces se sumerge en prolongadas exploraciones de piano solo antes de darle entrada al bajo y a la batería, como en el bellísimo Capullito de Alelí. Y ahora, si, cuando entra a meter el típico TUMBAO cubano, bailan hasta las columnas de las luces…
Hubo guiñadas para el público más ortodoxamente jazzero, como una versión muy poética de Over the rainbow, tan famosa en la versión hollywoodense de Judy Garland. Y para terminar del repertorio ellingtonian, Toma el tren a. Pero un tren que iba a mil, un tren estruendoso y demoledor, que se llevó, de paso, todos los aplausos.
Bebo, Chucho, Chuchito… ¡qué familia los Valdez!
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