Por: Ximena Aleman
Está permitido reírse. Aunque ella sea una manipuladora obsesionada por el mismo hecho desde hace 23 años. Aunque su hermana viva postrada y autocompadeciéndose en una cama. Aunque el esposo engañe a esa esposa que se victimiza. Aunque el hijo se enamore de la amante del padre. A pesar de todo eso, está permitido reírse.
El permiso lo otorgan Alberto Zimberg y Carla Moscatelli, director y actriz de la obra de teatro Los padres terribles, una adaptación del texto homónimo del cineasta y dramaturgo Jean Cocteau que se estrenó en 2009, pero que sigue viva. Tan así que se presentó en Argentina, Brasil y México, y que desde ayer se repone en el teatro El Galpón, con funciones previstas también para hoy y para el próximo viernes y sábado.
-¿Cómo llegaron al texto de Cocteau?
-(Alberto Zimberg) En Anhelo de corazón se tocaba el tema de la familia desde la incomunicación y desde la repetición con el rompimiento de la linealidad en la dramaturgia. Queríamos transitar nuevamente el camino de lo que puede ser una familia disfuncional y llegamos a este texto de Cocteau. Lo que nos pareció muy interesante eran los personajes, los vínculos y esa vuelta de meter el pie en el acelerador de lo que es el vodevil negro. Ese es el riesgo y la búsqueda de lo que hicimos. Nos gusta hacer una versión de los textos, meternos para poder modificarlo. Hay escenas, por ejemplo, que no estaban escritas. El rompimiento de cierta linealidad también lo hicimos en El rey se muere eso hace que a la hora de empezar a jugar y plantearte haya mucho camino recorrido.
-¿Cómo fue el trabajo de elaboración de los personajes?
-(Carla Moscatelli) Eso es lo más rico, construir. Una obra dura una hora y media, pero vos estás reconstruyendo personas que tiene muchos años de vida, de vínculos. Algo que trabajás es la escena anterior a la primera escena para imaginarte esos vínculos. En el caso de Los padres terribles, Cocteau genera mucho la anécdota, hay muchos elementos para alimentar la vida de esos personajes. El autor te da algo, pero vos tenés que construir, imaginarte el subtexto. Usar tus elementos como actriz, tus vínculos personales, personajes de otras historias. Eso te va alimentando y generando esa cosa que es una ficción pero que tiene que ser verdad. Es un trabajo precioso de hacer, pero en el momento te sentís horrible, porque es un proceso de angustia y frustración.
-(Zimberg) Y las referencias son del mundo interior y de lo que podés ver. Cuando estás en el proceso todo se asocia a lo que estás haciendo, todo parece estar confabulado. Uno se predispone. Como director, además, tenés que tener la apertura de trabajar con el otro, porque la visión de uno es como una línea hacia un objetivo que como de tiza se va haciendo cada vez más gruesa con la contribución de todos. El tema es encontrar ese camino, pero es lo que nos gusta.
- El equipo de Los padres terribles conforma un grupo estable, Terrible Producciones, que ha puesto en cartel otras obras como Anhelo de corazón y El rey se muere. ¿Qué los caracteriza?
-(Zimberg) Sería poner en escena proyectos desde una mirada donde existe el compromiso, donde lo corporal está presente, donde hay un lenguaje estético que va acompañado con un estilo de actuación. Proyectos donde la verdad está presente, donde hay una búsqueda de entretener, más allá de contar algo intenso o dramático. Y sobre todo se intenta dar una nueva lectura a autores que han marcado a nivel universal un antes y un después y que tratan temas que nos importa decir. Queremos arriesgarnos en la lectura que le estamos dando al texto, jugárnosla. Si no, no tiene sentido estar meses trabajando. Buscamos estar convencidos de que lo que hacemos nos pertenece, que hubo una búsqueda, un trabajo, una experimentación.
-¿Cuál les parece que es el mayor atractivo de esta obra?
-(Moscatelli) Es muy abierta. Nuestras familias y amigos están acostumbrados a ver cosas muy experimentales, pero esta es una obra que se le puede recomendar a cualquiera. Cocteau es un autor de culto, es un genio que transitó casi todas las ramas del arte. Está traducido de una forma muy inteligente y la puesta en escena es muy dinámica. Es una familia con la que cualquiera se puede identificar, porque nadie tiene la familia perfecta, por suerte, porque detrás de cualquier perfección se esconde algún monstruo. Ver estos vínculos permite plantearse la familia, porque esta crisis tiene que ver con que hemos dejado que la escuela, el Estado y otros se ocupen de lo que se tiene que ocupar la familia. Si entendemos que la familia está enferma y no nos horrorizamos, capaz que podemos solucionar algo.
-(Zimberg): Más allá de la historia y de los personajes con los que nos podemos identificar, también hay una propuesta en el estilo que encontramos. La obra es un grotesco vodevil negro que es difícil de encasillar, donde se transita desde el humor más voraz, más negro y al límite, hasta el drama. El público se ríe pero sale reflexionando. La estética va de la mano y apoya lo que se quiere mostrar. Coctau decía que no sabía si esto era un drama o un vodevil, nosotros tomamos eso como puntapié para no caer en el drama.
-¿Cuáles han sido los mayores cambios de la obra en estos años?
-(Zimberg) Trabajamos mucho desde el juego, desde la precisión de la puesta en escena, eso se mantiene. Dentro de ese encuadre los personajes se permiten disfrutar cada vez más. En cada función vuelve a repetirse una búsqueda de lo que se encontró, pero ya sin empezar desde cero. De alguna manera, el humor que estaba presente inicialmente se ha consolidado. Llega un momento en que arranca la obra y hay una seguridad, no solo en los personajes, si no en el otro, entonces una mirada se traduce en un gesto, en un movimiento diferente.
-(Moscatelli) Cada reposición te da la chance de rever. Si bien lo grueso está, podés seguir bordando, viendo detalles y opciones. Que la obra ruede te da la seguridad para ablandar el juego. En cada reposición vas encontrando nuevas miradas y guiños y matices dentro de la misma verdad. Encontrarle esa verdad a los personajes es lo más arduo, encontrarles el motor, después el código llega, pero antes hubo que buscar esa verdad. Realmente es una satisfacción hacer esta obra que es como una locomotora que no para, va creciendo, generando quiebres nuevos y nuevos significados eso la hace muy dinámica. El haber transitado desde ese espacio chiquito de Espacio Teatro generó mucha verdad, después esa verdad se puede proyectar en salas más grandes. Pero ahí no podías mentir. Si ese personaje, ese exceso, no está cargado de una verdad es espantoso. Si estás ahí en un envase, se ve. Y no se sostiene ni una temporada.