POR XIMENA ALEMAN
Su presencia se impone en la sala. El resto son revistas de música, cajas de CD`s, dos taburetes, unas pantallas, ocho bajos y seis guitarras eléctricas. Y ese contrabajo de madera agrietada, que suena desde principio del siglo pasado y parece condensar el aire de la casa. "Tengo todo al alcance de la mano", dice Popo Romano. Y con todo se refiere a esas pocas cosas que constituyen su cuarto de música.
Tiene 54 años y una trayectoria que lo señala como el bajista más importante del país. Los acordes de su bajo, un Fender Jazz Bass del `75, resuenan en los últimos 40 años de la música nacional. Por ese bajo pasaron Alfredo Zitarrosa y Eduardo Mateo, Ruben Rada y Jaime Roos, Mónica Navarro y Martín Buscaglia. Y muchos más. Él apenas se ensancha con tanta historia arriba, solo dice: "A veces tengo el temor de pecar de modesto, pero me llena de satisfacción haber tocado con todos esos músicos, porque los currículums los hace uno. Para mí es como una calificación que tengo que me llena de alegría y agradecimiento por haber sido invitado a formar parte de esos laburos". Y no comenta mucho más.
DE BAJOS. Prefiere hablar de sus instrumentos. Esos que él cuida "como un demente". "No es que coleccione", aclara, "pero cada uno tiene una particularidad y lo utilizo para determinada respuesta. Han pasado una pila de instrumentos por mis manos, todos con ese objetivo de búsqueda, de ponerles el ojo por alguna cualidad que descubro y que me seduce. Si hubiese sido por mí no me hubiese desprendido de ninguno".
Alguno de esos bajos combina más con el sonido de Malena Muyala, otro con Larbanois-Carrero, con su sonoridad acompañan mejor a los músicos con los que comparte escenario. Ese es uno de los secretos que lo hacen un músico tan solicitado.
"Popo es un gran bajista", explica Edú "Pitufo" Lombardo, quien lo conoció en la banda de Jaime Roos y con quien luego integró el grupo Mateo x 6, "Tiene un gran dominio de su instrumento, pero además se preocupa por aggiornarse. Siempre tiene lo último y está con la instrumentación al día".
Para él no se trata tanto de aggiornarse, como de saber acompañar. "Cuando a vos te invitan a formar parte del proyecto de un músico, una de las preocupaciones es colaborar con esa propuesta, aportar pero no contaminar. Ubicarme en que el que está diciendo es el otro, y que yo soy un colaborador".
La historia con sus bajos empieza hace 38 años. Pero la historia de Popo y el rock arranca antes, en el cumpleaños de quince de una prima: con 14 años debutó con su primer grupo tocando la guitarra eléctrica, que era lo que sabía. Ese grupo siguió rotando en los siguientes cumpleaños. "En uno conocimos a un veterano de 18 años, lo veíamos como un tipo que la tenía mucho más clara que nosotros. En ese grupo no había bajista y yo era la primera guitarra porque hacía las melodías. Él, viendo esa característica mía, me propone tocar el bajo".
El Fender Jazz Bass llegó dos años después. Porque el bajo suena lo que suena su madera, y la madera del `70 es buena, ese bajo es casi una reliquia. "Fue mi primer bajo de marca buena. Hoy vas a una casa de música y hay instrumentos de buena calidad, en la época en que compré esto lo tenías que mandar a traer y esperar cuatro meses. Y cuando lo trajimos era una pieza muy particular". Todavía hoy lo es. "Aunque ha mejorado muchísimo la tecnología del micrófono, lo que reproduce es la calidad de la vibración y eso lo da la madera. Las maderas de aquella época vibran de una forma que no vibran las demás".
Pero en esos dos años Popo ya había desarrollado a tal grado su obsesión con la música que había arrastrado a ese mundo a sus hermanos. "Es una característica en mi vida, soy obsesivo con lo que me gusta. Hubo cierta preocupación, sí, por mi estado psíquico. Yo no salía a ningún lado, estaba permanentemente escuchando música, encerrado en mi cuarto, con la luz apagada", recuerda. "Estoy perdidamente enamorado de la música. Me agarró a esa edad y ya no la pude soltar más. Y mi pasión generaba un contagio." Entonces ya tocaba profesionalmente en el grupo Los Campos y había resuelto dedicarse a la música. "Fui buen estudiante, terminé bachillerato y cuando dije en mi casa que me iba a dedicar a la música ya había una confianza de que yo era un tipo dedicado, esmerado y lo iba a hacer bien".
DE INSPIRACIÓN. Aunque fue presidente de SUDEI y es presidente de FONAM y asesor del MEC, dice que vive en otro mundo. En ese mundo compone y creó las canciones de los cuatro discos de su proyecto solista Cuarto de Música, Cortinas, Otra mañana y Susurro Montevideano.
"Vivo en un mundo distinto al de la mayoría de las personas, salgo a la calle y me vinculo con ese mundo. Pero sé que a nivel estético, sensible, me meto en una dimensión diferente al resto de mis amigos y familiares, entonces los sonidos me generan estados diferentes a lo que es el cotidiano de los individuos". Su familia aprendió a convivir con ese estado de inspiración sensible a cualquier exabrupto. "Desaparece el entorno y si alguien te toca te asustas, me pasa cuando estoy estudiando, componiendo o dando clases. Los sonidos generan distintos estados".
Esos estados generan otros estados de inspiración. La bailarina y coreógrafa Graciela Figueroa, por ejemplo, en base a su música coreografió el espectáculo Molto Vivace. "Hugo Fattoruso me pasó Fin de octubre de Popo, fue la primera de sus músicas con la que entré en contacto profundo", explica ella. "Esa música, además de ser sutil, tiene un fuerte contenido motriz. La escuchás y se te mueven las células adentro".
Martín Buscaglia conoció ese mundo a los 17, cuando integraba Bajos Instintos, una de las bandas de Popo. "Su música es muy espiritual, te afecta benéficamente, son mantras luminosos. Pero lo que yo más recuerdo son los ensayos los domingo de tarde en su casa tomando el té. Más allá de su virtuosismo le preocupa el coloque", comenta el músico.
Más allá del coloque el consejo para sus alumnos es: "Sé responsable, el mundo en que vivís requiere determinadas cualidades, condiciones". Ese mundo es el del supermercado, un mundo por el que el transita a veces y que siempre agradece poder compatibilizar con el microcosmos de su cuarto de música. "En otro lugar los músicos son jazzeros, de blues, de rock porque con eso pueden vivir, acá no. En algún momento vas a tener que hacer de todo, yo lo hago con pasión y con locura, pero eso le da al músico una ductilidad impresionante".
DE CONTRABAJO. Su ductilidad le permitió tocar con Gloria Gaynor la canción I will survive, ser invitado fijo del Festival de Jazz de Punta del Este e integrar la fila de contrabajos de la Orquesta del Sodre. La música clásica, hace 18 años, fue un vuelco en su carrera. Muchos de sus amigos apostaron entonces a que sus presentaciones como músico invitado lo llevarían a integrar la Orquesta de forma estable. Pero no. "Yo soy un bajista eléctrico", afirma.
Sin embargo, ese contrabajo es el centro de la casa. Lo compró luego de su primer festival de Jazz, tras una buena e inesperada temporada. Es pesado y exigente, le descubrió su gusto por ese ritmo. Y la comunión con esa madera habla tanto de su pasión por la música como su trayectoria. "Es un instrumento muy interesante de aprender, genera un vínculo muy grande. Estás abrazado a él. Con los bajos eléctricos pasa igual, pero hay una distancia entre el instrumento y por donde sale el sonido, acá vos estás abrazado al parlante, se produce una comunicación entre lo que vos tocás y cómo él vibra lo sentís en el cuerpo".