Por: Mariángel Solomita
Todas son películas. Cuando Néstor Frenkel hace las suyas, se imagina a sí mismo como su espectador ideal. En Concordia, Jorge Mario también hace cine. Armado de una cámara y varios rollos Súper 8, este odontólogo filmó viajes familiares, casamientos, la destrucción de la ciudad Federación, hizo películas de espionaje y un western, Winchester Martin, que ahora, convertido en protagonista de un documental, se propone volver a rodar.
Todas son películas. Para Jorge Mario esa carrera que se construyó entre 1970 y 1982, da de sobra para reinventarse. "Murió" el Súper 8 y ya no dirige, pero proyecta sus cintas, las digitaliza, convirtió a una de ellas en una novela policial. Y retoma sus obras para modificar los títulos, modernizar tipografías. Las vuelve a ver y repasa los diálogos de los personajes, los paneos, los travellings que eligió hacer. Habla de ellas como de las otras, las más de trece mil películas que vio y de las que lleva registro.
En Amateur, uno, convertido en espectador, ve a ese otro espectador catalogar, ordenar, coleccionar. Directores, actores. Por género, por nacionalidad; los vivos y los muertos. Esto está en su computadora. En cuadernos de tapa dura guarda otros cientos de números, como los de los remates sobre artículos que él y otros coleccionan y a veces venden. Él es juez, su esposa testigo.
Se lo ve a Jorge Mario en medio de una transmisión de su programa radial, acerca de cine, rememorando aquel año (1951) en que la Fox filmó en su tierra El camino del gaucho, y él con diez años fue al rodaje. En medio de la locación había un ombú, Jorge junta firmas para transformarlo en patrimonio histórico.
Otras de sus vidas es ser boy scout. Dirige un club de niños exploradores que en los otros tiempos tenía más de doscientos socios. Frenkel lo muestra junto a sus niños, unos cinco o seis, que responden "¡Siempre listos!, ¡listos!, ¡listos!", a cada una de sus provocaciones gritadas.
Ofelia, su mujer, parece mayor que él. Lo acompaña en silencio en casi todas sus actividades. De la cámara se escapa o la mira de reojo, con pudor.
Jorge Mario, odontólogo, cineasta amateur, boy scout, filatelista, conductor radial y televisivo, experto en tiro al blanco, ex basquetbolista, coleccionista de latas de cerveza, etiquetas de vino, y novelista. No tiene arrugas ni canas. Frenkel lo puso delante de las cámaras y dice con respeto y admiración que es un niño grande. Un hombre en conflicto con el progreso, que intenta retener eso que los años dejan atrás, lo que se puede olvidar, perder, estropear, cambiar, envejecer. Recto, imperativo, líder, incansable. Un cowboy.
Por eso ver Amateur es estar frente a un documental que retrata a Jorge Mario y a buena parte de las creaciones de "M" producciones, pero también es observar un ejercicio de manejo del humor a disposición de un director experimentado que lo arma y desarma. Manipula hábilmente las vidas de su personaje para conseguir la mejor película posible; toma riesgos y da la cara. "Yo soy totalmente consciente de lo que provoco y sé que voy a un límite con eso, juego con ese límite y así como algunos lo ven como amenaza, como cosa festiva, con amor, algunos lo ven como una burla descarnada. Como un tipo muy canchero que se burla de un hombre de provincia, eso ya está en la mirada de cada uno. Yo sé porqué hago las cosas y para qué. Pero soy consciente de ese riesgo, está presente todo el tiempo, pero no me detengo a pensar en ello."
Cuando el Dr. Mario, como lo llama Frenkel, vio la película terminada le gustó. Sugirió un par de ideas que la hubieran mejorado, y pidió una copia de todo el material que no se utilizó en la versión final.
REALIDAD FICTICIA. "Siempre es una negociación con la realidad, según lo que va sucediendo, según cada personaje, uno va viendo hasta dónde es mejor el conocimiento profundo, el saber todo de alguien, o si puede ser más potente el primer golpe de impresión ya con la cámara prendida."
-¿Cómo fue en el caso de Jorge Mario?
-Fue un largo trabajo porque lo conocí haciendo la película anterior (Construcción de una ciudad, 2007) y tuve un par de encuentros antes de filmarlo. El proceso siguió durante cuatro años que hubo entre el rodaje de una película y el de la otra. Cruzamos muchos mails, muchos llamados por teléfono, muchas visitas. Cuando iba para el lado de Federación por cuestiones de la película, me pasaba un rato por Concordia y me pasaba una tarde con el doctor.
Esta película claramente fue de conocerse bastante, de yo saber muchos detalles, de la cantidad de cosas que había hecho, conocerlas casi todas. Siempre me seguía sorprendiendo, hasta cuando terminé el rodaje. Pero mi idea fue hacer algo minucioso y llegar a esos pequeños detalles que eran para mí como la perla que lo terminaba de describir. Eso nunca lo hubiera logrado si hubiera sido algo muy directo.
-¿Qué tanto intervino la ficción para construir la película?
-Trato de no respetar demasiado lo documental, no creo que hacer ficción sea un paso adelante, siempre es hacer cosas para una cámara. En documental la pretensión de verdad y de registro de la realidad es bastante relativo porque la persona que está hablando sabe que está siendo registrada entonces ahí la realidad ya se está salpicando de una conciencia de que hay una cámara mirando.
A veces para contar algo real uso herramientas de la ficción, genero situaciones. Hay momentos en que es documental puro: él tiene un programa de radio y yo me metí con la cámara. Hay una cámara oculta: él sabe que está siendo filmado mientras busca firmas por el ombú, pero la otra gente no; y sus reacciones son totalmente espontáneas. Y después hay cosas que no sé si es directamente de ficción: cuando está de odontólogo, sí él es odontólogo, él atiende a ese paciente que vemos y tiene ganas de proponerle actuar en la remake, pero no le salió naturalmente ponerse a hablar de la película. De hecho la puesta de cámara te lo demuestra, claramente está actuando para la cámara. Bueno, son convenciones que uno va rompiendo y jugando con ellas.
-La voluntad de hacer la remake, ¿surgió de él o lo planteaste tú?
-Fue una cosa que yo me llevé guardada bajo la manga y conociéndolo me imaginé que se iba a entusiasmar. Yo sabía que tenía las cámaras y tenía el dato de que él creía que el formato Súper 8 no se conseguía más. Fui y le dije "tengo los rollos, ¿usted se anima?" Fue en la mitad del rodaje y él…¡Siempre listo!
Se entusiasmó y yo intuía que los demás compañeros, que tienen 70 años, pero no su energía, ni su locura, le iban a decir que no; siempre la realidad está intervenida a veces más, a veces menos. Uno recrea cierto espíritu de un personaje, cierto espíritu de una narración. Él estaba y está enganchado con pasar sus viejas películas a DVD y demás, pero me pareció mucho más vital, visual e interesante que él se entusiasme con filmar, pero si me decía que no, no lo iba a forzar.
Me llevé eso como imaginación: me imaginé que le iban a decir que no, y me imaginé también ese final de la película: que iba a recurrir a los boy scouts porque están siempre listos, y los lleva un poco engañados, y me gustaba la idea de que al final está rodeado de niños que son los únicos que le siguen el tren; y que él es un niño grande que sigue jugando. Está eso de la ficción y la realidad, con los disfraces de exploradores, los disfraces de cowboy...la niñez eterna de él, los disfraces y el entusiasmo, y las ganas de hacer más allá de cómo y con quién.
mirar el mundo. Primero se acercó al cine como sonidista. Frenkel antes rodaba publicidad. En 1999 realizó en Súper 8 una serie de cortos animados Marcello G., sólo un hombre, y el mediometraje de animación Plata segura. Dice que no es tan distinto al Doctor, es autodidacta, comenzó con el Súper 8 y hay cierta actitud en él que identifica con la del que hace cine amateur.
Esos anónimos tienen un homenaje aparte en Amateur. La introducción reúne varias grabaciones hogareñas que el cineasta recopiló cuando realizó Construcción de una ciudad -su segundo documental luego de Buscando a Reynols, 2004-, el retrato de la vieja y la nueva Federación, una ciudad que se destruyó e inundó en la década de los `70 para construir la represa de Salto Grande, y la nueva, que hicieron los militares, con casas iguales donde llevaron a un pueblo perdido, sin bar ni club social ni veredas, que se encerró en su casa. Luego se descubrió el agua termal y el destino cambió. De esa película sobre es desarraigo surgió esta, opuesta, en torno a un hombre que se arraiga a cuanto puede para que nada se termine.
Aunque nunca vivió en Federación, Jorge Mario filmó una película sobre esta ciudad que se destruía. Con una de sus escenas comienza aquella película de Frenkel. Hasta ese momento, el Doctor era otro superochista. "Empecé a ver cómo miraba cada uno que me traía sus grabaciones. Porque había rollos con cumpleaños, vacaciones, festejos, películas caseras. En el caso de uno que es amateur es más interesante todavía porque hay algo transparente e inconsciente que es dónde cada uno pone el ojo, el acento. Me quedó todo ese mundo dando vueltas en la cabeza y con ganas de volcarlo en algún lado. Me pareció que podía ubicar a Jorge Mario en el centro de ese mundo."
-Dirigiste una ficción Vida en Marte (2005), luego volviste a los documentales, y ya no abandonaste el género...
-Empecé a encontrar ahí un formato que me es más cómodo. Es un poco más flexible, más parecido a jugar. A mí me gusta también el montaje entonces es algo que lo voy armando más con la acción y con los elementos con que cuento más que con una idea preconcebida muy estricta, como que necesito encontrar a tal actor y tal lugar, tal vestuario. Digamos, yo voy con ideas cuando voy a hacer un documental, pero se trata de negociar con la realidad y ver cómo uno acomoda una mirada sobre esa la realidad. Es un poco menos caprichoso como trabajo: en lugar de "quiero esto" a mí me resulta a "a ver qué puedo hacer con lo que hay". Es andar por la vida con los ojos abiertos y curiosos, más que andar ensimismado en mis ideas y mis percepciones. Tiene más que ver con estar mirando el mundo que con estar inventándome el mundo.