Mudanza demorada

En Isla de Gaspar, el cantegril más antiguo del país, viven 250 familias sobre tierras contaminadas. Hace 16 años se promete un realojo que ahora dicen que sí se concretará.

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SEBASTIÁN CABRERA

El intenso olor a la basura, que se descompone en una calurosa tarde de marzo, se siente ni bien se entra a Isla de Gaspar, el asentamiento ubicado a tres cuadras de Avenida Italia y seis de Camino Carrasco en Malvín Norte. Es olor a podrido.

La basura está por todos lados: desperdigada por los caminos de tierra, flotando en las cañadas que corren junto a los ranchos de lata y en los fondos de esas casas, en muchas de las cuales se trabaja en el reciclaje. Y, aunque no se ven, los excrementos también están ahí.

En Isla de Gaspar no hay saneamiento: algunos ranchos tienen pozo negro, pero la mayoría tira los desperdicios hacia fuera, hacia las cañadas donde corren aguas servidas. Muchos no tienen baño.

Este asentamiento, en Larravide e Isla de Gaspar, es el más antiguo de Montevideo. Existe desde mediados del siglo pasado en tierras del Ministerio del Interior y de la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM). El lugar era una cantera donde los presos sacaban piedras poco antes de la década de 1940 y todo eso se rellenó con basura, convirtiéndose en un vertedero municipal.

Pero con el tiempo se fue formando allí un cantegril, la clásica denominación de los asentamientos. Los ranchos se levantaron sobre la basura, lo cual explica las alarmantes condiciones de salud e higiene. Siete de cada diez habitantes tenían parásitos a inicios de 2010, cuando el Ministerio de Salud Pública difundió un estudio sobre la población del asentamiento. En el suelo se encontraron niveles elevados de materia fecal (ver recuadro).

Así, el Programa de Integración para Asentamientos Irregulares (PIAI) decidió que el cantegril debía ser realojado en forma total y que no era posible una regularización. Pero pasaron más de dos años y los vecinos aún esperan.

"Ahí el grado de contaminación es irreversible", dice la directora de Tierras y Habitat de la IMM, Noemí Alonso. "La contaminación está en profundidad y no es superficial. Hay que sacar a la gente". La directora nacional de Vivienda, Lucía Etcheverry, agrega que ahí ya "no hay parche posible".

Ahora Isla de Gaspar es la prioridad número uno del Ministerio de Vivienda y de la IMM, que desde 2010 trabajan en un plan de relocalizaciones. Pero no es el único asentamiento que necesita una urgente reubicación.

El gobierno dice que, en total, más de dos mil familias -algo así como 10.000 personas- viven en tierras contaminadas y, en algunos casos, inundables y por eso serán realojadas en este período. Isla de Gaspar, Candelaria (junto al arroyo Malvín), Joanicó y Duranas (junto al arroyo Miguelete) y La Manchega (en las inmediaciones del ex Cilindro Municipal) son los primeros asentamientos de la lista de "reubicaciones" en Montevideo. También Paso Carrasco en Canelones, Cañada Mandubí en Rivera, Agrupamiento de Inundados en Artigas y La Chapita en Paysandú.

Son lugares donde se presenta "la pobreza más compleja porque vive mayor cantidad de familias clasificadoras", dice Etcheverry. Y Alonso explica que "cuando se recicla la basura al margen de un arroyo, se tiran los residuos hacia ahí, con lo cual también hay contaminación de las aguas".

Sin contar el costo de los terrenos, el Ministerio de Vivienda pondrá 250.000 unidades indexadas (28.750 dólares, al valor actual) para construir cada vivienda nueva o comprar una usada. Eso implica que en este período se gastarán cerca de 57 millones de dólares en los realojos de dos mil familias.

Pero estos cantegriles contaminados e inundables son una ínfima parte: en todo el país hay 656 asentamientos irregulares, donde viven 195.772 personas. De estos, más de 400 asentamientos están en Montevideo y allí viven cerca de 160.000 personas. Es el 10% de población de la capital. En muchos de esos casos se trabaja en regularizaciones sobre el mismo terreno, sin necesidad de reubicaciones.

PROMESAS. Graciela, una jubilada de 56 años, espera por el realojo de Isla de Gaspar desde 1996, cuando se mudó a un edificio nuevo del Banco Hipotecario en Larravide, justo frente al asentamiento.

Ella sabe de promesas. Dice que cuando se inauguraron los apartamentos, el ex presidente Julio María Sanguinetti anunció que se sacaría "el cantegril" y se levantaría una plaza pública, una escuela, una comisaría y un centro deportivo. "Todo en ese mismo predio", recuerda hoy. Pero no pasó nada.

Hace tiempo ya que Graciela no puede salir a tomar un poco de aire los días de calor: siempre tiene las ventanas y puertas cerradas. "El olor a excremento de cerdo, a bosta de caballos, a la basura y a la quema de cables es insoportable. Me mata", dice la mujer.

"No puede ser que en plena ciudad tengamos chanchos, vacas, caballos, pavos", protesta Graciela. "Mis sobrinos dicen que esto es una estancia, ven todos los animales que no vieron en su vida". Alberto, otro vecino, confirma las promesas incumplidas. "A mí también me cuentearon", dice desde su casa. "En el Banco Hipotecario me decían que iban a sacar el asentamiento y todavía esperamos". Hace 16 años.

Shirley Medina, más conocida en el barrio como Pelusa, también vive allí. Pero del lado de enfrente a Graciela y Alberto, en "la orilla" del cantegril. Su vivienda da hacia Larravide, la doble vía donde transitan más caballos que autos. Es la madre del futbolista de Nacional, Christian Núñez, quien se crió en el barrio y hoy alquila una casa en Villa Española.

Pelusa es un emblema en Isla de Gaspar y referente de la comisión de vecinos. De 55 años, vive ahí desde 1976, cuando ya había unos 50 ranchos. En esa época no tenían luz ni agua (apenas una canilla para todo el barrio) y un camino de barro llevaba hasta el cantegril.

Hoy Pelusa vive con su esposo Carlos, su nieto Carlitos y dos perros (Tyson, un pitbull con cara de malo que le ladra a todo lo que pasa; y Sasha, una perra buena y mimosa). Tres de sus siete hijos y varios de sus 17 nietos viven en el mismo predio.

Ella relata que desde 2008 pelea junto a otros vecinos por el realojo, aunque no todos la apoyan. Mandó varias cartas y se reunió con funcionarios de la IMM y del Ministerio de Vivienda. Hoy está convencida que no hay marcha atrás para la relocalización. "A mí ya me eligieron para que compre vivienda usada, pero yo había dicho que sería la última en irme y lo cumpliré", dice Pelusa, sentada en el living de su casa. "Eso es un compromiso con mis vecinos".

La televisión está encendida, pero se ve con fantasmas. Las cortinas tienen algunos agujeros y el techo también. Pero la vivienda es de material, lo que contrasta con los ranchos de lata. En una pared hay fotos de Anthony, uno de sus nietos, quien juega en el Alumni. Y hay fotos de Christian Nuñez, claro, con la remera de Fénix y de Nacional.

Pelusa sale de la casa y el Tyson ruge. Ella le grita para que se calle. "No tengo más remedio que tener un perro así", confiesa.

La mujer oficia de guía para recorrer "el cante". Los cables de electricidad cuelgan en forma precaria y en una de las entradas, en el pasaje cuatro e Isla de Gaspar, se ve un cable atado a una columna con una cuerda. Casi todos los vecinos están "colgados" de la luz.

Pelusa dejó de pagar UTE en la década de 1990, a pesar que tiene televisor, computadora y heladera. Dice que no le llegaron más las facturas y que en el ente le dijeron que su contador no estaba registrado. Ella cuenta que muchos vecinos están dispuestos a pagar una "cuota social" simbólica, como hacen con OSE.

"Está mal robar la luz, pero también está mal que UTE no contemple esta situación. Más vale recaudar un poco que no recaudar nada", opina. "Y así no peligraría la vida de seres humanos". Cada vez que hay una tormenta la gente cruza los dedos: es habitual que los cables se caigan. "Cada invierno hay alguna casa incendiada", relatan. De hecho, hace un par de años murió una mujer por un accidente con un cable.

RATAS. Varios niños, de short y torso desnudo, juegan en el suelo de tierra. A unos metros hay montones de basura, repletos de moscas. Y ahí al lado pasa una cañada con aguas servidas. No se ven ratas pero hay. "Sí, sí, al por mayor. Cada tres meses viene la intendencia a desratizar, pero con eso no da para combatirlas", cuenta Pelusa.

Las cañadas corren por zanjas que mandó hacer Oscar Magurno cuando se postuló a intendente municipal en 1999. "Pero hizo zanjas más grandes de lo que debería; es un peligro porque los niños se pueden caer", se quejan.

Más adentro hay un merendero abandonado: lo fundó una misionera peruana que se fue del país hace unos años y nadie lo continuó. Dicen que en Isla de Gaspar hay de todo: policías, limpiadoras, recicladores y, claro, ladrones. "Hasta una odontóloga", dice Pelusa. "¡Somos todos delincuentes acá!", grita una mujer que no quiere que le saquen fotos.

El camino empieza a subir a medida que uno se acerca a "la montaña", como se conoce una loma desde donde se tiene una vista general del asentamiento, que se expande cuatro cuadras por Larravide y dos hacia adentro. Desde allí arriba se ven techos de lata, la basura acumulada y arboles. Más atrás, edificios de Malvín y Buceo. La prosperidad está ahí nomás, pero no llega a Isla de Gaspar.

Justo en "la montaña" espera una ambulancia de ASSE, que vino a buscar a Teresa, una señora mayor paralítica, quien vive en un rancho que está por caerse. Teresa no deja que nadie entre a su rancho, salvo el hijo. Y le pega con un bastón a quién lo intente, dicen los vecinos. Pero los asistentes sociales consiguieron una orden judicial para entrar a la maltrecha casa y poder internar a la mujer.

En "la montaña" está la cancha de Huracán Buceo, que hoy es usada por Boston River. Y por ahí han aparecido algunos ranchos nuevos en los últimos meses: gente que se enteró del realojo y pretende recibir una vivienda.

"A esa gente ya se le advirtió que no tendrá derecho a la vivienda y debe buscar una solución", dice Ximena Baráibar, asesora de Tierras y Hábitat de la IMM. "Nosotros pasamos raya con el censo que hicimos en 2011 (que registró 241 casas)".

En una casa hay un cartel de "depósito abierto" y dicen que esa es una de las bocas de pasta base del lugar. Cerca de ahí está la cancha de Albion y una zona de arbustos que generalmente es usada de "achique" por muchachos que consumen pasta base. Pero el único negocio formal en el asentamiento es un almacén, que también vende comida hecha: pizza a 10 pesos y chorizos a 30.

Si uno hace silencio lo primero que escucha son ladridos de perros, que pululan en el asentamiento. Hay de dos clases: algunos, flacos y con la piel enferma, andan libres por los caminos. Otros están encerrados, son agresivos y sus dueños los tienen por motivos de seguridad.

-¿Cuándo nos sale la vivienda, Pelusa?, pregunta un hombre de barba blanca que toma cerveza junto a tres chiquilines.

-El año próximo, responde ella, a la pasada.

-¿Y dónde nos llevan, sabe?, insiste.

-Que no sea muy lejos, acota otro.

-No, no... Es cerca. El más lejos es en Camino Carrasco, los tranquiliza Pelusa.

La gente de Isla de Gaspar está preocupada: teme que el realojo sea a un lugar alejado. Les gusta vivir en esta zona de la ciudad. Quienes se dedican al reciclaje, por ejemplo, necesitan fácil acceso a las zonas residenciales y no quieren irse hacia la periferia.

Pero ese deseo no se le cumplirá a todos. En la zona de Isla de Gaspar "es bastante difícil conseguir terrenos libres porque es un asentamiento muy dentro de la trama urbana", explica Baráibar. "Muy cerca de ahí no estarán, ya se lo dijimos", agrega.

Hay 30 familias, elegidas por su ingreso económico y por tener trabajo seguro, a las que se les comprará casa usada. El resto -en grupos de no más de 50 personas- irá a distintos terrenos, donde el gobierno levantará complejos de viviendas nuevas, en régimen de "autoconstrucción" o "ayuda mutua" con los vecinos. Según pudo saber Qué Pasa, por ahora se eligieron tres terrenos, en Malvín Norte, Bella Italia y Flor de Maroñas.

Las primeras casas se empezarían a levantar a fines de 2012. Y se supone que a fines de 2014 serían realojadas las 241 familias y allí se construirá el "parque lineal del arroyo Malvín". Cuatro año después de que la zona sea decretada inhabitable.

Mary, una vecina, espera el realojo desde hace once años, cuando llegó a Isla de Gaspar. "Es difícil, desde siempre se habla de eso… Pero esperemos que esta vez salga", dice ella. Pelusa hace con la cabeza que sí, que esta vez saldrá. ¿Qué es lo bueno y lo malo de vivir en Isla de Gaspar? "Lo bueno es no pagar nada", sonríe Pelusa. Y Mary responde la segunda parte: "Lo malo es vivir entre la mugre".

25 DE AGOSTO

El antecedente

A mediados de 2005 se concretó el realojo más importante de la historia de Montevideo: unas 230 familias del asentamiento 25 de agosto, sobre el Arroyo Miguelete, fueron mudados a un complejo de viviendas en Camino Edison. "Pero esa modalidad, el traslado de todo un asentamiento a otro lugar, no la queremos repetir", dice Inés Giudice, asesora de la Dirección Nacional de Vivienda. Ahora el plan es "diluir" el cantegril en diferentes puntos de la ciudad, explica Noemí Alonso, de la Intendencia Municipal de Montevideo.

ESTUDIOS DEL MSP

Parásitos

El estudio de la División Salud Ambiental del MSP, que decidió a realojar el asentamiento de Isla de Gaspar, dice que en 2010 allí siete de cada diez embarazadas y niños tenían parásitos. El 95% de las 241 casas contaban con "saneamiento precario", es decir, "evacuación en superficie, pozo o fosa séptica". En cuanto a la plombemia, se constataron niveles de plomo en el suelo, pero solo el 1% de los menores (unos cinco niños) tenían valores muy elevados en la sangre, más de 20 microgramos cada 100 mililitros.

DE ISLA DE GASPAR A LAS LÁMINAS

Distintas pobrezas

En setiembre del año pasado recorrí el asentamiento Las Láminas, tristemente célebre porque durante la crisis económica de 2002 allí -en las afueras de Bella Unión- se registraron los peores índices de mortalidad infantil del país (28.9 cada 1.000 nacimientos). Y esta semana visité Isla de Gaspar. Se podrá decir que no tiene mucho sentido comparar lo malo con lo menos malo, pero es mucho más impactante este asentamiento a tres cuadras de Avenida Italia que el que está a 630 kilómetros de la capital.

Sí, en Las Láminas el Estado ha reaccionado lento y las carencias son notorias. Dicen que ese asentamiento muestra su peor cara cuando llueve y todo se embarra. Pero cuando entré a Isla de Gaspar y me inundó el olor fétido, vi basura por todos lados y a niños jugando al lado de las cañadas donde pasan aguas servidas, pensé que aquello no debe ser tan distinto a un barrio de Haití. Pero a 15 minutos del Centro de Montevideo.

En Las Láminas, muchas veces usado como ejemplo de todo lo malo, no me llevé esa sensación. Allí vi una pobreza algo más digna (si es que eso es posible), aunque los ranchos no dejan de ser modestísimos y alguna gente está igual o peor que en Isla de Gaspar. En Las Láminas cada rancho está separado unos cuantos metros respecto al vecino. En el asentamiento de Malvín Norte no. Ahí los ranchos están uno arriba del otro (y son muchos más). Ahí el hacinamiento es el sello distintivo.

En Las Láminas no se ve basura, tiene saneamiento (en el cantegril montevideano no hay) y caminos donde pueden entrar vehículos. En una zona de Isla de Gaspar, en cambio, hay callejuelas tan angostas que es imposible que ingrese un patrullero policial o ambulancia. Allí muchos ranchos tienen perros agresivos: es la forma de protegerse porque a veces no se confía ni en el vecino. En el asentamiento de Bella Unión están todo el día de puertas abiertas: no precisan perros malos.

Pero hay cosas que son idénticas. Algunos ranchos de Isla de Gaspar y de Las Láminas tienen antenas de Direct TV o de televisión por cable. Y siempre hay en la vuelta una iglesia de esas neo pentecostales que prometen aliviar todos los males y sufrimientos.

57

millones de dólares costará al Ministerio de Viviendas realojar a 2.000 familias antes de 2015.

656

asentamientos hay en todo el país, según el relevamiento de 2006; 400 están en Montevideo.

195.772

personas viven en esos asentamientos irregulares. Casi la mitad de ellos son menores de edad.

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