El otro casco viejo

Hace un año y medio que la intendencia trabaja en un proyecto para revitalizar la Ciudad Vieja. Pero los vecinos reclaman por más seguridad en la noche, y cuando se van los turistas.

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Eloísa Capurro

Pasadas las siete de la tarde, la noche comienza a cubrir a la Ciudad Vieja. Lejos del trajinar de la peatonal Sarandí, un policía resguarda una esquina en la otra punta del casco viejo. Allí hay una plazoleta recuperada por la intendencia, y por la que volvieron a pasar las líneas de ómnibus tras el cambio en los recorridos de hace un tiempo. Ya es de noche y el policía está nervioso.

"Yo estoy hasta las diez, después no sé quién queda a cargo", sentencia. Está armado con su revólver y cachiporra reglamentarios; la inscripción fosforescente de su chaleco ("Policía") resalta en la oscuridad. El conjunto parece demasiado para el barrio de turistas e inversiones al que apuesta la comuna. "La `etiqueta` me la puse para que me vean de lejos. Por acá, mejor que ni pasen los turistas", señala el efectivo, quien prefiere no dar su nombre. "El barrio está bravo", advierte. Él vigila y parece ser vigilado por unos pocos transeúntes que pasan, lo observan y se alejan. "Últimamente no he tenido que detener a nadie. Acá pasan y se van". La frase se pierde en las calles, ahora silenciosas y oscuras.

Desde un despacho del tercer piso de la intendencia, la arquitecta Patricia Roland explica en qué se irán los 700 mil dólares del Banco Interamericano de Desarrollo que hace un año y medio recibió la comuna para el Programa de Revitalización De La Ciudad Vieja.

"Esto no surge de la nada, ni en forma más o menos caprichosa", dice. "Estamos con un plan aprobado hace unos cuantos años que queremos profundizar, por ejemplo intentando desarrollar un modelo de desarrollo local".

El equipo de siete profesionales municipales se encuentra realizando un relevamiento de la actividad económica del barrio. Ya se hicieron estudios de censo junto con la Facultad de Ciencias Sociales y se planea un estudio de patrimonio junto con la Facultad de Arquitectura.

Así se sabe, por ejemplo, que en el barrio vivían 13.000 personas en 2004 y a principios de la década de 1960, casi 40.000. Según el Instituto Nacional de Estadística, es el barrio con mayor decrecimiento de Montevideo. "Si uno mira en un plano cómo ha variado la población, básicamente se siguen perdiendo habitantes pero en las micro áreas donde se instalaron cooperativas es el lugar donde ha crecido", dice Roldán.

Lejos de aquel policía, Matías y Luciana conversan relajados entre los muffins caseros del mostrador de un café a pasos del Teatro Solís. Son las cuatro de la tarde: el ajetreo del almuerzo terminó y es muy pronto aún para el del café de la tarde. Abrieron hace cuatro meses. "Coincidió que encontramos un local que nos gustara y que buscábamos un lugar que tuviera flujo de gente", cuenta Matías, de 25 años. Ellos están en el epicentro del movimiento de la city, plena zona de boliches, juzgados y oficinas. Es la parte más linda de la Ciudad Vieja.

"Venimos progresivamente. Hay clientes usuales y, al estar cerca de una parada y un lugar de tránsito, la gente se atreve a pasar", agrega Luciana, de apenas 30 años. El movimiento turístico fue lo que los "salvó" en los trágicos meses de enero y febrero, plena época de licencias.

Hasta ahora no han tenido problemas de seguridad. "Hay gente fea de verdad en la Ciudad Vieja, pero nosotros somos amigos de todos", dice Matías. Es que en el barrio, aseguran, todavía hay códigos. Por ejemplo aquel que dice que a los vecinos no hay que robarlos. "Acá o te hacés amigo, o te tienen calado", acota Valeria, amiga y clienta del local. Hace poco se mudó a la Ciudad Vieja con su beba. Tiene 37 años. "A mi todos me preguntan por qué me mudé a la Ciudad Vieja, es que me fascina arquitectónicamente", explica.

Igual, camina con cuidado. "Me ha pasado de que me ven venir y tener situaciones en las que una persona le dice a la otra: esta no que es vecina", cuenta.

Luciana agrega que ahora que se extendió la peatonal Sarandí, hay un poco más de luz y ella se siente más segura. Valeria siente la diferencia cuando llega la época de cruceros y ve dos o tres policías por cuadra. "Antes veías las correteadas de los pungas cuando venían los turistas", dice.

La revitalización de la Ciudad Vieja en la que trabaja la comuna planea un proyecto de asociación público-privada para reforzar el mantenimiento y la vigilancia del barrio. Por ejemplo, con nueva tecnología en alumbrado público.

"No hay zonas tugurizadas ni de exclusión o marginación", afirma la socióloga Liliana Pertuiy, desde el despacho municipal. "Hace un mes la subsecretaria de Turismo comentaba que en un fin de semana se concentraron cuatro cruceros: 10.000 turistas en la Ciudad Vieja. Y no hubo ningún problema. Existen problemas de seguridad y obviamente queremos que mejoren, pero ni más ni menos que en otras partes de la ciudad".

De esos turistas, Teresa De León no vio ninguno. Su hija tiene una rotisería a cuadra y media del Mercado del Puerto, pero los extranjeros no llegan: están por fuera de la línea imaginaria que marcan los policías por seguridad. "Les dicen que para acá no pasen y si bien trabajamos bien, nosotros podríamos hacer el triple de lo que sacamos acá", cuenta indignada.

Al lado de su comercio hay un edificio de oficinas abandonado. Desde las ventanas se ve ropa colgada; un perro callejero pasa por la puerta principal. Teresa culpa a sus inquilinos de haber asaltado cuatro veces en dos años a su comercio, y a los clientes que tenía adentro.

"A los que vienen en auto, se los han roto. Al pasar se llevan lo que pueden, hasta los adornos de las mesas", dice. El comercio tiene habilitación para ocupar la vereda con mesas, pero por seguridad tienen solo dos. Cierran a las 22.00.

La familia de Teresa ha ido a reclamar a las autoridades más seguridad. Se presentaron, por ejemplo, ante la comisión de vecinos. Pero no pasó nada. "Esto era una tapera y nosotros construimos el local a pulmón. No puede ser que solo el mercado trabaje", dice Teresa.

No muy lejos de allí está instalada la Comisión Especial Permanente de la Ciudad Vieja. El edificio es antiguo, refaccionado, y a las oficinas se llega después de una larga escalera. Pero para sortear eso hay que pasar una reja y, por lo tanto, anunciarse. Allí también parece existir cierta preocupación por la seguridad en la Ciudad Vieja. O más bien por los códigos.

"Hay que saber discriminar entre los delitos concretos y todo lo que se provoca y que es mera sensación", opina el arquitecto Ernesto Sposito, arquitecto y secretario ejecutivo de la comisión. "En esto hay cambios muy rápidos. Este barrio era territorio peligroso, de noche no se sabía qué pasaba. A partir de 2003 uno estaba rodeado de miles de personas, policías, seguridad de los boliches".

Sposito reconoce que esa situación se revirtió y que la gente que desbordaba la peatonal, hoy regresa a Pocitos. "Apareció otro público y la seguridad comenzó a ser un problema. Creo que hay que medir las cosas en términos de respetar las reglas de convivencia y no de la clase social".

A pasos del Templo Inglés, Alejandro baja rápidamente del ómnibus de cooperativa en el que trabaja. Tiene apenas unos minutos para comer una torta frita y tomar un café antes de tener que salir de nuevo a transitar por las calles de la Ciudad Vieja. Tiene 44 años y una hija pequeña. Y cada noche, al despedirse de su esposa antes de salir de nuevo hacia la terminal, pronuncia una frase fatal: "mirá que no sé si vuelvo".

Hace cuatro meses lo asaltaron, le tajearon la cara y se le llevaron la recaudación. Fue la primera vez que lo robaron y fue apenas a unas cuadras, en Ciudadela y San José. "Manejás con miedo en la Ciudad Vieja", admite, sin tapujo alguno. Dice que siempre votó al Frente Amplio, pero que ésta vez ya firmó por el plebiscito que impulsa el Partido Colorado para bajar la edad de imputabilidad. Y eso que la Policía detuvo al delincuente que lo hirió. A su lado, un inspector coincide: "¿Sabés lo que pasa? Estos son menores, que no les importa. No tienen familia como uno".

La conversación entre los dos sigue y escala. Dicen que no hay solución, que hay que tomar medidas drásticas, que más luz en la calle no va a arreglar nada, que hay que instalar la pena de muerte. Y así siguen, cada uno buscando un argumento más convincente, un delito más desgarrador que contar.

En el despacho municipal los números dan otra cosa. Dicen que más del 60% de la población del barrio tiene trabajo, que casi el 40% de la población mayor a 25 años tiene más de 12 años de estudio, que menos del 20% de los hogares tienen ingresos menores a 10.000 pesos por mes.

"Si bien es cierto que hay dos zonas con menor nivel socioeconómico, allí es donde la intendencia ha hecho la mayor parte de las intervenciones, por ejemplo en mejora de vivienda. La Ciudad Vieja no ha sufrido lo que cascos históricos de otras partes del mundo, sigue siendo policlasista", destaca la socióloga Pertuiy.

De hecho una tercera parte de los 700 mil dólares que entregó el BID se irá en intervenciones urbanas, aunque todavía no se ha definido cuáles. Por ahora el proyecto -cuyo objetivo final es la actualización de un plan municipal que ya existe- viene haciendo estudios.

"Hay que desterrar el mito burro e ignorante del que dice que está cansado de diagnósticos. De lo que hay que estar cansado es de malos diagnósticos. Hay que hacer buenos diagnósticos y buenos planes", agrega por su parte Sposito.

Esos datos señalan también que el 16,2% de la población de 0 a 18 años de la zona, no estudia. El 13,6% de los chicos de entre 13 y 18 años, no asisten a centros de enseñanza. Como tres chicas, que prefieren no dar sus nombres y charlan a cuadras del Hospital Maciel. Tienen 15, 21 y 28 años y solo una de ellas está por estudiar, dos ya tienen hijos, ninguna trabaja.

Dicen que el barrio "está bueno" y que les gusta la rambla y tener a los boliches cerca. Que se respira aire de barrio. Pero una de las pequeñas protesta que ella no quiere vivir más en la Ciudad Vieja y que solo ve policías cuando llegan los extranjeros. "No nos gusta que anden solas en la calle. De noche se ve abundante. Son siempre los mismos, que van creciendo y se hacen peores", dice su madre.

No muy lejos de allí Luis Pardiñas habla desde las oficinas del Neptuno, club del que es socio desde 1975. Hoy es parte de una directiva que intenta renovar a un club que supo tener más de 10.000 socios, y hoy sobrevive con apenas 2.000.

"Desde 2009 somos una nueva institución", dice con optimismo. En su despacho hace fuerza por volver a encajar en su bisagra una vieja puerta de madera. Los sillones de cuero están rajados por el tiempo y el uso. Y el techo de su oficina está ahuecado por tanta humedad.

El club está por cumplir 100 años. Junto a una mesa de reuniones, una pared luce todos los trofeos, medallas y fotos de equipos ganadores, especialmente en básquetbol. "El más viejo que tenemos es de 1913", dice Pardiñas. Con orgullo lo muestra: es una pelota enchapada en plata, ahuecada, y a la que le falta el estandarte en el que solía sostenerse. Una muestra más de la gloria que se dejó atrás.

"Tuvimos una reunión con el alcalde para becas que vamos a dar para el Centro Comunal Zonal, también colaboramos con el programa Knock Out a las Drogas, el Portal Amarillo, el INAU, ganamos el Presupuesto Participativo para reparar la piscina", enumera Pardiñas.

Pero todavía lucha contra la pérdida de la parada de ómnibus, que solía estar frente al club y hoy está a dos cuadras. Instalaron cámaras de seguridad, controlan el ingreso y piensan contratar a Prosegur, cuya sede está a una cuadra. Cosas que, espera, hagan que las madres se animen a poner a sus niños en el ómnibus. "Con la fama que tiene la Ciudad Vieja, no mandás a los gurises como antes".

Porque lo que Pardiñas necesita es que vuelvan a confiar en el barrio.

Yo elegí la ciudad vieja

Aníbal es un uruguayo treintañero y se mudó hace poco más de dos años a la Ciudad Vieja. Dice que fue por practicidad y gusto. "La cercanía al mar, la convivencia de la arquitectura antigua con el ritmo de vida acelerado", enumera. Incluso la tranquilidad. "Los fines de semana te permiten disfrutar el barrio, aunque hay zonas bastante diferenciadas en seguridad. Pero no está a salvo ningún barrio de Montevideo", opina.

la cara turística

1.202

viviendas hay en la Ciudad Vieja según un estudio de 2010. La mayoría vive en apartamentos.

44,6%

de los nuevos residentes del barrio se trasladó porque consiguió una vivienda a precio accesible.

13,6%

de la población entre 13 y 18 años de edad no asiste a ningún centro de enseñanza.

49,4%

de los habitantes consideran que el barrio es inseguro; el 57,2% dice que la delincuencia aumentó.

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