Fabián Muro
Todo era una promesa. Con una crisis económica que tumbó bancos, deslegitimó a las élites económicas y dejó a cientos de miles sin trabajo tanto en Estados Unidos como en Europa, parecía que el terreno estaba abonado para un regreso triunfal de la socialdemocracia y su más famosa criatura: el Estado de Bienestar, con sus regulaciones y voracidad fiscal.
Pero las últimas elecciones en Suecia, -el peor resultado para la socialdemocracia de ese país desde 1914- es uno de los últimos síntomas de que en la Unión Europea (UE), la dirección es hacia terrenos más cercanos a prédicas derechistas.
Gobiernos conservadores administran los tres países más importantes de la UE: Alemania, Francia e Inglaterra. A ellos se suma Italia, Dinamarca, Holanda y Finlandia, todos con gobiernos que van desde el centro a la derecha.
Pero hay matices. Los gobiernos de Silvio Berlusconi y Nicolas Sarkozy se fueron gestando desde "liderazgos personalistas que lograron irrumpir debido a la debilidad y el agotamiento de las izquierdas de su país", le dijo desde Berlín a Qué Pasa el sociólogo y doctor en ciencias políticas alemán Günther Meinhold, vicedirector del Instituto Alemán para Asuntos Internacionales y Seguridad. Diferentes, señaló el especialista, son los casos de Inglaterra, Alemania y Suecia. Ahí hay una construcción de poder que "va más allá del carisma del líder político. Más bien se debe a coaliciones de gobierno con fuerzas liberales y de centro".
Pero la corrida hacia la derecha de buena parte del electorado europeo preocupa a activistas de izquierda y también a algunas autoridades del organismo supranacional, la UE.
No es porque esos gobiernos representen una amenaza para la institucionalidad democrática. Más bien, se trata de que tras estos líderes o coaliciones asoman grupos a los que siempre se les adosan los adjetivos "extremo", "ultra" o "radical".
Como en Suecia, donde el partido Demócratas Suecos (DS) superó la barrera de 4% que rige para el ingreso al Parlamento en las elecciones realizadas el 19 de setiembre. Aunque DS tiene un programa con propuestas para distintas áreas, el partido es conocido casi únicamente por querer restringir radicalmente el ingreso de inmigrantes al país escandinavo.
La representación parlamentaria de DS no es significativa: 20 de 349 escaños. Encima, como escribió el periodista y escritor Jan Guillou -un analista relevante de la realidad política sueca- el 5% obtenido no puede atribuirse a que la mayoría de sus votantes tengan una aversión hacia el inmigrante. "Desde hace décadas, el racismo y el miedo a los extranjeros viene bajando entre los suecos, según las mediciones de Buró Central de Estadística. Naturalmente, hay un fundamento para el voto a DS, porque ¿qué otra cosa va a votar un racista?".
De acuerdo a Guillou, el voto a DS fue un castigo a aquella izquierda que con sus activistas demostraron, durante la campaña electoral, un alto grado de intolerancia e incomprensión hacia aquellos que mediante su adhesión a DS ventilaban una insatisfacción política, no una xenofobia.
En un libro de reciente edición en Suecia, Gente fea (Fult folk) los periodistas Emil Schön y Linnea Nilsson concluyeron que apenas un 10% de todos los que votan a DS lo hacen por convicción. El resto, como explica una de las entrevistadas en el libro, desea mandar un mensaje al establishment político. "Tengo una compañera de trabajo que es inmigrante. Y no es que ella me caiga mal. En realidad, le quiero mandar una advertencia a Mona Sahlin", la líder del partido socialdemócrata.
Sin embargo, algunos ven otros síntomas de que el fantasma del racismo no está lejos. El gobierno de Nicolas Sarkozy, por ejemplo, primero prohibió el uso del velo -costumbre de un grupo minoritario de musulmanes- y luego decidió expulsar a buena parte de los gitanos que gracias a la libertad de movimiento entre los miembros de la Unión se mudaron de Rumania y Bulgaria a Francia.
La Comisaría de Justicia de la Unión Europea, Viviane Reading anunció que tomaría medidas judiciales contra las expulsiones de gitanos de Francia, que también tienen la posibilidad de aceptar 300 euros y un pasaje aéreo hacia Rumania o Bulgaria. Reading interpretó que el gobierno de Sarkozy estigmatizaba a un grupo en base a su pertenencia étnica.
CENTRISTAS. El multimedio EU Observer señaló que grupos de extrema derecha han conseguido representación parlamentaria en Dinamarca, Hungría, Austria, Bulgaria y Holanda.
Hay más de una explicación para que eso suceda. Una de ellas es el desplazamiento hacia el centro de los partidos conservadores con mayor historia. "Lo común a estos gobiernos es una política liberal y antiestatal", dijo Meinhold. "Y siempre mantienen un diseño político abierto hacia temas ecológicos, para garantizarse el voto del centro político". La consecuencia de esto es que en su afán de seducir al centro, los partidos conservadores han cedido espacios para que "partidos de extrema derecha con un discurso anti-inmigrante aprovechen ese espacio cedido", explicó el alemán.
Pero no sólo los partidos conservadores se corrieron hacia el centro: también lo hizo la socialdemocracia. "Una razón para el retroceso de ésta en Europa, no sólo en Suecia, es que ha llevado adelante una política muy parecida a la que postulan los partidos conservadores", dijo a Qué Pasa desde Estocolmo Johan Ehrenberg, periodista, escritor y empresario de comunicación de larga trayectoria. "Proponen recortes del gasto público o habilitaciones para que los fondos de pensiones coticen en la Bolsa de Valores. Eso, la derecha lo hace mucho mejor. Entonces, ¿para qué votar a los socialdemócratas?".
Otra causa son las dos facetas del "discurso anti-inmigrante" que menciona Meinhold. Una de ellas apunta a frenar las corrientes migratorias desde el Tercer Mundo. La otra, a lidiar con la cuestión "islámica" ya instalada dentro de la Unión Europea.
"Europa ya no es tal", advirtió la fallecida periodista Oriana Fallaci en La fuerza de la razón de 2004. "Es Eurabia, una colonia del Islam. La invasión islámica no es únicamente física, también lo es mental y cultural. La obsecuencia hacia los invasores ha envenenado a la democracia, con consecuencias obvias a la libertad de pensamiento y al concepto mismo de libertad". Su retórica no difiere del hoy retirado ultraderechista francés, Jean Marie Le Pen o de esos grupos de extrema derecha que ganan terreno. Todos hablan de una "amenaza" islámica .
En Holanda se formó el martes un gobierno de coalición que incluyó al Partido de la Libertad de Geert Wilders, un líder político que calificó a Mahoma como "el Diablo" y conminó a los musulmanes residentes en ese país a sacarle "la mitad de las páginas al Corán si quieren seguir viviendo aquí".
Así, Wilders responde crudamente a la solución ensayada por varios países europeos para la asimilación de sus inmigrantes: el multiculturalismo. Como una utopía de entendimiento étnico y ciudadano, el multiculturalismo postula la armónica convivencia entre grupos separados por la cultura y la historia pero que comparten territorio. La mejor manera de dirimir las diferencias que puedan surgir es-de acuerdo a esta óptica- mediante leyes consensuadas luego de un debate donde todos participan, signado por el respeto y la tolerancia.
El filósofo y escritor británico Roger Scruton -uno de los intelectuales más importantes de Inglaterra- disiente decididamente con esta visión. Scruton dedicó uno de sus más recientes libros -Inmigración, Multiculturalismo y la necesidad de defender al Estado Nación, 2006-a esta postura, que él entiende como una actitud que, bajo el manto de la corrección política, barre el problema bajo la alfombra. El multiculturalismo no enfrenta lo que él considera una cuestión vital: la defensa del concepto de nación y, en última instancia, la cultura occidental.
Consultado por Qué Pasa sobre las elecciones suecas, Scruton afirmó que "es un error calificar al partido DS como xenófobo. Ese es un rótulo que liberales de izquierda aplican a todos los que quieran proteger a su país de amenazas. Y la minoría musulmana en Suecia es percibida como una amenaza por muchos".
Ehrenberg rechazó esta óptica. "Ahora son los musulmanes, como antes lo fueron los turcos, y antes de ellos los yugoslavos. Siempre va a haber un grupo al que echarle la culpa de los malos momentos. Pero en Suecia, los musulmanes no son un problema. Tomar medidas para lidiar con el islamismo en este país implica concentrarse en un grupo de apenas 200 personas", afirmó.
Para Scruton ni siquiera hay un avance derechista en Europa. Esa palabra, alega, es otra arma de la izquierda para descalificar a sus adversarios. Prefiere el término conservador, que según él "debería significar la voluntad de conservar aquello consensuado como bueno de las fuerzas destructivas. Esa es la razón por la cual la gente vota por partidos conservadores", sostuvo desde Londres.
El temor, sin embargo, sigue siendo que al amparo de los avances electorales legítimamente obtenidos se desarrolle una ola de xenofobia que Europa recuerda aún con mucho dolor.
Minaretes en occidente
De acuerdo a un estudio de la BBC -que consultó los más recientes censos de los países europeos-, se concluyó que los países con mayor cantidad de devotos del Islam son Francia con cinco millones, Alemania con tres y España, con un millón de musulmanes.
Inseguridad en clave europea
El escritor y periodista Martin Walker, de United Press International, cubrió dos hechos traumáticos para Europa: los disturbios en los suburbios franceses y el atentado al metro londinense, ambos en 2005. Según él, en varios de los países de la Unión hay una "histeria". "Los musulmanes están siendo cambiados tanto por Europa como ésta por ellos. Insinuar que la civilización europea es demasiado insegura para sobreponerse a una población musulmana que es menos de 5% del total, es una muestra de desesperación cultural. Las sociedades europeas no deberían aceptar grupos que quieran imponer la ley islámica en sus comunidades. Pero sí deberán aceptar un significativo y creciente electorado que exige respeto por el Islam además de trabajo e igualdad de oportunidades".