Un aeropuerto en la ciudad de los niños

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UNA OPINIÓN

Sandino Núñez

Sandino Núñez (1961) ha conseguido dos cosas que ningún otro filósofo uruguayo logró: llevar la filosofía a la televisión y conseguir una nominación a los premios Iris. Núñez conduce Prohibido pensar, un programa semanal por Televisión Nacional, en el que analiza desde un punto de vista erudito y televisivamente atractivo, algunas cuestiones que nos hacen cómo somos. Aquí reflexiona sobre los planes de bautizar el aeropuerto de Carrasco como Mario Benedetti, un escritor popular pero a la vez criticado duramente por la intelectualidad nacional.

Además de un nombre feo, de una especie de mutante, "Aeropuerto Internacional Mario Benedetti" es un síntoma. La súbita caída burocrática del nombre del poeta -soberanía en la que se inscribe el espíritu de la lírica, fuente del hilo delicadísimo de la voz- en nombre de aeropuerto o de estadio o de presa hidroeléctrica o de usina de bio-gas, muestra una especie de ansiedad de Estado. Es el discurso de un recién llegado, de un advenedizo que quiere mostrarse sensible con la literatura e ignora el abecé del juego educado de la sensibilidad. La persona que propone ese nombre (y está claro, supongo, que no hablo de una persona de carne y hueso, sino de una cultura, de un estado de cosas) es totalmente ajena a la sintonía fina de ese juego: no tiene idea de cómo se bautiza, qué se homenajea, con qué procedimientos, qué nombres se les pone a qué cosas. Aeropuerto Internacional Mario Benedetti es, así, un solecismo, en un sentido bastante preciso: la monstruosidad sintáctica es la hija paradójica de un empuje desesperado de hablar bien. Un vicio de hipercorrección, como un parte policial: "en momentos en el que se le sustrae el arma el cual es colocada en uno de sus cajones del escritorio". Es precisamente el hambre de hablar bien lo que delata la incomodidad del lenguaje, la falta de familiaridad, el terror de no poder, el aire espeso y hasta ligeramente violento que se respira.

Pero Aeropuerto Internacional Mario Benedetti es mejor todavía que un síntoma. Es parte de un complejo sintomático. Cito otros rasgos de ese complejo: la decisión de la Junta de Montevideo de concederle el título de ciudadana ilustre a Mercedes Vigil (el asunto de si es buena o mala escritora es improcedente, así como también lo es el de si Benedetti es bueno o mal escritor cuando se discute su nombre para aeropuerto); las estrellas con nombres célebres en la peatonal Sarandí; la presencia hegemónica aplastante de grandes empresas editoriales perimetrando el mercado de consumo de escritura; los premios, los homenajes, las efemérides. Todos son rasgos que indican la presencia de una lógica nueva en los modos en que la sociedad hoy procesa esa cosa extraña llamada cultura. Aunque atravesada por una pulsión democrática ciega y radical, esta nueva lógica parece venir a situarse en las antípodas de la vieja voluntad de querer llevar a las clases populares las "formas superiores de la cultura", de querer proyectar el imaginario y los gustos de una clase estéticamente educada sobre la superficie indiferente de la masa. Es más bien al revés (incluso entiendo que el nombre Mario Benedetti fue sugerido espontáneamente a través de las redes por Internet).

La nueva cultura, hoy, obtiene su democracia no de un proyecto o de una lucha por la liberación, sino del dulce masaje de la libre circulación de todo en el mercado. Empezamos a producir formas democráticas radicales de cultura para un país globalizado. Esta democratización radical de la cultura (amparada eventualmente por la consigna "todo es cultura"), solamente parece poder instalarse a través de una lógica mediática de idolatría, llena de fama y de celebrities, llena de nombres y de estampitas. Y acá, precisamente, es que se suspende la discusión acerca de si Benedetti o Mercedes Vigil son escritores insignificantes o no, si son cuadros rancios de las élites cultas o meros andrajos disfrazados con los prestigios del Otro Superior. A la nueva lógica cultural eso no le interesa: solamente le interesa que tengan notoriedad, que sean celebrities: no interesa que tengan lectores sino que tengan público. Cualquier comentario crítico sobre su escritura resultará amonestada por autoritaria y verticalista.

No hay ya privilegios para las élites cultas, ya no hay cultura de segunda y cultura de primera, ya no hay cultura culta y cultura popular. Deberíamos estar contentos, ya que ése es el ideal vanguardista de la izquierda clásica. Pero el precio es que ahora adoramos una versión turística de la cultura. Una cultura que se consume en los signos convencionales, rituales y rutinarios de la cultura. Una cultura de magazine o de star system, conquistada en la trivialidad incómoda de cada pequeño acto bautismal o celebratorio (una estrella en el paseo de la fama, un premio, un aeropuerto).

Lo terrible de esta lógica no es la pérdida de "valores" intrínsecos de los bienes culturales, esa queja tan habitual en el estreñimiento de la persona culta. Lo terrible es la fabricación misma de cultura como simulacro, como una especie de videojuego, de ilusión envolvente como en Matrix. Jugamos a ser cultos. Tenemos una "ciudad de la cultura" con un aeropuerto internacional de primera, así como hay una "ciudad de los niños" en un shopping center.

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