Tras las rejas

Los almacenes siguen en los barrios, pero cada vez están más asediados por la inseguridad y los impuestos. Aunque los comerciantes se sienten amenazados, cada día abren sus puertas. No tienen más remedio.

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Eloísa Capurro

Marcelo estaba cansado de volver a su casa a las tres de la mañana. Sus dos hijos y su mujer estaban dormidos, y él apenas si los veía antes de volver a trabajar, a las tres de la tarde. Además, como taxista ya lo habían asaltado tres veces y quería dejar la calle de una vez.

Un día pasaba por el quiosco de Gabriel Pereira y Gestido, y su dueño le comentó que lo iba a vender. Marcelo vio su oportunidad. "Vendo el auto y te lo compro", le dijo, y así lo hizo. Cumplió el sueño de ser su propio jefe.

En Uruguay hay más de 95.000 micro empresas (con no más de cuatro empleados) en la industria y comercio -el rubro con más microempresas-, según registró la Cámara de Comercio hasta agosto de 2009. En el sector se emplean 163.789 personas. Son los que probaron con el viejo modelo español del negocio propio y se encontraron con obstáculos impositivos y una ola de inseguridad que los llevó a armarse, y que nadie podía prever.

Marcelo hace ocho meses que maneja el quiosco, él solo. Tiene tres heladeras y dos pequeños mostradores de vidrio (además de otras varias estanterías) donde vende desde golosinas hasta galletitas, pasando por bebidas cola y bebidas alcohólicas. Después de las reformas que le hizo al comercio ahora pueden estar dentro del local por lo menos tres personas a la vez; antes solo podía hacerlo una.

Pero el negocio, al menos por ahora, no le da lo suficiente como para convertirse en la única fuente de ingresos de su hogar. Su mujer sigue trabajando en una casa de peluquería, como lo hacía desde que él llevaba el taxi. "Con esto comprás un trabajo, no te hacés una fortuna. Es un sueldo", explica. El promedio de remuneración de las microempresas es de 3.619 pesos. Las pequeñas empresas (que tienen entre cinco y 19 empleados) pueden dar unos 7.532 pesos. Algunos comerciantes entrevistados para esta nota aseguraron sacar una ganancia mensual igual o un poco mayor a los 10.000 pesos. Ninguno tenía empleados.

En parte son los impuestos, dice Marcelo, lo que no lo "dejan vivir". Y en parte los vaivenes del año. En diciembre, enero y febrero, mucha de su clientela se fue de veraneo y con eso sus números bajaron drásticamente. "Fue mi primer verano acá y lo sufrí. Los edificios estaban vacíos". Todavía no comenzaron las clases en el Colegio Alemán , algo que dará más tráfico de liceales por la zona, y por ende más ganancias. Mientras, en su casa están comprando menos cosas para poder llegar a fin de mes. Él tiene su negocio con los impuestos en regla.

De acuerdo a la legislación vigente, para abrir una empresa hay que realizar trámites ante el Banco de Previsión Social (BPS), la Dirección General de Impositiva, el Banco de Seguros del Estado y el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Además, si así lo requiere el emprendimiento, se necesitan trámites en la Dirección Nacional de Registro y Auditoría Interna de la Nación. Todo esto, igual, se puede hacer a través de una ventanilla única desde el sistema "Empresa en el Día" que permite la creación de sociedades comerciales en 24 horas. En Montevideo, además, se requieren habilitaciones municipales para vender alimentos.

Todo eso sin contar los gastos, por ejemplo, en electricidad comercial. "Acá pago más de luz que en mi casa y tengo solo tres heladeras. Lo que gastás es más de lo que hacés", dice Marcelo, con cierta resignación.

Por ahora de impuestos es de las pocas cosas que tiene que preocuparse. "Acá viene gente del barrio, que uno conoce y es un ambiente tranquilo", asegura. Igual dice que ve pasar "caras raras" y por eso durante el día prefiere estar sentado afuera del quiosco como forma de imponer respeto. Cuando empieza a caer el sol, a eso de las siete y media de la tarde, Marcelo cierra la reja y atiende a través de los barrotes.

Él no está armado, todavía. "Cuando trabajé en el taxi lo estaba. Ahora no creo que sea necesario, aunque si me asaltaran volvería con el revólver", admite. Fueron tres veces las que lo robaron cuando era taxista; en ninguna lo hirieron. La Policía consiguió atrapar solo a uno de los delincuentes involucrados.

Por eso opina que este trabajo es mejor, al menos en comparación con el taxi. El local le da otra seguridad, dice antes de vender una cerveza más (bien fría, por favor), otro paquete de galletitas (¿a cuánto están?) y más cigarrillos.

hay que volver. Diego trabaja con tranquilidad en su quiosco del barrio Tres Cruces. Tiene algunas heladeras, un mostrador lleno de golosinas y otros estantes con alfajores y varios productos. Un par de hombre con herramientas en los bolsillos se acercan a ver qué helados hay para matar el calor. Lo conocen y le hacen un par de chistes. Un ambiente relajado, diferente al que vivió cuando dos personas entraron a asaltarlo.

"Hace tres años y medio que tengo el local y lo puse para trabajar para mí mismo y ganar un poco mejor", dice Diego (no es su nombre real, ya que pidió el anonimato). Antes trabajaba en una encuadernadora. Y hoy el local está a la venta, tras los ruegos de su madre.

El 30 de setiembre dos hombres entraron al grito de "perdiste, danos la plata". Lucharon, Diego sacó su pistola, hubo disparos. Y mató a los dos asaltantes. La Justicia determinó que se trató de un caso más de legítima defensa y lo dejó libre. Él dice que desde entonces no tuvo más problemas. Aunque ya casi no habla con la prensa y prefiere dar otro nombre para este informe.

Un niño interrumpe la charla, se acerca al mostrador y pregunta a cuánto están los chicles. Estira la mano y abre su puño, con apenas algunas moneditas, las suficientes para cuatro chicles de gustos diferentes, todos escogidos por Diego.

"Yo por mí seguiría en el negocio", confiesa. Es que el movimiento en la zona está, especialmente a partir de marzo cuando abren los liceos cercanos. Además tiene clientes entre los empleados de un supermercado de la vuelta, que siempre llegan en la hora de descanso. Pero todo eso no le dio para contratar un guardia que disminuyera la inseguridad que, para él, es el mayor desafío hoy. "Con el ingreso que saco de acá, puedo vivir. Pero el tema es la seguridad".

Según la Encuesta de Victimización de la Cámara de Comercio del Uruguay (realizada en marzo de 2010) cuatro de cada 10 comerciantes no se sienten seguros en su lugar de trabajo. El 12% dijo sentirse "muy inseguro" y un 29% reconoció estar "algo inseguro". El 49% de los 84 comerciantes consultados había sufrido agresiones durante el último año. El 51% no. La encuesta señaló que 39 comercios habían sido asaltados en el último año.

El 43% de los locales fueron asaltados entre la medianoche y las seis de la madrugada, y 18% sufrió el incidente entre las ocho y las doce de la noche. A Diego lo asaltaron en pleno mediodía.

Son las cinco de la tarde y María, de 66 años, está sentada en la vereda con su esposo. Un cartel pintado en blanco y rojo anuncia que allí detrás está el "Salón María", que hace un año instaló entre las calles Chile y Austria, en el Cerro.

"Fue mi hijo el que me compró las primeras cosas para empezar", dice orgullosa. María no trabajaba, apenas hacía algunas costuras para familiares o amigos cercanos. Hasta que a su esposo, administrativo en la Armada, le detectaron un tumor cerebral. Lo operaron, pero ya no ve bien y tuvo que dejar de trabajar.

Así, apremiada por las cuentas, María decidió instalar ese salón. Un local pequeño donde vende algunos comestibles. Aunque desde las estanterías de vidrio también se alcanzan a ver alhajas (todas bijou) y varios adornos y broches para el pelo, todos en gamas de blanco y azul y sobrecargados, como para fiesta de quinceañera. "La mayoría los hago yo, para tener más mercadería", dice.

Según la Encuesta Nacional de Micro, Pequeñas y Medianas Empresas Industriales y de Servicios realizada en 2008, la mayoría de los empresarios uruguayos tienen entre 40 y 49 años (26,8%) o entre 50 y 59 años (25,1%). Un 14,4% tiene más de 60 años y apenas un 10,6% está en la franja comprendida entre los 18 y 29 años de edad. El 31% son mujeres.

Ese día el ambiente está tranquilo en el Cerro. Pero no fue siempre así. Una tarde a María le pusieron un revólver en la boca y la intentaron asaltar.

"Se me paró el mundo", cuenta hoy. "Un moreno me agarró de espaldas y me tiró atrás del mostrador. Me puso el revólver en la boca y me amenazó con que me iba a matar. Había otro que le decía que buscara la recaudación... pero qué iba a encontrar... En un momento yo intenté agarrar una botella, porque iba a partírsela por la cabeza, pero él escuchó y me dijo que me iba a matar. Yo le grité que se fuera, que estaba por venir mi esposo, que en realidad estaba adentro, en la casa. Y se fueron...".

María no quería volver a trabajar. Pero su médico le aconsejó que lo hiciera para poder confrontar sus miedos y nervios. Dice que la Policía no respondió a su denuncia ("qué los van a agarrar...") y que tuvo que llamar a una emergencia médica por el pico de presión con el que quedó después del episodio.

Ahora está pensando en vender.

"Yo nací en el Cerro y nunca me pasó algo así", confiesa. Hace poco le volvieron a entrar, esta vez cuando el local estaba cerrado. Le rompieron la puerta y se le llevaron varias alhajas. "Las mejores, las enchapadas", dice resignada.

Hoy se sienta en el frente del local con su esposo, porque él impone respeto y eso a ella le da mayor seguridad. En el invierno, si es que llega a estar todavía allí, atenderá con el portón cerrado. Su hijo tuvo que hacerle un tejido de alambrado, para evitar que pasaran por encima del paredón de su local y le entraran otra vez.

Además el negocio no le está rindiendo lo que esperaba. María asegura que, pagando todas las cuentas, le quedan como mucho 100 pesos de ganancia por día. Ella todavía no está afiliada al BPS porque en la sucursal más cercana le dijeron que esperara a que los números le cerraran. Y eso nunca terminó de pasar.

"Tengo ganas de irme al Chuy, donde está uno de mis hijos y mis nietos. Ya estoy sacando cosas. Todos los días viene gente que no conocés y yo les tengo temor. Ya esta altura, con esta edad...", dice y da un largo suspiro.

fuera de la ley. Julio trabaja en una fábrica metalúrgica y está por jubilarse. Detrás del mostrador mira, a través de una pequeña pantalla, una película de acción que están pasando por televisión abierta. A su lado hay una máquina para cortar fiambre, atrás varios paquetes de papas fritas y un cartel que ofrece el servicio de flete. El local, en el corazón de La Teja, está abierto pero la puerta está trancada. Solo abre si ve una cara confiable a través de las ventanas de las dos viejas puertas de madera.

Él no maneja el almacén. Su esposa es la dueña, pero ahora "está sesteando". Así que queda él para atender al público que, según dice, más que nada es gente que está de paso. Es que por el barrio ya hay muchos comercios. Y el de él, además, no tiene ningún permiso. Hace siete meses que abrió el local, que construyeron desde la nada y en su propia casa, pero todavía lo están "probando".

-¿Y cómo les ha ido hasta ahora?

-Como no podemos perder la regla de la educación, te voy a decir que no muy bien. Hay poco trabajo.

Es que la ganancia ha sido "de a saltos". Por eso Julio no cree que estén abiertos mucho tiempo más. En mayo o junio ya le saldrá su jubilación, según le aseguraron en una sucursal del BPS. "Ahí me quedo totalmente vago", asegura. Su esposa, que tiene 60 años y solía trabajar en otros almacenes, también va a empezar los trámites de jubilación. Y así dejarán atrás las horas de sacrificio que les está demandando el almacén.

Además está el tema de la seguridad. Ellos abren hasta las 10 de la noche, pero ahí solo atienden a través de la reja. Y no están armados. Antes de comprar un revólver, asegura Julio, prefiere cerrar del todo el local. "Con miedo no estamos, pero siempre a la defensiva. Yo estoy trancado y a la gente que no conozco la atiendo por la reja. Además vos lastimás a uno y, mientras ellos salen enseguida, sos vos el que vas al quinto piso del penal".

Al terminar la entrevista, Julio se levanta del mostrador y se acerca a la puerta. Se siente el ruido de la cerradura y detrás queda él, mirando otra vez su película, solo en el almacén, a la espera de que algún cliente golpee su puerta. u

los dueños

n Según la Encuesta Nacional a Micro, Pequeñas y Medianas Industrias realizada en 2008, el 65% de las empresas de este nivel se estructura con personal asalariado. El trabajo familiar remunerado es de apenas un 4%.

Inseguros. "El ingreso deja vivir, el tema es la seguridad", dice un comerciante asaltado.

micro y pequeños en el país

n En Montevideo el 83,2% de las empresas tienen hasta cuatro empleados (lo que las sitúa como micro), según la Encuesta Nacional de Micro, Pequeñas y Medianas Empresas realizada en 2008. Un 13,3% de las empresas tiene entre cinco y 19 empleados (lo que las hace pequeñas) y un 3,5% tienen entre 20 y 99 trabajadores. En el interior del país los porcentajes son prácticamente iguales.

De todas formas el 75,4% de las empresas nacionales tienen su sede en Montevideo. El 1,8% está en el litoral sur, el menor porcentaje dentro del país. Un 4,7% está ubicada en el este y sur, respectivamente.

Impuestos. "Todavía estamos probando", dice un comerciante, sin papeles, de La Teja.

7%

de las empresas en Uruguay no tienen forma jurídica, según una encuesta realizada en 2008.

80%

de los comerciantes uruguayos fundó su empresa, según surge de la misma encuesta.

12%

de los comerciantes dijo sentirse "muy inseguro" y un 29% reconoció estar "algo inseguro".

49%

de los comerciantes dijo haber sufrido algún tipo de agresión, según una encuesta de 2010.

el pronóstico económico

n La Encuesta de Actividad de Comercio y Servicios de 2010 registró un nuevo crecimiento en las ventas de la mayoría de los sectores de la actividad. Aunque algunos ganaron más que otros. Artículos importados fueron los que más crecieron. Es que el nivel de empleo y el ingreso familiar aumentó, y eso favorece a los pequeños comerciantes uruguayos. Pero según informaron en la Cámara de Comercio, se espera que estos meses sigan dando buenos números, aunque podría producirse una desaceleración. El incremento de los costos salariales y la presión fiscal todavía son factores preocupantes.

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