Eloísa Capurro
Un camión lleno de chicos llega a la cancha de fútbol. Apenas se bajan y pisan el pasto, salen disparados: algunos van directo a las hamacas de allá al lado, otros improvisan un picadito, otros un manchado. Son jóvenes jugando, lejos de la calle en la que estaban sumergidos y en la que pasaban horas sin hacer nada.
El proyecto Minga comenzó en marzo con reuniones entre educadores y voluntarios. El nombre del emprendimiento lo trajo el padre Mateo Méndez, una figura recurrente cuando se trata de atender a jóvenes de contextos sociales críticos. En quechua significa "construir juntos". Y eso es lo que están haciendo.
Los educadores y los voluntarios descargan las hamburguesas, los panes, las pizzetas, la bebida. Ese jueves la cena es en el Complejo Saleciano de Las Piedras, y junto al Movimiento Tacurú, que vino de visita. Algunos jóvenes ayudan a descargar, a pesar de los gritos divertidos que llegan desde el campo, a lo lejos. Ya llegará la hora del fútbol.
El proyecto atiende a adolescentes entre 14 y 18 años, aunque los límites son flexibles. "No les hemos cerrado las puertas", dicen educadores y voluntarios, unas 30 personas con un promedio de 40 años de edad. Todos fueron convocados por Méndez, de una forma u otra. Algunos trabajaron en el equipo que lo acompañó en el Instituto Técnico de Rehabilitación Juvenil (Interj). Otros eran seguidores de su misa, lo escucharon hablar del proyecto y decidieron anotarse.
"Fue un contrato cuando empecé", cuenta una de las voluntarias, profesora jubilada. "Yo venía de la educación formal y me sentía desubicada. Pero me ubicaron enseguida", bromea.
Es que estos no son chicos cualquiera. La mayoría están en situación de calle. No es que no tengan dónde vivir, algunos todavía comparten techo con su familia. Es que no tenían qué hacer durante la tarde. Solo uno asiste a la UTU. Solo uno va al liceo. El resto pasaba las tardes dando vueltas, sin mucho rumbo. Algunos, la minoría, llegaron con problemas de adicción a la pasta base u otras drogas.
"Estamos trabajando en un proyecto educativo con la mística de todos los del padre Mateo", dice Silvia, una de las educadoras. "Algo muy propio de los salesianos: la educación con base en el amor. Eso es lo que más necesitan", agrega.
En Minga hay dos etapas. Primero los jóvenes ingresan a lo que llaman "El Patio" donde durante seis u ocho meses asumen compromisos, y donde se trabaja en la educación, los valores, el vínculo social. Luego, en una segunda etapa, se concentran en la reinserción laboral.
En eso está César, de 19 años. Él se enteró del proyecto cuando uno de los educadores lo encontró en la calle. Había dejado de estudiar después de sexto de escuela porque le "complicaba el boleto", dice entre pitadas. Lo único que ocupaba su tarde eran los talleres de "Mandala vos", otro proyecto de la comunidad.
Estaba viviendo con su tía, porque con su madre ya había intentado dos veces y en ambas esa convivencia había fracasado. "Ahora hacemos más cosas de las que hacíamos antes. No vivimos tanto en la calle", explica. Fue él quien le contó a varios de sus amigos sobre esta actividad. Y así, de a poco, llegaron. "Somos como una familia, cenamos todos juntos, estamos juntos todo el día".
Emilia es la cocinera y lo escucha hablar en silencio. Apenas lo interrumpe para recordar aquella primera vez que se pelearon. Ella se metió a separar a César en una pelea, y la ligó. "Pero al otro día estábamos amigos", aclara rápido él.
Emilia no dice mucho más, hasta que César se va. Está emocionada. Asegura que nunca lo escuchó hablar así. Y ahí los educadores cuentan al unísono lo difícil que fue lograr que estos chicos se abrieran y confiaran otra vez en adultos. "Cuando empezamos él estaba de capucha y no quería ni hablar".
"¡Eh! ¡Mateo!", gritan a lo lejos. Son pasadas las nueve de la noche y el padre Mateo Méndez llega al complejo. Lo atrasó una misa y enseguida saluda a educadores y jóvenes por igual. "Recién ahora podemos decir que la cosa comienza a tener forma. Ahora se van dando cuenta de que es bueno escucharse. Al principio costó y todavía sigue costando. Hay que acostumbrarlos a que esto es de todos, y hay que barrer, ordenar, lavar cuidar. Las mínimas responsabilidades", reflexiona Méndez.
El comienzo no fue fácil. Algunos vecinos se negaron a alquilar galpones o casas por temor a que "esos chicos" les robaran. "Pero ta, pasó. La gente cierra una puerta y Dios abre un portón", dice el sacerdote. Hoy, desde ese portón que tiene la casa que alquilan, buscan el apoyo económico de su comunidad: "Que Las Piedras se despierte y tome conciencia de su realidad".
Apoyo comunitario
El proyecto Minga abrió cuentas en Redpagos para recibir donaciones de la sociedad. "Hay un equipo trabajando fuerte, convocando", explica Mateo Méndez. Algo que, dicen los educadores, todavía cuesta.