La intemperie

Lejos del estereotipo de anciano abandonado a su suerte, hay cada vez más jóvenes entre los que duermen en la calle con estos fríos. Así se discute cómo ayudarlos a pasar el invierno sin tener muy claro quiénes son.

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Eloísa Capurro

Carmen Puentes, trabaja hace siete años en la Cruz Roja. Ella es encargada de Ayuda Humanitara y reparte ropa y alimentos entre las personas en situación de calle. Trabaja abrigada con guantes, campera y bufanda por el frío que pasa debajo de la puerta del galpón donde se agolpan cientos de bolsas de nailon, llenas hasta reventar con donaciones de ropa. Es lunes y la temperatura ronda los seis grados.

"Estamos viendo a muchas personas jóvenes, cuando antes se veía más gente de mediana edad", dice Puentes. Datos del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) indican que hay unas 1.200 personas en situación de calle en Montevideo, cifra que viene en aumento. De ellas son unas 500 las que no asisten a refugios nocturnos. El director de Integración Social, Sebastián Pereyra, confirmó a Qué Pasa que la población duerme a la intemperie, tiende a ser cada vez más joven. Antes el promedio solía rondar los 60 años.

Como Claudio y Erika. Él tiene 30 años y ella 39. Hace unos meses que viven en la calle. Ellos son parte de esa estadística que arrojan los estudios oficiales. Y ese lunes recorren el largo corredor que desemboca en el galpón de la Cruz Roja.

"Veníamos por la donación", dice ella y enseguida se disculpa. Están casi en la hora de cierre. "Dame un minuto que tengo que sacar mis cosas", dice y abre una pequeña cartuchera con un cepillo y pasta de dientes, y unas pocas toallas higiénicas. Nada más.

Antes de pasar al baño, Erika presenta un papel. La Cruz Roja les exige un certificado del Mides que acredite que concurren a un refugio o que están en situación de calle. Ésta es la primera vez que Claudio se acerca a la organización. Vino porque Erika le contó que una vez le dieron un pantalón "con piedritas" y algodones para que se higienizara durante su ciclo. "Estoy rezando por darme un baño", dice ella. Allí podrían, si no hiciera tanto frío.

Días antes los medios informaban que se había llegado a un nuevo pico de consumo de energía eléctrica, incitado por el frío invernal. Ese lunes gélido, apenas cuatro personas se acercaron al galpón de la Cruz Roja donde se amontona la ropa donada. Algunas bolsas están separadas. Es ropa de verano o en mal estado, que terminá en algún otro lugar. "Nosotros a diario recibimos donaciones", dice Puentes. Lo que más hace falta son alimentos.

"La gente viene a buscarla una vez por semana", afirma Puentes. "Pero si llueve les tenés que dar más, porque se les mojó todo. También viene gente de refugios que dice que les robaron la ropa". Según datos del Mides muchas de estas personas carecen del apoyo de sus familias.

Esa es, también, la situación de Claudio y Erika. Él se fue de la casa de su madre, "por problemas" dice, y nunca más volvió. Ella no explica por qué no ve más a sus padres. Ahora son solo ellos dos.

Se conocieron hace ocho meses en la puerta de un refugio. Él trabajaba en la construcción, y quedó desempleado. Ella nunca trabajó. El refugio la obligaba a tener horarios, hasta que la echaron.

"¿Cuánto es que calzan?", pregunta una funcionaria. Claudio dice el talle de los dos. "Vos sos flaquito, ¿qué talle serás?", responde la funcionaria, mirando a Claudio nadar en el avejentado buzo rojo que lleva puesto. Él le responde y espera, otra vez a la intemperie.

Por fuera del otro gran estereotipo de que un hábitat tan hostil como la calle genera agresividad, Erika y Claudio son muy amables. Saludan cuando los funcionarios pasan por su lado y les dicen "buen día". Se despiden con un apretón de manos. Se dan un beso. Mantienen la humanidad a pesar de que viven en una situación extrema, peleando para mantener sus pertenencias, cambiando cada noche el lugar donde duermen.

"El alcohol y el frío se está llevando a la tanda de ahora", dice Erika. Ellos los ven en los refugios: los "vietnamitas", como le dicen a los hombres que cojean o tienen problemas de adicción, y las "locas" en los refugios para mujeres. "Hay algunas que ni el Vilardebó quiere", dice Erika. Ellos, a los refugios prefieren no volver.

Cada día es empezar de nuevo. Ver cómo hacen para conseguir 35 pesos que les asegure un desayuno. Ver cómo pasar por el INDA, aunque la tarjeta que los acredita como beneficiarios la tengan vencida. Soñar con que quizás algún día puedan tener un pedazo de tierra propio o un trabajo, aunque todavía no sepan cuándo podrán ducharse.

"Todos tenemos alguna marginación", dice Erika. "Todos somos así, exiliados de nuestra tierra natal".

dar una mano. Según las autoridades el 90% de las personas que viven en la calle presentan algún tipo de patología psiquiátrica. La minoría tiene estudios completos. Y si bien hay algunas familias viviendo en esas condiciones, la mayoría no tiene un apoyo familiar detrás.

"En 2005 no existían estudios sobre la población en situación de calle", dice Pereyra. El último censo sobre la población en situación de calle disponible en la web es de 2006. Los datos de 2010 aún están siendo procesados. Y el ministerio trabaja en estudios para evaluar, por ejemplo, los niveles de agresividad de estas personas.

"Hoy la postura es la de un Estado presente, antes era la de un Estado ausente", dice Pereyra. Y eso que días atrás las autoridades pidieron a las organizaciones de voluntarios que dejaran de dar frazadas o alimentos a esta población. Eso, dicen, los hace sentir "cómodos" y reduce las posibilidades de que vayan a un refugio.

"A los refugios no quieren ir porque los han robado y los han maltratado", dice Diana Traverso, fundadora de Algo por Alguien, una organización de jóvenes que se junta los miércoles y sábados a las 19 horas en la Plaza Fabini, para salir a repartir ropa y alimentos entre las personas en situación de calle.

Ella es una de las voluntarias que discrepa con esos datos del Mides. Dice, por ejemplo, que personas con patologías psiquiátricas hay pocas. Y que las que tienen Secundaria completa, son muchas más. Según cifras oficiales, dentro de la población sin techo son minoría los que tienen estudios completos.

"Tenemos un muchacho que increíblemente era médico y estaba en la calle", dice. "Tenemos a un chiquilín que está en la calle hace más de seis años. Hace cursos de Hotelería y trabaja pero no le da para pagarse un lugar donde dormir. Y a un refugio no quiere ir, porque tiene pertenencias que no quiere que le roben".

En los cinco años que hace que Algo por Alguien recorre las calles de Montevideo, la organización ha logrado sacar a 15 personas de la calle. Aunque ninguno de los miembros es asistente social, intentan brindar algún tipo de contención. Por ejemplo, consiguiéndoles cédulas.

"Nosotros no manejamos dinero", dice la voluntaria. "Apuntamos a documentarlos y conseguirles un trabajo también. Por ejemplo, pedimos por internet si alguien puede pagar el costo de una cédula".

La brigada atiende a personas que ya llevan más de 20 años viviendo en la calle. Pero también a jóvenes que no hace mucho se han visto en esa situación. Y eso, dicen, es lo que más están viendo.

"Hay mucha gente nueva que quedó desocupada y, al no poder pagar un alquiler, terminó en la calle", dice Traverso. "No tienen aspecto de indigentes porque no les ha tocado vivir un año así".

Hay problemas de adicción. A la Cruz Roja han llegado personas alcoholizadas, o jóvenes que se alejaron de sus familias por estar anclados a la pasta base. Pero, dicen, es un porcentaje. No la mayoría.

Tampoco lo son, dicen, los pacientes psiquiátricos. "Están sanos mentalmente", dice Traverso. "Lógicamente tienen un desgaste por dormir todos los días en la calle, no encontrar dónde bañarse. Pero tienen un muy buen nivel cultural. Te diría que hasta te dejan corto de palabras".

Ornella Caruso tiene 23 años y desde sexto de liceo está involucrada con la Brigada Caldo, una organización que nació del colegio Santa Teresa de Jesús y que también reparte alimentos.

"El grupo arrancó después de la crisis de 2002", dice. "Los alumnos y ex-alumnos del colegio llegábamos a nuestras casas y teníamos bolsas de agua caliente y comida. El saber que hay personas que no tienen eso es una apertura de ojos que está buena en la adolescencia".

La brigada se junta lunes y jueves a las 19 horas en el colegio, donde preparan una gran olla de guiso que luego repartirán por el centro de Montevideo. De las 50 personas que usualmente atienden, la mitad está vive en las veredas. La otra mitad son familias de escasos recursos.

"Tenés de todo: personas mayores, jóvenes con niños", dice Caruso. "Hay mucha gente con estudios. Nos cruzamos el otro día con un profesor de Filosofía, que trataba de estudiar. Hay personas que quieren salir adelante".

Después de los anuncios de los últimos días de las autoridades, la brigada comenzó a informarse de teléfonos y planes oficiales para poder dar algo más a las personas que ayudan.

"Intentamos desnaturalizar esa situación en la que viven", dice Caruso. "Pero hay muchas personas que simplemente les alcanza con los diez minutos que están con nosotros". Porque en el fondo, dicen las voluntarias, lo más importante para estas personas es sentir que no están tan solas.

30

es la edad que tienen en promedio las personas en situación de calle. Solía ser cercana a los 60.

Al refugio, aunque no quieras

Las bajas temperaturas se habían cobrado la vida de cinco personas que estaban en la calle, al cierre de esta edición. Una más fue anunciada esta semana: en Durazno una persona de 69 años murió por hipotermia en su casa. Era de bajos recursos.

La situación ya ha sido calificada de "emergencia social". Y el Parlamento sancionó la ley que permite la internación compulsiva en refugios o centros asistenciales a quienes viven en la calle. El gobierno anunció la apertura de nuevos cupos en refugios y el refuerzo de la tarea del Ministerio de Desarrollo Social a través del apoyo de mutualistas y de ASSE, entre otras medidas.

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