David Alandete (*)
Cuando, en julio, Christine Lagarde, la elegida para dirigir el Fondo Monetario Internacional en Washington, se disponía a ocupar su cargo, una duda recorría a los 24 miembros del comité ejecutivo. ¿Cómo dirigirse a ella? ¿Señora? ¿Directora? ¿Directora gerente? ¿Madame Lagarde? Iba a ser la primera mujer en ocupar ese cargo, en una época tumultuosa para la economía mundial en la que el Fondo se había convertido en una suerte de prestamista y defensor de la austeridad mundial. Finalmente, ella misma sugirió Madame Directora, como se la llama ahora.
Madame Directora lleva, a sus 56 años, toda la vida siendo la primera mujer en hacer algo. Fue la primera mujer, y la primera persona no estadounidense, en dirigir el prestigioso bufete de abogados Baker & McKenzie de Chicago. También fue la primera en servir como ministra de Economía y Finanzas en Francia. Y ahora es la primera mujer en presidir la economía mundial. Diseña paquetes de rescate. Impone reformas draconianas. Exige que se cumplan sus requisitos de austeridad.
Lo cierto es que el ascenso de Christine Lagarde a dama de hierro de la economía mundial hubiera sido imposible sin la caída a tumba abierta de su predecesor en el cargo, un hombre en sus antípodas, Dominique Strauss-Kahn.
El 15 de mayo del año pasado, la nueva directora del Fondo se hallaba de fin de semana junto a su pareja, el empresario marsellés Xavier Giocanti, cuando recibió una alerta informativa: "DSK arrestado en el aeropuerto JFK de Nueva York acusado de agresión sexual". Lagarde había decidido recientemente que aspiraría a sucederle, pues Strauss-Kahn había expresado en reiteradas ocasiones su voluntad de abandonar el Fondo para disputarle la presidencia a Nicolas Sarkozy representando al Partido Socialista. Aquella salida se iba a convertir, finalmente, en un descalabro por la vía rápida, y Lagarde se dispuso a obrar con rapidez.
Había sido el ministro de Hacienda británico, George Osborne, quien había plantado la idea en la cabeza de Lagarde, en una cena dos días antes del arresto de Strauss-Kahn. "Si te presentas, recibirás nuestro apoyo", le garantizó. Angela Merkel, canciller alemana, le dio indicaciones similares. Solo había entonces un escollo que salvar: el de su propio jefe, Sarkozy, que se resistía a dejar ir a una de sus ministras más populares.
Tanto el primer ministro británico, David Cameron, como Merkel intercedieron telefónicamente para convencer a Sarkozy. Era la candidata ideal, según le dijeron, formada en un gobierno, como el de todos ellos, conservador. Se trataba, además, de una conversa al credo del libre mercado, ideal para defender una de las fortalezas del neoliberalismo. Finalmente, con Lagarde, Francia se mantendría al mando de la institución, tal y como ha sucedido en más de la mitad de su existencia.
La frugalidad no es para los que mandan sobre la economía mundial. Lagarde luce Chanel y no se separa de su bolso Hermès. Cuando era ministra en Francia, en sus visitas oficiales solía bloquear algunas horas para una actividad a la que en su agenda se refería crípticamente como "piedras". No se iba de escalada. Se trataba de sesiones de compras de joyas, a las que la dama es muy dada.
Ahora cobra, en su nuevo puesto, 551.700 dólares anuales. De ellos, 467.940 corresponden a su salario, y 83.760, a gastos por traslado a Washington. Su contrato es de cinco años. Son 53.720 dólares más de lo que cobraba anualmente Strauss-Kahn. El Fondo no ha dado razones para ese aumento, pero recuerda que a la nueva directora se le ha añadido una cláusula en su contrato en la que se estipula que "observará los más altos estándares de conducta ética, de acuerdo con los valores de integridad, imparcialidad y discreción".
Cuando llegó a Washington, en julio, Lagarde alquiló un apartamento de una habitación en 3303 Water, uno de los edificios más caros de la capital, frente al río Potomac, en Georgetown. El precio estimado del alquiler, que incluye gimnasio y piscina en el último piso, con vistas al río y los monumentos federales, es de unos cinco mil dólares mensuales.
Recientemente compró un apartamento en el West End de Washington, una exclusiva zona más cercana al edificio del FMI. El edificio se halla cerca del hotel Ritz y del exclusivo gimnasio LA Sports Club. Los apartamentos cuestan allí, aproximadamente, entre uno y tres millones de dólares. Que Lagarde haya decidido quedarse en la ciudad y no acudir a uno de los adinerados suburbios de Maryland, como Bethesda o Potomac, da también una idea de su resistencia a la americanización en la que caen los líderes extranjeros al mudarse a Washington.
Esta es, de hecho, la segunda ocasión en que Lagarde reside en Washington. Algo que se nota en su dicción: su inglés es perfecto, con claro acento británico. En 1974 estudió un año, con una beca, en la exquisita y selecta escuela secundaria Holton Arms de Bethesda, en las afueras de la capital. Allí también estudió la esposa de John Kennedy cuando era Jacqueline Bouvier. No puede haber mayor indicación de la distinción y el abolengo de esa refinada escuela de señoritas.
A Madame Lagarde le gusta el submarinismo, el yoga y la jardinería. Y mantiene una casa en Rouen, en Normandía. Añora, según ha dicho en varias entrevistas, la oportunidad de acudir allí a pasar un fin de semana y cuidar de su huerto. No fuma. No come carne. No bebe. Una de las pocas excepciones a la última regla la hizo el día que le ofrecieron formalmente el puesto de directora del FMI. Entonces, sin grandes aspavientos, paró brevemente en un bar del aeropuerto y se tomó una copa de champán, a su salud. Fue un discreto placer, en consonancia con su estilo.
Conoció a su actual pareja hace 30 años, cuando ambos estaban casados
De vuelta a su país estudió derecho y ciencias políticas. Intentó ser aceptada, en dos ocasiones, en la Escuela Nacional de Administración de Francia, donde se han formado algunos de los más exitosos altos funcionarios de aquel país. Fue rechazada en ambas ocasiones, así que Lagarde se aplicó ese lema de Holton Arms: si no encontraba un modo para ascender en política, crearía el suyo propio.
En 1981 ingresó en la división francesa del bufete estadounidense Baker & McKenzie, fundado en Chicago. En 1999 pasó a dirigir la firma. De allí dio el salto, seis años después, a la política, como ministra de Comercio primero y de Agricultura después. En 2007, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, la eligió como ministra de Economía, cargo que ocupó hasta que tomó el mando en el FMI.
Su marcha del Gobierno no fue todo lo triunfal que ella esperaba. La fiscalía francesa abrió el año pasado una investigación por su implicación, como ministra, en un litigio que enfrentó al empresario Bernard Tapie, afín a Sarkozy y al Gobierno, y al banco Crédit Lyonnais, que había sido nacionalizado. El caso llevaba abierto desde 1993. Ella lo puso en 2008 en manos de unos jueces arbitrales que ordenaron que el Estado indemnizara a Tapie con 240 millones de euros.
En su largo ascenso, Lagarde no sacrificó su vida familiar para subir en el mundo del derecho y los negocios. Como Margaret Thatcher, se casó pronto, en la veintena, y tuvo dos hijos, Pierre-Henri y Thomas, cuando tenía 30 y 32 años. A diferencia de Thatcher, que permanecería la mayor parte de su vida junto a su marido, Denis, Lagarde se divorció y se volvió a casar, para divorciarse de nuevo. Desde 2006 sale con el empresario francés Xavier Giocanti, que reside en Marsella y la visita en Washington, como norma, una semana cada mes.
Ambos se conocieron en los años ochenta cuando enseñaban en la Universidad de Nanterre. "Fue un encuentro hermoso", dijo Giocanti en una entrevista con Paris Match en 2010. "Los dos fuimos muy corteses, y nada más. Sobre todo porque ambos estábamos ya casados con otras personas". En 2006, cuando ya era ministra, Lagarde visitó a Marsella, donde se reencontró con Giocanti. "Tuve que empezar entonces de cero. Ambos éramos ya libres, pero había pasado mucho tiempo", añadió el empresario.
Ella trabajaba en París. Él, en Marsella. Se encontraban los fines de semana. Pensaban casarse, pero según dijeron ambos a Paris Match, lo pospusieron por una razón que solo alguien con las responsabilidades de Lagarde podía aducir: la crisis financiera no les dejó tiempo. ¿Y cómo mantienen el contacto? "Somos grandes usuarios de los SMS", dijo Giocanti.
Hasta el estallido de la crisis financiera en 2007, el FMI era una institución sin caracter, creada en 1945 para estabilizar los tipos de cambio de divisa y reinventada en la década de 1980 como un gran prestamista a economías endeudadas, defensora de principios como la austeridad del gobierno y el control a la baja del suministro de dinero por parte de los bancos centrales.
Fue en realidad Strauss-Kahn, hombre de personalidad hiperbólica, quien decidió involucrar al Fondo en las negociaciones del rescate de Grecia y quien lo convirtió en un juzgado implacable que debería asegurarse de que ese maltrecho país cumpliera todos los duros requisitos de austeridad impuestos sobre él. Eran días inciertos. Parecía que Grecia y el euro fueran a caer al abismo. Pero antes cayó Strauss-Kahn, y Lagarde ocupó, triunfante, su puesto de dura patrona del libre mercado mundial.
Dicen quienes la conocen bien que una de sus aficiones es coleccionar caricaturas de ella misma, que coloca en su despacho. Su favorita es una en la que aparece vestida de cuero, con medias de rejilla, dominando a un banquero. Esa es parte del estilo de Lagarde, desenfadado en su gravedad. Trajo a Washington un estilo propio de la rive droite parisiense, que, entre pañuelos de color pastel y collares de perlas, oculta vaporoso a una de las mujeres que más poder han tenido sobre la economía mundial en la historia.
(*) El País, España
56
años tiene Christine Lagarde, la primera mujer al frente del Fondo Monetario Internacional.
551.700
dólares por año es el salario de Lagarde por el puesto que asumió en julio del año pasado.
53.700
dólares más que Dominique Strauss Khan gana Lagarde quien tuvo que firmar un compromiso ético.
Un estilo que es muy personal
Rebelde y parisiense, Lagarde ha reinventado, según los expertos, el atuendo de negocios: viste con trajes, pero no imita a sus predecesores varones. Ha evitado radicalmente la feminización extrema. No se parapeta en la imagen de dama que merece deferencia por la supuesta debilidad femenina frente a los hombres, ese mito machista. Según ella misma explicó en una reciente entrevista con `Financial Times`, "cuando vine a América, en el pasado, vi a muchas mujeres trabajadoras en las décadas de 1980 y 1990 que siempre se vestían como hombres, y eso tuvo una influencia en mí para nunca caer en ello".