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CHRISTOPHER HITCHENS
Escritor y periodista
La muerte de Christopher Hitchens -el jueves 15, a los 62 años, víctima de un cáncer- deja al mundo intelectual de Occidente sin uno de sus grandes polemistas. Uno de sus grandes blancos fue Dios, cuya existencia intentó refutar en textos propios o en recopilación de textos ajenos, lo que deja claro la altura de sus ambiciones. Fue además un periodista extremo y un personaje de la farándula cool del hemisferio norte en los últimos 20 años. Buena parte de su obra está traducida al español (Amor, pobreza y guerra es una interesante colección de sus artículos) y fragmentos de ella han sido publicados en este suplemento. En agosto se editaron sus memorias, Hitch 22 (Debate, 550 pesos) a las que pertenece este texto que es casi una declaración de principios.
Hannah Arendt hablaba del "tesoro perdido de la revolución": un fenómeno proteico que escapaba a la captura de quienes más lo buscaban. Como la "astucia de la historia" de Hegel y "el viejo topo" de Marx que surgía en lugares impredecibles e irónicos, ese elemento voluble aceleró mi breve vida en años trágicos y mágicos como 1968, 1989 y 2001. En el curso de todos ellos, aunque no sin circunvoluciones y contradicciones, resultó evidente que la única revolución histórica a la que le quedaba algo de brío, o que siguiera siendo un ejemplo para cualquier otra, era la de Estados Unidos.
Anunciar que uno ha aprendido dolorosamente a pensar por sí mismo puede parecer una conclusión poco excitante y, de todos modos, solo tengo mi palabra para afirmar que me he enseñado a hacerlo. Las formas en que se llega a esa conclusión pueden ser más interesantes, al igual que siempre cuenta más cómo piensa la gente que lo que piensa. Sospecho que lo que más cuesta entregar al idealista es lo teológico, o el sentido de que hay algún futuro alcanzable y mejor, que puede acercarse por medio de acciones en el presente y que justifica los "sacrificios". Una parte de mí todavía "siente", pero ya no piensa, que la poderosa humanidad sería más pobre sin esa ilusión increíblemente poderosa. "Un mapa del mundo que no mostrara utopía -dijo Oscar Wilde- quizás no mereciera la pena". Antes adoraba esa frase, pero ahora pienso más en los naufragios y cárceles en las islas a las que ha llevado esa búsqueda.
Pero espero y creo que mi edad madura no ha deshonrado a mi juventud. Realmente he visto más prisiones abiertas, más gente y territorios "liberados", y más tabúes rotos y censores desdeñados, desde que abandoné la idea, o al menos el plan, de un futuro radiante. Esas "sencillas" proposiciones corrientes, de la sociedad abierta, especialmente cuando se comparan con las simplificaciones letales de los enemigos jurados de la sociedad, eran todo lo que necesitaba. Eso tampoco era un aburrido ritual hacia la derecha. La derecha presentaba excusas tácticas para dictaduras amigas, mientras que ahora la mayoría de los conservadores evitan frenéticamente hasta la apariencia de hacerlo, y al menos parte de la izquierda puede llevarse al menos parte del crédito de al menos parte de eso. No se trata de que sean ironías de la historia, sino que la propia historia es irónica. No es que no existan certezas, sino que existe la absoluta certeza de que no hay certezas. No solo es cierto que el único examen de conocimiento es la conciencia aguda y cultivada de lo poco que sabe uno (como bien sabía Sócrates), sino que es cierto que ilimitadas zonas y campos de lo que uno ignora se extienden de tal modo y a tal velocidad que contemplarlos resulta casi fantásticamente hermoso. Entonces, una razón por la que no volvería a vivir mi vida es que uno no puede nacer sabiendo esas cosas, y debe descubrirlas por su cuenta, aunque parezcan condenadamente evidentes.
(...) A lo largo de la última década, he sido vívidamente consciente del desafío literalmente letal de la clase de gente que opera con certezas absolutas y se cree impulsada y justificada por la autoridad superior. Haber pasado tanto tiempo aprendiendo relativamente poco y que gente que ya lo sabe todo, y que tiene toda la información que necesita amenace todos los aspectos de mi vida.... Aún es más deprimente ver que, frente a este asalto feroz, muchos de los mejores carecen de toda convicción y dudan a la hora de defender lo que posibilita su existencia, mientras que los peores están llenos de brío y hierven de exaltación asesina.
Es una tarea ímproba combatir a los absolutistas y a los relativistas al mismo tiempo: sostener que no existe una solución totalitaria e insistir al mismo tiempo en que, sí, los de nuestro lado también tenemos convicciones inalterables y estamos dispuestos a luchar por ellas. Tras varias lealtades pasadas, he llegado a creer que Karl Marx tenía toda la razón cuando recomendaba una duda y autocríticas continuas. Pertenecer a la tendencia o facción escéptica no es, en absoluto, una opción blanda.




