The economist
Cerca del final de sus ocho años en el cargo, a Dick Cheney le preguntaron si tenía algún consejo para el equipo de Barack Obama. "Asegúrense de tener controlado al vicepresidente", contestó. A pesar de que lo dijo como broma, la risa resultó forzada en ambos lados. Los demócratas veían a Cheney como la fuente de todo lo que estaba mal en la administración de George Bush hijo; una especie de Darth Vader gafoso y calvo. El nuevo libro de memorias de Cheney, más allá de sus aires de autojustificación, aporta poco para despejar esa impresión, mostrando exactamente como un vicepresidente puede volverse loco.
Cheney y su sucesor, Joe Biden, fueron elegidos como compañeros de fórmula más o menos por la misma razón. Ambos aportaron un aire de experiencia, especialmente en política exterior, a candidatos escasos de curriculum. Cheney fue secretario de Defensa para el padre de Bush, y participó de la comisión de Inteligencia durante sus 10 años en la cámara baja. Biden fue presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado. Ambos habían abandonado sus propias ambiciones presidenciales. Eso, se pensaba, les permitía darles a sus jefes un consejo honesto, y a la ciudadanía la confianza de que eran los ancianos sabios.
Biden ha tomado responsabilidades públicas similares a las de Cheney. Maneja mucha de la política exterior (acaba de regresar de China y Japón). Pero quizás lo más lo importante es que lidia con el Congreso en temas legislativos problemáticos. El año pasado fue trascendente en cerrar el acuerdo que extendió algunos cortes impositivos, así como los beneficios para los desempleados. A comienzos de año lideró las negociaciones para elevar el techo de la deuda. Aunque el presidente terminó tomando el tema, el eventual acuerdo parece reposar en gran parte en el trabajo manual del vicepresidente.
Pero, mientras Cheney es visto como la eminencia gris detrás del a veces bufonesco Bush, Biden parece el entusiasta palmeador de espaldas comparado con el profesoral Obama. En eso tiene algo que ver el temperamento. Si Cheney es autoritario (una vez le dijo públicamente a un senador "Andá a cagar"), Biden es infantilmente entusiasta (le aseguró a Obama -públicamente pero susurrando- que su reforma de salud era "del carajo").
Principalmente, sin embargo, la reputación de Darth Vader, descansa en su fervoroso respaldo a las políticas más controvertidas de la presidencia de Bush. Hasta hoy se mantiene sin arrepentimientos acerca de los atropellos a las libertades civiles después del 11 de setiembre de 2001 y acerca de invadir Irak basándose en la errada premisa que tenía armas de destrucción masiva. No solo no hay problema, desde su punto de vista, con hacerle "submarinos" a los prisioneros en Guantánamo si no que, además, no hay mucho para discutir. Sirvieron para un fin útil. Cuestiones que han consumido a Estados Unidos por años, como si las autoridades deberían haber estado más alertas sobre el 11-S, ni siquiera merecen una mención.
El único arrepentimiento de Cheney parece ser que no todos en la administración Bush podían ver a largo plazo y y eran inquebrantables como él, y por eso trabaron un bombardeo a Siria e instancias más duras con Corea del Norte e Irán. Colin Powell, el primer secretario de Estado de Bush es retratado como un saboteador enfurruñado; Condoleezza Rice, su sucesora, como una torpe apaciguadora. Incluso el señor Bush ha tenido sus lapsus en la mirada del vicepresidente: se decidió por abogados nerviosos en el Departamento de Justicia, por ejemplo, cuando cuestionaron la legalidad de un plan de espionaje contra el terrorismo.
El relato de Cheney, en resumen, hace fácil darse cuenta qué fue lo que falló. Estaba tan preocupado con castigar a los chicos malos, que perdió el rumbo de todo lo demás. Según él mismo lo admite, tenía "poca paciencia" para las nimiedades constitucionales. Tampoco parece haberle prestado demasiada atención a la opinión pública. La aplastante derrota republicana en ambas cámaras del Congreso en las elecciones de 2006, debido en gran parte por el desgastamiento de la guerra, aparece solo en un pasaje, como un posible impedimento para los planes en Irak.
Y la economía era definitivamente un tema secundario. Cheney dedica solo nueve páginas de su libro a las causas de la crisis financiera y a la respuesta del gobierno -solo una página más que a la enojosa pregunta de si Estados Unidos o Israel estaba mejor situado para bombardear una sospechosa instalación nuclear en Siria.
Que Cheney estaba muy obsesionado con la "guerra contra el terror", como él suele denominarla y puesta en letra mayúscula, y que estaba demasiado dispuesto a argumentar que el fin justifica los medios, no es sorpresa. En retrospectiva, lo que es asombroso es cuán bueno era Cheney en la tarea de vender su agenda, a pesar de sus obvias fallas. Parece haber sido un muy astuto juez de cuánto podía presionar a los mandos medios, la burocracia y al Congreso. El mismo día en que atacaron los terroristas, recuerda, comenzó a escribir una lista de qué autoridad necesitaría el presidente para responder, y cómo era la mejor manera de asegurarla.
Allí yace la mayor diferencia entre Biden y Cheney. El primero pasó 36 años en el Senado antes de su ascenso a la vicepresidencia; el último había manejado a la Casa Blanca, como jefe de gabinete de Gerald Ford, a las Fuerzas Armadas, como secretario de Defensa, y al conglomerado multinacional, como jefe ejecutivo de Halliburton.
Cheney, en otras palabras, sabía cómo conseguir que se hicieran las cosas. Y en la mayor parte de su mandato, puso ese conocimiento en uso. Pero mientras la administración Obama se tambalea de una pelea con los republicanos en el Congreso a otra, con la mayor parte de su agenda abandonada al costado, uno no puede dejar de preguntarse la diferencia que hubiera hecho un hombre con la astucia y determinación como Cheney susurrando en la oreja del presidente. (Traducción: EC, FRC)
EL LIBRO
In My Time: A Personal and Political Memoir de Dick Cheney (con Liz Cheney). No hay edición en español. En Amazon, 19,20 dólares.