POR MALENA CASTALDI |
mcastaldi@elpais.com.uy
Pasó más de un siglo desde que en 1906 Uruguay estrenó su primer ascensor, que funcionó en el hotel Lanata frente a la plaza Matriz, y aquel medio de transporte exclusivo, suntuoso, que hasta disponía de asientos para trasladar a sus ocupantes, dio paso a unidades más ligeras, veloces y que priorizan la practicidad a la hora de organizar el espacio. En línea con el abaratamiento general de los productos tecnológicos, los costos de instalar y mantener un ascensor se fueron redujendo con el paso de los años y operaron una dramática caída en los últimos 20 años. El fenómeno, sumado a la constante construcción de edificios, hizo florecer una industria que factura hoy unos US$ 50 millones que se disputan entre las empresas pioneras -tanto nacionales como internacionales- y varias otras que se fueron sumando al rubro.
Del volumen de negocio citado, unos US$ 41 millones responden al mantenimiento de las unidades y US$ 9 millones a la instalación de nuevos ascensores. De este modo, las colocaciones sustentan la permanencia de las empresas, ya que la rentabilidad de la industria está en los servicios de manutención, reveló el gerente general de Delta, Walter Martoy. Así, cada firma coloca elevadores y asegura el crecimiento del parque, al que luego brindará los servicios de revisión, modernización y reparación, precisó el ingeniero.
En Uruguay, estiman, hay al menos 12.000 elevadores instalados. Según datos de la Intendencia de Montevideo, en la capital son 8.500 los que están en uso. Por lo demás, las firmas sostienen que hay entre 1.500 y 2.000 unidades en Maldonado, mientras otros 500 se ubican en las principales ciudades del interior.
El mercado se divide entre dos multinacionales de peso, la estadounidense Otis y la alemana ThyssenKrupp, y tres grandes empresas locales, Adamoli, Delta y Alpha. No obstante, la lista de firmas en plaza supera la media centena.
Al respecto, el gerente general de Otis, Gustavo Galisteo, señaló a El Empresario que el mercado es muy competitivo pero que aún hay margen de crecimiento, ya que datan en plaza unidades con más de 80 años que funcionan con sus piezas originales. Lo cierto es que aquí, a diferencia de otros países, las remodelaciones y actualizaciones se hacen a largo plazo, amén de los controles mensuales y revisiones anuales exigidos por los respectivos municipios.
No obstante, estos son tiempos favorables, ya que la creciente industria de la construcción impulsa una fuerte demanda desde hace al menos cinco años. Antes, cada empresa colocaba unos 60 elevadores residenciales al año; hoy la cifra se duplicó y se instalan en promedio unos 120. En el caso de ThyssenKrupp, que apuesta a un target ejecutivo e industrial, los números son mayores: entre 200 y 250 unidades anuales.
Los guarismos recabados sugieren que Otis, en Uruguay desde 1910, atiende el 30% de la plaza en el subnegocio mantenimiento y más del 50% de las nuevas instalaciones. Por su parte, ThyssenKrupp dispone del 20% en mantenimiento y al menos un 9% en colocaciones. Mientras, Adamoli -desde 1924- y Delta muestran cifras parejas con entre un 15% y 20% de participación global en el sector.
SUBE Y BAJA
Las plataformas para transportar mercadería de arriba hacia abajo datan del Antiguo Egipto; sin embargo, en 1853 Elisha Graves Otis presentó su invención en transporte vertical de pasajeros con un sistema de seguridad para detener la unidad en caso que se desprendieran los cables que lo sujetaban. Fue entonces cuando surgió el primer ascensor para personas.
Amén del tradicional modelo eléctrico con sala de máquinas, hay otros dos que coexisten: el hidráulico y el autoportante (sin sala de máquinas). Al respecto, el gerente comercial de ThyssenKrupp, Sebastián Otero, precisó que el mercado se inclina por este último, ya que permite ahorrar espacio en la superficie de los edificios; un aspecto que muchas veces priorizan arquitectos y constructores.
En tanto, los hidráulicos comenzaron a ser instaladas hace unos diez años. El ingeniero técnico de la empresa y fábrica familiar Adamoli -que instaló el primer ascensor en Uruguay-, Manuel Ríos, indicó que estas unidades tienden a ser menos veloces y que suelen colocarse en edificios bajos, como construcciones residenciales de pocos pisos. Las mismas funcionan mediante la instalación de un gato que impulsa la cabina hacia arriba.
VALORES
Para uno de los directores de Adamoli, Mario Ríos, "el ascensor dejó de ser un lujo y pasó a ser una necesidad". Así las cosas, la diferencia de precio entre elevadores de lujo y estándar se achicó. Antes, instalar un ascensor representaba el 5% de los costos de un edificio, hoy son el 1% y apenas se arriman al 2% en caso de que sean dos. Ríos recordó que en 1978 un ascensor equivalía al valor de 80 metros cuadrados, cuando hoy se asemeja al de 12 m2.
De hecho, una unidad estándar con paredes de acero inoxidable y piso de granito para un edificio de tipo residencial que no supere los diez pisos cuesta en el entorno de los US$27.000; si no tiene sala de máquinas probablemente valga entre US$4.000 y US$5.000 más, en tanto los hidráulicos rondan los U$S 30.000 en el mercado. Asimismo, sumarle flechas que indiquen el sentido del elevador, una placa digital para visualizar las paradas y un dispositivo de voz que indique en qué piso se encuentra la unidad, no saldrá más de US$ 1.500 o US$ 2.000 adicionales.
Con registro comunal
Montevideo, Maldonado y Paysandú son los únicos departamentos con normativa referente a los ascensores. En la capital, la Intendencia comenzó a regular la actividad a partir del primer decreto de la Junta Departamental, que data del año 1953; no obstante participaba de su administración desde la década del treinta. La ingeniera Laura Vallespír, del Sector Ascensores del Servicio de Instalaciones Mecánicas de la comuna, indicó que el municipio lleva unas 11.800 matrículas otorgadas, las que reúnen ascensores, montacargas, escaleras mecánicas, cintas y plataformas.