Un grupo de investigadores de Nestlé SA en la ciudad suiza de Vevey ha emprendido una insólita misión: crear alimentos basados en una reacción visceral.
No se trata del tipo de instinto que normalmente se asocia con la toma de decisiones intuitivas, sino de los procesos sofisticados que tienen lugar en nuestros tractos digestivos y que nos avisan cuándo tenemos hambre. Ahí, se encuentra un grupo de células nerviosas que funcionan de una manera parecida a las neuronas del cerebro. Se trata, en esencia, de un segundo cerebro, autónomo y autorregulado, que todos llevamos en el vientre.
Este segundo cerebro, formalmente conocido como sistema nervioso entérico, está formado por unos 500 millones de células nerviosas, equivalente al total que tiene el cerebro de un gato. Entre otras funciones, ayudan a controlar las contracciones musculares en el vientre, así como las secreciones de glándulas y células. Además, equilibran el hambre y la saciedad, comunicando esas sensaciones al cerebro grande.
Nestlé, uno de los mayores grupos alimentarios del mundo, espera desarrollar nuevos tipos de alimentos con los que "engañar" a este segundo cerebro, de manera que las personas se sientan llenas antes o durante más tiempo, y paliar el deseo de seguir comiendo.
"Esto quiere decir que la gente se sentirá llena con mayor rapidez", apunta Heribert Watzke, un investigador de Nestlé.
"Eso le indica al cerebro grande que deje de seguir comiendo". El conglomerado dice que sus nuevos productos podrían estar disponibles en un plazo de cinco años.
Ciencia alimentaria
Esta incursión en la ciencia alimentaria, un terreno en el que también se están aventurando otras compañías, podría representar un nuevo asalto en la lucha contra los kilos de más.
Nestlé y otros gigantes de la industria han emprendido una carrera por descifrar el lenguaje de la saciedad, el complejo sistema de señales que el cerebro en nuestro vientre envía al cerebro grande, y utilizar esos hallazgos para desarrollar alimentos que induzcan esa sensación.
Estudiar el movimiento de los alimentos a través del tracto gastrointestinal de una persona no es fácil. Por eso, los científicos en el "laboratorio digestivo", utilizan un modelo artificial que cuesta US$ 1 millón. EL MERCURIO, GDA
¿Quién manda?
Incluso cuando estamos llenos, nuestro cerebro grande puede ignorar los mensajes de nuestro segundo cerebro que nos piden dejar de comer. Algunos mensajes nos inducen a comer aunque no tengamos hambre: expectativas culturales como la hora de cenar, el aroma de una comida o compulsiones psicológicas.