Las estocadas de un emprendedor y agitador

A UN AÑO DE LA MUERTE DE DANIEL FERRERE

ANDRÉS CERISOLA / FERRERE ABOGADOS

Uruguay es bastante mezquino con los innovadores, tiende a desvalorizarlos en el día a día, mientras están vivos, y erigir recuerdos acartonados cuando han muerto. Aislar el genuino e incómodo carácter de los agitadores, que pueden ser más o menos notorios o extrovertidos, es una práctica común, aunque no se comente. Esa conjura callada, a veces murmurante o incluso amable, puede desgastar a la mayoría de esos espíritus removedores; la que más pierde con ese desgaste es la comunidad. Y, también, ciertamente, sufren ellos. ¿Cuántas veces estimulamos, respetamos y remuneramos bien al que, cargado de cualidades y talento, navega contra la corriente? Nunca lo suficiente. En general, ese talentoso que vive en el barrio, gana los premios en el extranjero y soporta con ánimo férreo las cortedades "del paisito". Y, si es "políticamente incorrecto" y carga pensamiento autónomo, más le vale cuidarse: sus brillos son un espejo feroz de la medianía de los demás, que serán dañinos.

Daniel Ferrere, que murió hace ya un año, no era de ese tipo de innovadores. Era excepcional aún en ese ámbito de pocos. No pertenecía a esa mayoría de innovadores que el mal aliento provinciano logra erosionar. Era un hombre que daba sin pausa todas sus batallas. Y, quizás por ser muy exitoso como profesional y empresario, pero más probablemente por la agudeza de su inteligencia, humor y resiliencia, se impuso a ese enredado ninguneo que doblega a otros creativos.

LA MARAÑA PARALIZANTE

Digo estas cosas con la tranquilidad de haber trabajado junto a "esa fuerza de la naturaleza" durante décadas, de haberlo admirado y acompañado, de haber acordado y disentido con él, de habernos apoyado en la construcción de sueños comunes y vivido la mutua desilusión de las desavenencias. Porque hay una historia de luces y sombras, precisamente, puedo y debo decir que ese hombre que no pretendía ya ganar más dinero o reconocimiento, era un ciudadano que quería contribuir de veras a mejorar este país. Por eso combatía contra el menosprecio del sentido común y la decadencia de la responsabilidad individual.

A Daniel le molestaba el despilfarro, el gasto ineficiente, y sobre todo las oportunidades perdidas, que podían salvarse con un poco más de cabeza y ganas. El auxilio del sentido común es útil para revisar y cortar la maraña de gastos inoperantes que el Estado solventa con el trabajo de todos. La pluma de Daniel, afilada por su pensamiento analítico y su obsesión por la información oculta, fue un aguijón para la mentira maniquea de quienes solamente exigen dinero y jamás rinden cuentas. Sus artículos en la prensa, sus declaraciones públicas y sus observaciones en reuniones con decisores influyentes podían ser molestas para quienes postergan la tarea de desenredar esa trama. Y, mientras "la van llevando", presentan las erogaciones ineficientes como una obligación moral, exigiendo colmar el agujero de la masa salarial pública sea cuál sea su profundidad. Daniel sabía que no debería ser así, que hay otras lógicas. Esas buenas prácticas que es válido citar, como es ahora el caso de la gesta celeste con Tabárez. O, también, las batallas que libran muchos emprendedores uruguayos que consiguen pese a todo entrar en mercados competitivos.

RENDICIÓN DE CUENTAS Y SEGURIDAD

Para la gente de otros países, la idea de transparencia administrativa no solamente refiere a no "meter la mano en la lata". Daniel valoraba la conducta ética que prevalece en Uruguay, y condenaba implacablemente a quién se apartaba de ella, pero no le alcanzaba esa noción de honestidad. Él, además, vinculaba la trasparencia administrativa con rendirle cuentas a los ciudadanos respecto a qué resultados se logran en cuánto tiempo y de qué manera. Creía que la información era la base de incentivos bien alineados y éstos el fundamento de los buenos resultados.

Si no se informa sobre cuántos y cuáles delitos se cometen en cada barrio durante un mes, o se ignoran los que ya no se reportan porque la gente sabe que es inútil, cómo pueden los contribuyentes evaluar en forma cierta la gestión policial. Los comisarios, supervisados y cumpliendo estrictamente la ley, deben ejercer su mando con discrecionalidad y asumir la responsabilidad que se les asignó, disminuyendo los crímenes en plazos determinados. Y al que no obtiene resultados verificables, se lo remueve. La gente, en todo caso, podrá resolver si se muda, protesta frente al ministerio, vota otra cosa o emigra.

TRANSPARENCIA Y BUENA EDUCACIÓN

Es notorio que Daniel pasó sus últimos años obsesionado con la catástrofe nacional en materia educativa y su impacto decisivo sobre la falta de oportunidades para los más pobres.

Que las pruebas PISA, que le sirven a buena parte del mundo para evaluar lo que aprenden los jóvenes, no convenzan a nuestros docentes no es tan importante. La cuestión central es que los padres de los niños y jóvenes uruguayos de hoy, que no son abstracciones, deben saber dónde y quién enseña más y mejor. Para eso, los maestros y profesores podrían proponer, cada maestrito con su librito, qué y cómo enseñar. Eso sí; siendo obligatorias las pruebas para verificar el nivel de conocimientos de los chicos. Y considerando todos los criterios de medición que se les ocurran, además, claro, de las variables que mide PISA. Con el piso de lo que consideran alto las pruebas PISA, que los docentes tengan libertad para diseñar la currícula y que sean responsabilizados por ello. Con resultados a la vista cada docente e instituto podría evaluarse según su eficiencia comprobada. Y si los niños no aprenden ni PISA ni nada, los padres estarán enterados y podrán resignarse o actuar.

El margen de maniobra en demasiados ámbitos de la vida pública, y hasta privada, está cada vez más limitado por los mandatos gubernamentales y por la catarata constante de demandas que nos empujan de un modo que lastima el sentido común y debilita la apuesta a la libertad y la responsabilidad de las personas. Las elegantes estocadas al sistema que tiraba Daniel Ferrere eran un lujo que perdimos todos.

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