Robo. La palabra, mayoritariamente, refiere a la sustracción de objetos. La práctica extendida, a la que nos vemos crecientemente sometidos, es al robo de la billetera, la cartera, el auto y hasta "la casa", aludiendo obviamente a las pertenencias que allí se encuentran. Y, en Uruguay, también podemos estar hablando del resultado de un partido de fútbol, pero ese es otro tema.
Además de cosas, pueden quitarnos datos personales, información, fórmulas, proyectos e ideas. Es que las ideas no se matan, pero se roban. Y valen cada vez más, quizás por ser un bien que parece escasear. Por lo general, salvo algunos juglares modernos, pocos tienen presente que las ideas y creaciones también se roban. Y que ese negocio no es menor en esta época.
PROPIEDAD INTELECTUAL
El tema, sin embargo, no es desdeñable para un país que pretende ser referente en la prestación de servicios. Para ello, sea en el rubro que sea, Uruguay debe valorar, estimular y proteger lo que elaboran sus cerebros. Los programas de computación son un producto comercializable y a esta altura a nadie se le ocurre que el robo de "software" no es un crimen contra la propiedad, aunque se trata de puro pensamiento. Ese pensar, organizado en forma de programas, es el que se exporta. El país comienza lentamente a ganarse un bien merecido prestigio en este rubro. Nos vamos especializando en inventar software bueno, bonito y barato, frecuentemente requerido por usuarios de países mucho más desarrollados que el nuestro. Vendemos servicios mediante call centers operados por uruguayos, por ejemplo hacemos las cobranzas de tarjetas de crédito de otros países que, muchas veces, utilizan un "know how" enteramente nacional que permite eludir la viveza criolla del deudor con la picardía más criolla aún del cobrador. Esos procedimientos propios, originales, en conjunción con costos muy competitivos, atraen a clientes e inversores.
QUE ROBAR CUESTE CARO
Ahora bien, la posibilidad de ofrecer esos servicios depende básicamente de cuan seguros estemos de nuestra capacidad de proteger nuestra creación. A un jingle que inventa un grupo creativo uruguayo para una campaña política en un país lejano no se le puede poner alarma ni cerca eléctrica. Solo podemos evitar el robo y su reventa o utilización fuera de contrato si existe un marco legal regulatorio en la materia que proteja verdaderamente los derechos de autor o, en su caso, las patentes de invención. Si ese marco funciona, los conquistadores modernos, hábiles predadores, se verán desestimulados a apropiarse de ideas ajenas porque el chiste - por llamarlo de alguna forma - les saldrá tan caro que no intentarán reiterar "proeza" semejante.
ALQUILAR BALCONES…
Y SABER BAILAR
Pero, tan importante como el marco legal, resulta el escenario cultural que vamos generando colectivamente como Nación. En efecto, si, por ejemplo, ante el reclamo derivado de la existencia de dos programas de software iguales, el original desarrollado por un uruguayo y la copia por una compañía extranjera del sector, pensamos automáticamente que el uruguayo es un chanta que pretende hacerse rico a costa de la "prestigiosa" compañía extranjera, estamos fritos. Si antes de analizar los datos, los hechos y las conductas de cada uno de los protagonistas, asumimos que lo importado es lo original, suponiendo que no somos capaces de crear algo realmente innovador y susceptible de ser imitado por otros, entonces más vale que nos dediquemos solamente a criar vacunos, y ni siquiera, si pensamos en las ingenierías que hoy involucra la ganadería. Ser un país de servicios es, además de alquilar balcones en las Llamadas, también, constituir una comunidad capaz de respetar enormemente la inventiva, la creatividad, la innovación y la tecnología "hecha en casa". Ese respeto no debe ser patriotero, debe ser meditado y sistemático, forma parte del método para desarrollarnos.
Acá, las ideas originales despiertan, con más frecuencia que la deseable, un reflejo conservador que a menudo se confunde con la humildad o la prudencia. A esa reacción inicial, le sigue el escepticismo destructivo y el "ninguneo". Nada de eso es sano, ni productivo ni prudente. Lo sensato y realista es valorar y proteger la imaginación.
NI TAN VIVOS
NI TAN INFELICES
En muchos rubros y sectores, especialmente aquellos de valor agregado intelectual, hay que abandonar la pequeñez mental de percibirnos a nosotros mismos solamente como los vivos que pueden "pegarla" de vez en cuando a costa de otros. De lo contrario, cada vez que veamos a un compatriota reclamando sus legítimos derechos, nuestra insignificante visión nos convencerá de que nos encontramos ante un vivo que quiere hacerse rico a costa de un infeliz, cuando en realidad se trata de un infeliz que involuntariamente hizo rico a un vivo.