El viernes 11, los republicanos revelaron en la Cámara de Representantes su propuesta para los recortes inmediatos al gasto federal. Inusitadamente, no acompañaron la revelación con un lema pegajoso. Así es que me gustaría proponer uno: comerse al futuro.
Explicaré en un minuto. Primero, hablemos del dilema que enfrenta el Partido Republicano.
A los dirigentes republicanos les gusta decir que las elecciones intermedias les dieron un mandato para hacer recortes drásticos en el gasto gubernamental. Algunos de nosotros creemos que las elecciones se trataron menos del gasto que del persistente desempleo elevado, pero no importa. El punto clave que hay que comprender es que mientras muchos electores dicen que quieren menos gasto, llevan el problema un poco más allá, y resulta que sólo quieren reducir el gasto de otras personas.
Esa es la lección de una nueva encuesta de opinión del Centro Pew de Investigación, en la que se preguntó a los estadounidenses si prefieren un gasto mayor o menor en una diversidad de áreas. Resulta que quieren más, no menos, gasto en la mayoría de las cosas, incluidas la educación y Medicare. Están equitativamente divididos en cuanto al gasto en ayuda a los desempleados y -sorpresa- la defensa.
La única cosa que claramente quieren reducir es la ayuda externa, que la mayoría de los estadounidenses cree, en forma equivocada, que representa una gran porción del presupuesto federal.
Pew también preguntó a las personas cómo les gustaría ver que los estados redujeran sus déficits presupuestales. ¿Favorecen recortes en educación o en atención de la salud, que son los principales gastos que encaran los estados? No. ¿Prefieren aumentos en los impuestos? No. La única medida para la reducción del déficit con apoyo significativo fue la de las pensiones de los empleados públicos, e incluso en eso, la población estuvo dividida por partes iguales.
La moraleja es clara. Los republicanos no tienen el mandato para reducir el gasto; lo tienen para revocar las leyes de la aritmética.
¿Cómo es posible que los electores estén tan mal informados? En su defensa, hay que tener en mente que tienen que trabajar, niños que criar, padres a quienes cuidar. No tienen el tiempo ni la iniciativa para analizar el presupuesto federal, (no hablemos de los estatales que, por lo general, son incomprensibles). Así que dependen de lo que escuchan de personas supuestamente fidedignas.
Y lo que han estado oyendo desde la época de Ronald Reagan es que sus dólares ganados con sudor se desperdician pagando vastos ejércitos de burócratas inútiles (la nómina es sólo 5% del gasto federal) y a reinas de la asistencia social que conducen Cadillac. ¿Cómo podemos esperar que el electorado conozca la realidad fiscal cuando los políticos la deforman de manera sistemática?
Lo que me trae de vuelta al dilema republicano. La nueva mayoría en la Cámara prometió realizar reducciones al gasto por 100.000 millones de dólares, y sus integrantes enfrentan la posibilidad de que el Tea Party los desafíe en las primarias si no hacen grandes recortes. No obstante, la población se opone a los ahorros en los programas que le gustan, y le gusta casi todo. ¿Qué debe hacer un político?
La respuesta, una vez que se piensa al respecto, es obvia: sacrificar el futuro. Centrarse en los recortes a programas cuyos beneficios no son inmediatos; básicamente, comerse la semilla del maíz de Estados Unidos. Se pagará un precio enorme, al final, pero por ahora, se puede mantener contentas a las bases.
Si no se entendió esa lógica, es posible extrañarse con muchos de los elementos de la propuesta del Partido Republicano en la Cámara. ¿Por qué reducir 1.000 millones de dólares de un programa altamente exitoso que proporciona nutrición suplementaria a madres embarazadas, infantes y niños pequeños? ¿Por qué recortar 648 millones de dólares a las actividades para la no proliferación nuclear? (una cabeza nuclear terrorista, ensamblada a partir de material fisible ex soviético perdido, puede arruinar todo su día). ¿Por qué quitar 578 millones de dólares del presupuesto para hacer que se pague el impuesto sobre la renta? (permitir el desenfreno de que quienes defraudan al fisco no sirve precisamente a la causa de reducir el déficit).
Una vez que se comprenden los imperativos que enfrentan los republicanos, no obstante, todo tiene sentido. Al rebajar drásticamente los programas orientados al futuro, pueden entregar recortes instantáneos al gasto que demandan los militantes del Tea Party, sin imponer demasiado dolor inmediato en los electores. Y, en cuanto a los costos futuros -una población dañada por la desnutrición infantil, una mayor posibilidad de ataques terroristas, un sistema tributario debilitado por la evasión generalizada-, bueno, mañana será otro día.
En un mundo mejor, los políticos hablarían con los electores como si fueran adultos. Les explicarían que el gasto discrecional tiene poco que ver con el desequilibrio a largo plazo entre el gasto y los ingresos.
Explicarían entonces que resolver ese problema a largo plazo requiere dos cosas principales: controlar los costos de la atención de la salud y, en forma realista, incrementar los impuestos para pagar los programas que realmente quieren los estadounidenses.
Sin embargo, es claro que los dirigentes republicanos no pueden hacer eso: se niegan a admitir que se necesite aumentar los impuestos alguna vez, y pasaron gran parte de los dos últimos años gritando "¡paneles de la muerte!" para asegurarse que se gastaran bien los dólares de Medicare.
Así que tuvieron que producir algo como la propuesta del viernes, un plan por el cual se ahorraría demasiado poco dinero, pero sí haría muchísimo daño. THE NEW YORK TIMES